InicioOpiniónEl horror del exilio: don Maxiliano Martínez (III)

El horror del exilio: don Maxiliano Martínez (III)

Bajo el volcán

  Juan Bravo Castillo

A Andrés Gómez Flores, gran conocedor de nuestro pasado

Durante la última etapa de su vida, ya en Albacete, don Maximiliano sintió la pulsión de la escritura. Una escritura testimonial, cuando no autobiográfica pura, sencilla y espontánea, rebosante de candor y, a menudo, impregnada de ternura, sin sombra de rencor.  El libro, bajo el título Vivencias, vio la luz en 1980. Era, recuerdo, un tomito de 120 páginas, compuesto de antiguas notas recopiladas, además de unos cuantos capítulos escritos ad hoc.
 
    Nada extraordinario, pero, recuerdo, y así lo comenté con Paco Fuster (aquel sabio archivero que lo sabía todo de Albacete) , que aquel librito, como los astados de raza, transmitía, en el sentido más hondo del término, pese a su ausencia de pretensiones. Una primera parte, de seis capítulos, recreaba a grandes trancos, su infancia y adolescencia; su vocación por el Derecho, que tanto iba a marcar su vida; su probidad infantil; sus primeros pinitos literarios, y, en especial, su pasión por el violín, instrumento que le acompañó toda su vida, en su etapa universitaria y, en especial, durante las amarguras de su destierro, y que, arrinconado, esperaba que alguno de sus biznietos lo sacara de su largo letargo, con el preceptivo, “levántate y anda”.
 
    Una segunda parte, consagrada a su exilio, desde Amélie-les-Bains, la invasión alemana de Francia, su partida, en 1942, de Marsella rumbo a Veracruz, sus años en Méjico, donde renace su esperanza, los doce meses cruciales de 1946-1947 y la consiguiente decepción; Franco seguiría en el poder y los exiliados, perdida ya toda esperanza, lejos de la patria. Lo que empezó como una breve singladura, concluía con una peregrinación a Babilonia.
 
    La tercera parte era un poco más caótica y fragmentada, pero resultaba la más atractiva y personal: su viaje a Dachau en 1962; las castañas asadas, que actúan como la mítica magdalena de Proust; un viaje cruzando la Mancha; el terrible año del hambre; el reencuentro con su toga; su amistad con Martínez Barrio; su encuentro con Pau Casals en Perpignan; la visita de Unamuno a Albacete en septiembre de 1932; un artículo, publicado en el Defensor de Albacete, sobre el que sería su caballo de batalla toda su vida: la abolición de la pena de muerte.
 
    Hay no obstante un texto que me fascinó desde que, por primera vez, lo leí en la Revista “Feria”, de 1977, que lleva por título “La Fiesta del Árbol” (instituida en España por decreto en 1902); en el que don Maximiliano nos retrotrae al remoto día en que los niños de las escuelas, principales protagonistas, acudían, junto a autoridades, maestros y familiares, con el muy digno propósito de plantar un árbol, del que, desde ese momento debían, sentirse responsables, cuidarlos con esmero y solicitud…, un modo exquisito de generar responsabilidad y buen juicio desde la infancia. Implícitamente don Maximiliano nos hace ver cómo echó de menos aquel humilde plantón de acacia (con su correspondiente anillo) durante sus años  de exilio, hasta que, casi medio siglo más tarde, en 1971, don Maximiliano, ya de regreso, adentrándose en la frondosa arboleda del bello Jardín, de repente, sintiendo una pulsión parecida a la de Chateaubriand, escuchando una mañana el canto del jilguero en el olmo, o la de Proust tomando la magdalena mojada en té en casa de su tía, de proto se acuerda, casi físicamente, del bollo, la onza de chocolate y del dulce sabor la naranja con que allí mismo los obsequiaron. Desgraciadamente no había ni rastro de su acacia.
De ahí su tristeza a su regreso.
 
        Pues bien, digo esto como modo de hacer copartícipes a los albacetenses, curiosos e historiadores, de la reedición de aquel tomito, Vivencias, pero convertido ahora, por obra de una de sus nietas, Laura Martínez Sánchez, en un impresionante volumen, rebosante todo él de fotografías, documentos, ilustraciones de todo tipo, grabados, láminas, caricaturas, etc. Todo un arsenal (que yo, por cierto, tuve entre mis manos el día de mi visita) que constituye una joya inmensa para curiosos e investigadores.
 
    Enhorabuena, pues, a la familia en bloque, aunque, sobre todo a la citada doña Laura, por su paciencia infinita, y naturalmente al IEA, aunque, con reservas, por su cicatería; ya que tener en las manos tan ingente legado como el que comentamos y “obligar” a la familia a optar por una edición online, me parece un auténtico disparate. Por suerte, la familia optó por hacer unos cincuenta ejemplares en papel, y lo cierto es que no hay color.
 
    Para poner el broche de oro y terminar de hacer justicia a don Maximiliano, únicamente falta el sí definitivo de don Salvador Jiménez, para presentar tan hermoso libro a la sociedad de Castilla-la Mancha. A eso se llama “memoria histórica”.
 
Juan Bravo Castillo
Domingo, 8 de abril de 2026 
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