Bajo el volcán
Dedicado a don Salvador Jiménez Ibáñez, primer alcalde de Albacete de la democracia, el socialista más íntegro que he conocido, después de don José Prat.
En 1986, don José Jerez, alcalde de Albacete a la sazón, me encargó pergeñar, con miras a la inauguración, en el otoño de ese mismo año, del nuevo y flamante ayuntamiento de Albacete, para el que se contaba con la visita del Rey Juan Carlos, un tomo dedicado a seis personalidades señeras de nuestra ciudad: Matías Gotor, Maximiliano Martínez, Alberto Mateos, José Prat, Benjamín Palencia y José S. Serna, a quienes se pensaba homenajear, otorgándoles, de manos de Su Majestad, la Medalla de Oro de Albacete, lo dos últimos a título póstumo (Palencia había fallecido en 1980 y Serna, en 1983).
Aunque disponía de poco tiempo, y yo andaba metido en mil berenjenales, la idea desde el primer momento me sedujo, pues me iba a permitir entrar en contacto con unas personas excepcionales que eran historia viva de nuestro querido Albacete, asiento de leyendas sin número, algunas, incluso, de mis propios allegados, como es el caso de don Matías Gotor, uno de los juristas con más relumbre de España, que gozaba de verdadero culto en mi familia por haber logrado como abogado penalista que le conmutaran la pena de muerte a mi padre, en 1936, por la de doce años de prisión..
A don Maximiliano Martínez lo conocí en el Ateneo dos años antes, recién regresado del exilio. Del archivero y caricaturista don Alberto Mateos, ¡que les voy a contar! Sobre él corrían ríos de tinta sobre su salida de casa metido en un baúl y otras mil peripecias. De Benjamín Palencia, su fama como pintor. De don Jose Prat, su ejemplaridad como socialista y como exiliado. En cuanto a don José S. Serna había gozado de su estima personal, volcándose con Barcarola, de la misma forma que lo hiciera con las dos revistas literarias pioneras: Ágora (en los años treinta) y Cal y Canto (a finales de los cincuenta).
Lo primero que hice fue recabar la ayuda y la cooperación de don Salvador Jiménez -primer alcalde socialista de la recién inaugurada democracia-, de don Juan José García Carbonell -un hombre sabio y modesto, como don Ramón Bello Bañón-, mi añorado Ángel Cuevas, José María Blanc Garrido, Andrés Gómez Flores, Antonio Millán Miralles, Rubí Sanz, Francisco Fuster y, obviamente, de los cuatro protagonistas vivos y sus respectivas familias, pues sin su colaboración difícilmente hubiera podido ver la luz la obra.
Todos, sin excepción, aceptaron echarme una mano con entusiasmo y sin exigirme estipendio alguno. Y de ese modo comenzó aquella primavera inolvidable. Desde el principio me consagré en cuerpo y alma al delicado tema de las ilustraciones (fotografías, documentos, etc.) Inolvidable fue la mañana que pasé con don Matías Gotor y Perier, el cual, con dos centenares de fotos esparcidas sobre la mesa, esperaba mi llegada. Me recibió su esposa y tras la preceptiva presentación, nos dejó solos. Me preguntó por mi padre y, cuando le confesé que había fallecido cuatro años antes, quedó perplejo y en silencio casi un minuto. Luego su rostro se fue animando a medida que recordaba aquel Viernes Santo hellinero de 1958 en que subió al Calvario bien de mañana redoblando el tambor. A medida que avanzaba en su discurso, sus facciones parecían adquirir vida propia, hasta que llegó un momento en que sacó un purito entrefino de una coqueta pitillera y, antes de prenderlo, me pidió encarecidamente que vigilara los pasos de su esposa para no verse sorprendido en lo que sin duda era un acto prohibido. Al levantarme me percaté de que llevaba una sonda puesta.
Igual de buen humor mostró don Alberto Mateos, hombre de apariencia adusta, pero, a la hora de la verdad un caballero amable, abierto y dispuesto a facilitar el trabajo del entrevistador. Hijo del eminente historiador Rafael Mateos y Sotos, don Alberto se licenció en Filosofía y Letras y después pasó al cuerpo de archiveros; pronto se dio a conocer como caricaturista, tan bueno o mejor que Bernardo Goig (1953-2005); sus caricaturas se pueden admirar en “El Diario de Albacete”, en “El Defensor” y en muchos otros periódicos donde colaboró esporádicamente. Durante la guerra civil dirigió un diario llamado “Vida obrera”. A finales de la contienda se trasladó a Barcelona, donde trabajó para el “Noticiero Universal”. Acabada la guerra, llamaron a su quinta, pero él, en vez de quedarse en Barcelona, como Lorca, optó por regresar a Albacete, en el 84 de la calle de Rosario, donde le acaeció una anécdota muchas veces contada. En efecto, sintiéndose en peligro, decidió, en común acuerdo con su esposa, trasladarse a casa de su madre en la calle Salamanca; pero, como la vigilancia era extrema, no se le ocurrió otra forma que hacerlo dentro de un baúl forrado de tela. Llegado el momento de la verdad, dos asistentes de dos oficiales se encargaron de llevar el baúl (el cual les habían asegurado que contenía cristalería y loza) en un carrito pequeño, pero tan pesado les pareció que sugirieron a la esposa trasladar la mercancía del baúl en dos veces. Al final, sin embargo, la esposa los convenció, y la “loza” fue trasladada en medio del pavor de don Alberto, el cual, con una sonrisa diabólica, remataba su relato diciendo: “Durante todo el trayecto no dejé de pensar: “Si ahora estornudo, estos dos hombres se caen redondos al suelo””. Por fortuna llegó sano y salvo a su nuevo escondrijo, donde permaneció oculto como un topo algo más de nueve años. Y es que las cosas, por aquel entonces, no estaban para bromas. (Continuará)