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“Tiempo de ababaol” primer premio de poesía del Certamen Literario Hellín 2 Patrimonios

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“Tiempo de ababaol” primer premio de poesía del Certamen Literario Hellín 2 Patrimonios

Días pasados dábamos completa información sobre los trabajos premiados en el I Concurso de Poesía y Relatos

El Espectador  

Entre ellos se encontraba el 1º Premio de Poesía que el jurado, presidido por María del Carmen Bueno, otorgó a Leonardo Aragón Marín.

Un magnífico trabajo, lleno de nostalgia, de recuerdos tamborileros, donde el autor evoca los años pasados, los días tan esperados de Semana Santa, pegado a su tambor y siguiendo el ritual que señala la tradición.

Después, el retorno incierto, cuando ya nada es lo mismo, aunque la tristeza de pensar en el tiempo pasado también le acentúe su amor por su tierra y todo lo que significa.

Por ello creemos interesante reproducirlo en nuestras páginas para que todos nuestros seguidores puedan disfrutar de su lectura.

Tiempo de ababaol
Después de tantos años, el recuerdo no es fácil.
De lo que hablo, siempre habrá restos, ecos, palabras de las gentes.
La ausencia no todo lo aleja.
En los borrosos pliegues de la memoria, siguen
el verdor de las macetas de mi casa, el pasillo largo como una letanía, las puertas con montante y unas paredes de un fuerte azul de cal…
Al final del invierno, en los primeros días de la cuaresma,
arriba en la terraza, sacaba los tornillos,
colocaba la caja, las pieles, los anillos, los ganchos,
ajustaba bordones, templaba. Comprobaba el sonido del tambor.
Rehacía su alma y rehacía la mía.
Daba siempre con rabia los primeros redobles.
La tarde del miércoles, la noche del jueves, la mañana del viernes:
la túnica, atado al cuello el pañuelo,
el tambor en bandolera y los dedos bien vendados,
los palillos, las habas y la bota, los amigos de la peña.
Luego, a la calle.
Calle arriba hasta San Roque, calle abajo a la plaza de la Iglesia o a la de las monjas Claras y al Rabal. Siempre al Rabal.
El Viernes Santo, al Calvario.
Después de tantos años, este miércoles santo voy solo … Sin tambor.
Es casi el mismo cielo, sonoro, azul, brillante,
la tarde huele a abril de ababaol, a tierra y a espartizal.
Los redobles atruenan y el calor del estío temprano
despabila olores y querencias.
Un sin fin de redobles suenan, se repiten
y se fragua un ritmo sordo.
La barahúnda me devuelve a la infancia,
a una lluvia de miedos, de recuerdos y rezos,
sueños de caracol y a algún rescoldo de herida o pena antigua.
Me aprisiona este ruido que se pega a la ropa,
el tiempo se deshace mientras llega la noche
y me lleva a un azaroso espacio del futuro:
al alba incierta de los hijos y los nietos.
A mi entraña llega el eco de su repique y su redoble,
en él me recojo y vuelvo a casa por cuestas y callejas.
Geranios y rosales, hierbabuena y claveles
en rejas y balcones se entreveran
con el perfume de la noche y con sus sombras.
En la suave duermevela que me habita,
oigo todavía, escucho el sonido rotundo del tambor:
insondable sollozo, grito firme de esta tierra y sus gentes
después de cientos de años…

Leonardo Aragón Marín

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