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Zarangollo nacional

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Zarangollo nacional

Por Antonio García

Dicen que los españoles somos un pueblo peculiar y difícil –nos lo decimos nosotros también- por lo complicado que resulta ponernos de acuerdo en algo que no sea el mundial de fútbol (de la canción de Eurovisión no me hablen, por favor). Y la verdad, esa es tal vez la primera sensación que se tiene echándonos un vistazo y viendo los circos que somos capaces de montar hasta sin ponernos de acuerdo. Que ya es mérito. Ni haciéndolo a posta lograríamos mayor enredo político como el que hay liado actualmente “en este país”. O, para decirlo más exactamente, que hemos liado. Y es que no hay duda, ¡somos los mejores!

No obstante lo dicho, yo me atrevería a hacer alguna elucubraciones porque, en el fondo, en el fondo, hay algo que no me cuadra. No terminan de salirme las cuentas.

Se dice que todo ser humano busca la felicidad, el bien, la justicia y la belleza. Fines éstos que constituyen una aspiración de carácter universal. Los españoles también. Por lo tanto, y descendiendo al terreno de lo concreto, podríamos reflexionar sobre cuales son las ansias comunes de nuestros compatriotas, a las que todos aspiramos y que podrían constituir el tronco común de nuestros deseos, la relación de todos aquellos objetivos que nos unen. Sin ser exhaustivos, naturalmente, podríamos plantearnos algunas cuestiones.

Empecemos por el trabajo. ¿Queremos todos trabajar? Bueno, quizás la pregunta está mal planteada, porque trabajar, lo que se dice trabajar, permitan que lo dude… Pero estaremos de acuerdo en que, por lo menos, todos los que lo necesitan quieren trabajo. ¡Ea!, no tenemos más remedio, ¿verdad? Pues vale, una cosa que es necesaria y en la que coincidimos. Estamos de acuerdo.

Supongo que no habrá problemas en aceptar unánimemente que todos deseamos una buena asistencia médica cuando nos sea necesario. No se lo pregunto porque no hay duda alguna. Así pues, estamos de acuerdo.

Siguiendo con esta sencilla retahíla, habrá consenso en aceptar que se viaja mejor por buenas que por malas carreteras. Incluyendo hasta el pueblo más recóndito de la patria, aunque el ancho responda justito al escaso tráfico que ha de soportar y a la seguridad necesaria. Estamos de acuerdo. Y si hablamos de las comunicaciones por ferrocarril, creo que sería deseable que todos estuviésemos comunicados, con más y mejores trenes más sus buenas conexiones por autobús, de ser necesarias, aunque hubiese que frenar un poquito el deslumbrante desarrollo de los “Aves”, de los que somos el país mejor dotado de Europa –con diferencia- y casi del mundo. Estamos de acuerdo.

¿Y la educación? ¿Alguien desprecia tener un buen sistema educativo, tanto escolar como universitario, con los contenidos exigibles para una buena formación humana, técnica y cultural, y la exigencia de un personal docente preparado con mimo y rigor? Me parece que nadie va a decir que no. Seguramente, la apreciación que tenemos de la tremenda importancia de este servicio no es la misma en todos los españoles –seguro que no-, pero tampoco nadie va a dar la nota levantando la mano. Y por supuesto, que sea de calidad, no lo que tenemos en España desde los tiempos de Maricastaña. Sin menoscabo, por supuesto, de honrosas excepciones y bienintencionados esfuerzos paliativos. Luego, estamos de acuerdo.

También debemos plantearnos si deseamos todos unas buenas condiciones y leyes para el empleo, si los emprendedores y creadores de empresas deben ser apoyados, animados, incentivados y promocionados, si el sistema financiero debe estar al servicio de la sociedad y no al revés, si la fiscalidad no debe ser agobiante, opresora y freno al desarrollo y el consumo, etc. Creo que sí, todos lo deseamos. Estamos de acuerdo.

O si deseamos que la administración de justicia sea ágil, eficaz, igual para todos y, sobre todo, justa. No pregunto, estamos de acuerdo.

Así mismo creo que todos anhelamos que se respeten nuestras libertades individuales y colectivas, con la evidente premisa del orden público, el respeto al otro, sus bienes y sus ideas, y en suma, aceptando la gran responsabilidad, civismo y educación que requiere el ser libres. Aquí igual me paso dos calles, pero daremos por supuesto que estamos dispuestos. Incluyo por supuesto, ideologías, culturas, tradiciones y creencia religiosas, de acuerdo a los Derechos Humanos fundamentales y a la Constitución. ¿Estamos de acuerdo? Pues vale, estamos de acuerdo.

Entonces, si tenemos tantas cosas que nos unen, tantos intereses en común, y además hemos sido sinceros, ¿qué cojones nos pasa?

O tal vez es que aún no nos hemos enterado de que todo esto tiene un coste que debemos estar dispuestos a pagar. Y que si no generamos lo suficiente para pagarlo, con nuestro esfuerzo, en paz, unión, concordia y mira común, ningún iluminado de turno nos va a sacar las castañas del fuego, por mucho que se ponga en las esquinas a vocear su engañosa mercancía.

¡Ah! Se me olvidaba, ¿estamos dispuestos a echar a la puta calle a todos los corruptos que nos roban y estafan, y a impedir que lleguen al poder los hambrones, en vez de votarlos, como estamos haciendo a sabiendas? ¿Estamos dispuestos a dejarnos ya de <<y los tuyos más>>, prestando tan vil servilismos partidista a los vampiros ideológicos que nos chupan la sangre de la cabeza? Faltan muchos puntos a tocar, pero por hoy es suficiente.

Creo que hemos llegado al fin del artículo y a una posible y razonable explicación del zarangollo nacional. A estas dos últimas preguntas creo que no, que no estamos dispuestos. Nunca estaremos de acuerdo. Lo del el ascua a la sardina ideológica.

Conclusión filosófica: esto no hay quien lo enderece. De manera que las quejas, al maestro armero.

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