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Seis albacetenses ilustres (II)

Bajo el volcán

  Juan Bravo Castillo
 

A Andrés Gómez Flores, gran conocedor de nuestro pasado.

Refería en la anterior entrega la extraordinaria experiencia que supuso para mí los seis meses en que trabajé como un negro para la publicación del volumen que, bajo el título de Seis albacetenses ilustres, el Ayuntamiento de Albacete pretendía homenajear a la generación “Ágora”, nombrando hijos predilectos de la ciudad a don Matías Gotor, don Alberto Mateos, don Maximiliano Martínez, don José Prat, y, a título póstumo, a don Benjamín Palencia y a don José S. Serna. Es posible que se cometiera una injusticia -¿dónde no las hay?-, relegando a don Eleazar Huerta -cervantista ilustre, magnífico poeta y narrador, además de fundador de la chilena Universidad de Valparaíso, en donde moriría dolido de que en su lejana patria del destierro también hubiesen acabado con la libertad-; o de don Julio Carrilero, magnífico arquitecto del entrañable Instituto (el Instituto a secas, o a lo más, el instituto del Parque), además de la Plaza de Toros, y otras obras destacadas; o de don Ginés Picazo -aguerrido periodista de una prensa fustigante y utópica-, por no citar a más.

De cualquier modo, y pese a la proeza, no sólo mía, sino también del Concejal de Cultura, don Rodrigo Gutiérrez Córcoles -psiquiatra de prestigio y que, por suerte para nosotros, todavía vive-, apoyando con tesón y sufragando el libro, y también los hermanos García Jiménez (Damián y Guillermo), por su portada y su colaboración inestimable en la maquetación; al final el proyecto quedó gafado, desde el momento en que los Reyes no pudieron acudir al acto protocolario, y, en consecuencia, no se otorgaron las medallas y, para colmo, don Alberto Mateos y don Matías Gotor fallecieron muy pocos después. Definitivamente, como decía José María García, las prisas sólo son buenas para los delincuentes y los toreros malos.

Por suerte, estas figuras señeras de la brillante vida intelectual albaceteña que va de principios del siglo XX hasta la muerte de Franco se van dando a conocer -muy lentamente, bien es cierto-, merced al trabajo incesante de personas como Andrés Gómez Flores, que cuenta con un amplio registro de libros, escritos con prosa fluida y excelso gusto, empezando por ese gran poeta, Ismael Belmonte, cuyas poesías completas reunió unos años después de su prematuro fallecimiento. Pero su pasión propendió siempre hacia esa figura clave del socialismo español, don José Prat, nacido en la plaza Mayor, y que padeció exilio, en Colombia. Gómez Flores dio a la luz, en 1986, un importante libro: Memoria de una lealtad (Conversaciones con José Prat), imprescindible para quien desee adentrarse en la obra y en la vida de tan brillante político e intelectual.  

Quedaba la figura de don Maximiliano Martínez Moreno, otro de los más firmes baluartes de su generación. Nacido, como Lorca y como Hemingway, en 1899, desde muy joven se sintió atraído por la jurisprudencia. Licenciado en Derecho por la Universidad de Murcia, como lo sería, años más tarde, Martínez Sarrión. Entre 1920 y 1938 ejerció la abogacía, trabajando, entre otros temas, en abolición de la pena de muerte y la incorporación de la mujer al mundo del trabajo. Perteneció al Partido Reformista. Tras la proclamación de la Segunda República, no es de los que se lanzaron al ruedo político de buenas a primeras. En las elecciones de 1936 salió diputado a Cortes por la Unión Republicana, y como tal, la noche del 26 de agosto de ese mismo año, pronunció un emocionante discurso ante los micrófonos de Radio Murcia, combatiendo duramente la rebelión fascista e invitando al alistamiento en el ejército republicano.

El final de la guerra le sorprendió en Barcelona, donde residía en su condición de Diputado y sobre todo de Consejero de Estado del Gobierno de la República. Su única alternativa al desmoronarse aquel frente fue la de unirse a la enorme riada de cientos de miles de personas en dirección a la frontera francesa. “Describir aquel episodio bíblico es cosa que no acertaría mi pluma a plasmar”, escribe don Maximiliano. Muy cerca de allí, en medio de aquella baraúnda, Antonio Machado, su madre y el grupo de amigos, entre los que se encontraba otro albacetense ilustre, Tomás Navarro Tomás, se abrían paso como buenamente podían. Don  Maximiliano llegó a Amélie-les-Bains, y en ese punto se inició su éxodo, que, como le escribió a su esposa, confiaba en que no fuera más allá de seis meses. Pero se prolongó hasta 1971 (treinta y dos años). Dios, no obstante, le permitió gozar todavía de casi cuatro lustros de vida, con su familia y sus nietos, hasta su fallecimiento en 1990. 

(Continuará).

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