El Espectador
El pasado 14 de febrero de 2026 será recordado como un día en el que la naturaleza mostró toda su fuerza. En aquella jornada parecía que se habían desatado todas las energías del cielo. En una tierra poco acostumbrada a estos fenómenos, muchos vecinos observaban con asombro cómo la borrasca, bautizada —no sabemos muy bien a cuento de qué— con el nombre de Oriana, azotaba la ciudad con una violencia nada habitual.
Su mayor castigo se cebó con la arboleda de nuestro Parque Municipal. Pinos caídos, algunos arrancados de raíz, y un paisaje que de pronto mostraba con crudeza la fragilidad de uno de los espacios más queridos por los hellineros.
Según los datos más o menos oficiales, fueron entre 35 y 40 los árboles derribados, además de otros muchos que quedaron seriamente dañados.
Muchos de esos árboles habían sido plantados en los últimos años de la década de los cuarenta del siglo pasado y durante más de setenta años habían formado parte del paisaje habitual de generaciones de hellineros. Bajo su sombra han paseado niños, familias y mayores, convirtiendo el Parque en uno de los lugares de recreo y convivencia más emblemáticos de la ciudad.
Lo ocurrido aquel día también ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que muchos ciudadanos se hacían desde hace tiempo al pasear por el recinto: ¿cuál será el futuro de esta zona verde?

Durante años el deterioro de muchos árboles era visible y las soluciones parecían no llegar. La respuesta más habitual ha sido cerrar el parque por seguridad, privando a la ciudad de su mayor espacio de recreo, como sucede actualmente, cuando ya ha pasado más de un mes desde el temporal.
El Parque Municipal fue proyectado a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, siendo alcalde Mariano Tomás Precioso, y fue inaugurado oficialmente durante la Feria de 1950 con el nombre de Vicente Garaulet Sequero.
Sin embargo, pocas veces se le denomina así; para todos sigue siendo simplemente el Parque Municipal, concebido como el gran pulmón verde de Hellín y como un espacio destinado al ocio y al embellecimiento urbano.
En sus orígenes ocupaba una superficie de unas 2,5 hectáreas y contaba con cerca de 600 árboles, la mayoría pinos carrascos o piñoneros. Un espacio relativamente reducido para tal número de ejemplares que, unido quizá a la falta de cuidados adecuados con el paso del tiempo, puede haber contribuido al deterioro que hoy contemplamos.
La Rosaleda
En otra de las zonas geométricas del parque se encontraba La Rosaleda, que muchos hellineros aún recuerdan con nostalgia. Era un jardín ornamental lleno de rosales y plantas que llenaban el recinto de color y aroma, convirtiéndose desde el primer momento en uno de los lugares más queridos del parque.
Parte de este espacio desapareció cuando se construyó el actual anfiteatro, una infraestructura destinada a acoger conciertos y otros espectáculos al aire libre, lo que transformó de forma notable el paisaje original.
También en esta zona se encontraba el llamado Kiosko de la Música, donde los domingos se celebraban conciertos muy apreciados por el público.
Más al fondo se instaló una terraza de verano muy concurrida en los meses de calor y, ya en 1970, siendo alcalde José Ramírez de Arellano, se construyó un parque infantil de tráfico que con el paso de los años también terminó sufriendo los efectos del abandono.
Hoy el Parque permanece herido.
Y ante esta situación solo queda esperar que no volvamos a quedarnos con las manos cruzadas, como tantas veces ha ocurrido.
Esperar que se busquen soluciones, que se aporten ideas y que se llamen a todas las puertas necesarias para recuperar este espacio.
Porque el Parque Municipal no es solo un jardín.
Es parte de la memoria de Hellín.




