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Divirtiéndonos con la Historia

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Divirtiéndonos con la Historia

Antonio García

Si me permiten, hoy deseo hablar de algo que seguramente a nadie le va a interesar, pero que yo encuentro sumamente relajante. Y es que es tal la tensión que se vive en nuestros días, entre Covid, ruina económica y moral del país, basura política, etc., etc., que lo mejor de vez en cuando es olvidarse de tanta fatalidad y de los políticos que la provocan y la sustentan, y entretenernos un ratico con un buen café y unas cuantas y curiosas anécdotas históricas. Les voy a contar un par de ellas que como mínimo les sonarán. De un pasado muy lejano. Ya tendremos tiempo de volver a la carga.

La primera va sobre una de las mujeres más famosas de la historia. Los mayores recordarán la película de Cleopatra, mujer a la que se evoca por su gran belleza e intelecto. Y cómo no, por los amores de esta reina de Egipto. Estamos hablando del siglo I a.C.

La famosa fue la VII, pues otras seis la precedieron en el trono. Y su nombre real era Thesa Philopator, que significaba “diosa amante de su padre”. Resulta que cuando el gran macedonio Alejandro Magno murió, sus generales se repartieron todo el territorio conquistado, que era mucho. Uno de ellos, un tal Ptolomeo se quedó con Egipto, y a dicha dinastía pertenece nuestra protagonista.

En primer lugar, la supuestamente bella se ligó a Julio César, de quien ella decía tener un hijo, Cesarión. Y digo “supuesta” porque la única referencia a su efigie es la que figuraba en las monedas que Marco Antonio hizo acuñar en honor a su amante, de perfil, en la que se advierte una buena nariz, anuncio de unos rasgos poco agradables. O sea, que ni de lejos se parecía a Elizabeth Taylor, una de las actrices que con más éxito la llevó a la gran pantalla, acompañada de Richard Burton.

Pues bien, tras Julio César, al que pasaron a cuchillo en el 44 a.C. un grupo de senadores romanos –incluido su propio hijo, Bruto-, la pendona reina egipcia se trajinó a Marco Antonio, a quien dejó sin baba de tanto que se le caía cuando estaba con ella. Tal vez no era guapa, pero debió andar sobrada de sex appeal –para nosotros “sexapil”-. Aquello condujo a boda, y en el año 40 se casaron. Lo pudieron hacer gracias a que entonces no se llevaban las “amonestaciones”, y el oficiante de la ceremonia no preguntó si alguien conocía algún inconveniente para llevar a cabo la unión. Pero lo había: el pendón de Marco Antonio estaba casado con Octavia, la hermana de Octavio y futuro César Augusto. Y claro, a éste y a toda Roma les sentó muy mal semejante descaro y cornamenta. Se ve que la Cleo, tal vez no lo sabía, o lo disimulaba, y cuando en el año 31 a.C Octavio venció a las tropas de Marco Antonio, como la bella no podía matarlo ni exilarlo, le hizo mandar un mensaje a este último comunicándole que el amor de su vida había muerto. O sea, ella. De esta manera consiguió que el tontolnabo de Marco Antonio se suicidara. Y entonces le tiró los tejos a Octavio (la reina egipcia no era partidaria de lutos ni de perder el tiempo). Pero el romano, puesto en otros intereses como estaba, le dio calabazas. Y ante tal fracaso, la muy pendeja se suicidó. Dicen que por la picadura de un venenoso áspid, pero los historiadores lo ponen en duda. Nunca se sabrá.

Otros cuentan que se suicidó por Marco Antonio, pero es mentira, aunque queda bien para guion de cine. La cosa es que Octavio tenía planes de encadenarla a ella y sus hijos tras un carro y hacerlos desfilar por las calles de Roma como trofeo. Cleopatra se suicidó para no ser humillada.

Y vamos a por otra. Todo el mundo cree que los maratones –la famosa carrera de fondo- se originaron en Grecia. Pues nanay de los jureles. Durante la celebración de los juegos olímpicos antiguos, jamás se celebró esa carrera. La primera olimpiada de la que tenemos noticia se celebró en el año 776 a.C. y consistía en una carrera de 200 metros. Punto. Y así fue durante trece años. Más tarde se incorporaron algunas carreras más largas y otras disciplinas como lucha, lanzamiento de jabalina… Las olimpiadas fueron abolidas por el emperador Teodosio I el Grande –nacido en Hispania- en el 393 de nuestra era.

Fue en el año 1896 cuando el barón Pierre de Coubertin –franchute él- resucitó las olimpiadas. Los organizadores recordaron la leyenda griega en la que Filípides corrió desde la ciudad de Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria griega sobre los persas. Pero en realidad es una trola. Filípides fue enviado antes de la batalla a Esparta para avisar de la llegada de los persas y pedir refuerzos. Y no recorrió 40 kilómetros en una jornada, sino que fueron 240 kilómetros en dos días. ¡La madre que lo parió!

Así pues, resulta que la carrera de maratón se instauró en los juegos olímpicos modernos, no en los antiguos. Primeramente la distancia que tenían que sudarse los atletas era de 40 kilómetros. Pero en las olimpiadas de 1908, celebradas en Londres, al caprichoso Príncipe de Gales (don Jorge) se le ocurrió dar la salida desde los jardines del castillo de Windsor, en vez del punto previsto. De forma que les endiñó a los corredores 2.195 metros más, que ya se quedaron para siempre.

Y colorín, colorado.

Díganme con sinceridad: ¿a que durante el tiempo de lectura de este artículo no se han acordado del desastre que nos envuelve? Pues anímense, pidan otro café y léanlo de nuevo. Háganlo por los baristas, que están que echan las muelas ante tanto desafuero gubernamental, tantas cortapisas, prohibiciones y jodiendas para sus negocios.

Y yo me comprometo a contarles más historietas entretenidas para todos los públicos, en la confianza de no transgredir ninguna ley de “memoria” social-progresista.

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