Bajo el volcán
La labor de zapa de Voltaire
No una, sino cuatro rutilantes estrellas tuvo, como hemos visto, Francia durante la Ilustración, dando lustre a ese paréntesis fundamental en la historia de Europa: Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot, amén de toda una pléyade de ilustrados menores surgidos en torno a la magna empresa de la Enciclopedia. El más grande, el más excelso, el más ruidoso, pero también el más escandaloso y extravagante, François-Marie Arouet, mundialmente conocido como Voltaire, hijo de un notario, nacido en 1694 y educado en los jesuitas. Su juventud tumultuosa concluye con el exilio a Inglaterra, en 1726, a raíz de su célebre enfrentamiento con el caballero de Rohan, el cual, luego de reprocharle su falta de prosapia, Voltaire le espetó esta memorable sentencia: “Mi apellido, para mí comienza; el vuestro, toca a su fin”. Aquella disputa sonada, le valió al joven lenguaraz una buena tunda de palos; el abandono de muchos de sus protectores; una breve temporada en la Bastilla y el exilio en Inglaterra. Sin embargo, los tres años que pasó allí resultaron decisivos. A su regreso, publicaba sus célebres Cartas Filosóficas o Cartas Inglesas (1734), que hicieron el efecto de una primera bomba arrojada contra el Antiguo Régimen.
A partir de ese momento, su vida fue un continuo ir y venir, de acá para allá, tratando de eludir las asechanzas de sus cuantiosos y poderosos enemigos. Por fortuna siempre gozó de adeptos y de adictos. De ellos, el más fiel fue sin duda Madame du Chatelet -mujer brillante y sabia, que se convirtió en su amante- con quien vivió diez años, en Lorena, en su castillo de Cirey. Allí desplegó una incesante labor intelectual, escribiendo dramas, obras históricas, El siglo de Luis XIV, y entregándose a una incesante labor epistolar, en especial con Federico II de Prusia, que, por aquel entonces, le parecía el modelo más claro del rey filósofo.
Con cincuenta años, se dejó seducir por la Corte de Versalles; durante tres años trabajó con ardor, escribiendo obras dramáticas, óperas para representarlas en las fiestas reales. Incluso entró en la Academia. Advirtiendo, sin embargo, que no caía bien a Madame de Pompadour, molesta con sus familiaridades, ni al propio rey Luis XV, abandonó la Corte y prosiguió su peregrinaje. Fue por entonces cuando se inicia en el cuento filosófico, escribiendo Zadig en el que refiere sus tristes experiencias en la Corte.
La muerte súbita de Madame de Chatelet fue un duro zarpazo para él. Destrozado anímicamente, regresa a París y se instala con su sobrina Madame Denis. Cede, empero, a los ruegos del rey Federico y, en 1750, parte hacia Prusia. La experiencia, digna de una comedia, concluyó de un modo esperpéntico, por culpa de ambos, detenido nuestro filósofo en Frankfort, cuando volvía a Francia, con el equipaje repleto de poemas pueriles y demás documentos de Federico, con los que el prófugo pretendía sin duda pasárselo a lo grande con sus congéneres, ridiculizando al rey de Prusia.
Y así, de fiasco en fiasco, en 1753 decide poner tierra por medio; abandona Francia, y muy cerca de Ginebra, seducido por la naturaleza y la vida rústica, adquiere una finca, Les Délices, que, durante un lustro, se convierte en un punto de referencia de los ilustrados de toda Europa. Allí escribe su célebre Poema sobre el desastre de Lisboa, su Ensayo sobre las costumbres y su cuento filosófico Cándido o el optimismo (que fue, quién se lo iba a decir, su gran obra). Por lo demás, se compromete a fondo en el combate de la Enciclopedia y amplía su correspondencia epistolar con lo más granado de los círculos intelectuales europeos.
En 1759, no obstante, en vista de la actitud hostil de los ciudadanos ginebrinos, cambia su lugar de residencia a Ferney, cerca de la frontera suiza, una finca que transforma en un auténtico vergel, hasta acabar convertida en la población opulenta que es hoy día. Allí, en compañía de su sobrina Madame Denis, devendrá -como un siglo más tarde Tolstói en Yasnaia Poliana- el gran patriarca intelectual de Europa. Como muy bien muestra Savater, gran estudioso de su correspondencia; son casi 6000 cartas las que se conservan de ese periodo. Desde Federico II de Prusia (con quien pronto hizo las paces), Catalina de Rusia, los reyes de Polonia, Suecia y Dinamarca; y, naturalmente, de sus colegas de la Enciclopedia, Diderot, D´Alembert, Helvétius, Condorcet y muchos otros.
En Ferney vivirá sus últimos dieciséis años de vida, acogiendo innumerables visitas de príncipes, escritores, admiradores de todos los países, a quienes entretiene con obras representadas por sí mismo. Allí escribirá sus últimos cuentos filosóficos: El ingenuo, la Princesa de Babilonia, y, sobre todo dará rienda suelta a la batalla filosófica, arremetiendo contra la intolerancia de todo tipo; obteniendo la rehabilitación del protestante Calas, condenado sin pruebas por el asesinato de su hijo; asunto que le inspiró su célebre Tratado sobre la intolerancia (1763). Otros affaires no menos célebres fueron el del caballero de La Barre, o el de Sirven. Publica asimismo su importante Diccionario filosófico (1764). En esos años de tan prodigiosa actividad, sus armas favoritas son los diálogos y, en especial, los panfletos con los que hostiga a sus adversarios: filósofos, políticos, jesuitas, eruditos y periodistas.
En febrero de 1778, con 83 años, Voltaire retorna a París donde hace una entrada triunfal, y donde tres meses más tarde moría. En 1792, en medio de una multitud entusiasta que ve en él a uno de los padres de la Revolución, sus cenizas eran transferidas al Panteón, donde ocupan un lugar preeminente, frente a las de Rousseau.




