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No molestar, estamos reflexionando

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No molestar, estamos reflexionando

Antonio García

En un día como hoy, sábado preelectoral, en que cada cual debe introducirse en lo más hondo de su ser pensante -que no de sus asaduras- para vislumbrar, en el silencio de su intimidad la luz de su conciencia electoral, todos los medios de comunicación de masas deberían permanecer en silencio, para no influenciar interesadamente en la trascendental decisión que el domingo nos espera a los españoles. Solo deberían permitirse las revistas del corazón, los programas telebasura y los dibujos animados. Por tanto, y dicho lo dicho, un servidor debería hoy hablarles sobre la polinización de las flores, la metamorfosis del gusano de seda, la inmortalidad del cangrejo o la muerte de Viriato. Es decir, de cosas que a todo el mundo le importan un par de pijos. Pero de política, nada de nada, no vaya a ser que algún despistado se deje guiar por mis opiniones, cosa que me parecería de muy mal gusto. Lo que pasa es que, tal cual está la caldera, con el guisao a punto de cocción, a ver de qué leches hablamos. Estoy tratando de recordar alguna historia del abuelo cebolleta para contársela a ustedes en este día de meditación, pero no me viene ninguna a la cabeza, atenazado, preocupado y asustado como estoy por el posible rumbo que tome la gobernanza o desgobernanza de mi amado país que, cual barco de vapor a la deriva hace aguas hasta por la chimenea.

De manera que se me hace difícil escaparme de este enrevesado asunto electoral, pero les prometo que seré imparcial, ecuánime, desapasionado y equitativo. Y no haré referencia a siglas algunas que les lleve a pensar a mis sufridos lectores que tengo un interés particular en cambiar su ya decidido voto. Porque esa es otra: a estas alturas, ni día de reflexión ni puñetas. Todo el mundo tiene ya elegida su opción.

Pero como a mí me gusta contarles mis preocupaciones y anhelos, aunque es evidente que no les diré a quién voy a votar, sí que les ofrezco un breve catálogo de los soportes en que me baso para elegir candidatura.

En primer lugar, me gustaría que gobernase mi nación española alguien que no tuviese la costumbre de mentir ni siquiera en algo tan tonto como su expediente académico. Se me importa una higa que sea doctor o máster, si es un embustero. Por lo tanto, solo le pido sinceridad y no marcarse faroles con títulos inexistentes o manipulados.

También me gustaría que fuese alguien capaz de amar a España y su unidad indisoluble por encima de cualquier ambición personal o ideología disgregadora. Decidido, fuerte y firme con los “rompepatrias”. Y que se sintiese tan orgulloso de su grandeza e historia que propugnase su conocimiento en todos los puntos cardinales de mi patria, como hacía Manolo Escobar, sin excluir ni un solo rincón del país. Y que amase, respetase y defendiese la lengua española, como la amó Cervantes y tantos otros de gloriosa pluma y como la aman más de quinientos millones de seres hablantes.

Sería deseable y necesario un presidente y equipo de gobierno que le diesen a la educación, en todos sus niveles, la inequívoca importancia que tiene, desproveyéndola de todo adoctrinamiento tendencioso y partidista, dejándola como una patena libre de parcialidad, manipulaciones espurias y contaminaciones ideológicas limitantes y limitadoras. Y libre de sexualismo enfermizo, desorientador, maniobrero y corruptor. Un gobierno que reconociese, como fundamento de todo derecho, la plena patria potestad de los padres en la educación de sus hijos, sin injerencias artificiosas y totalitarias.

Me gustaría un gobierno que, como padre amante de su patria, ayudase verdadera y eficazmente a sus familias y fomentase y cuidase la natalidad, futuro de cualquier nación civilizada que tienda al verdadero progreso. Con políticas e inversiones suficientes y efectivas que incentiven a mujeres y hombres, a todas las familias en apuros a la hermosa y necesaria tarea de traer hijos, en vez de las corrompidas políticas y subvenciones actuales que sólo favorecen la industria de la muerte. Con tanto crimen de futuros ciudadanos aún no nacidos, no pueden existir la paz, la estabilidad y el progreso. Y mucho menos la felicidad que trae una recta conciencia.

Me gustaría un gabinete ministerial celoso de nuestra independencia, defensor acendrado de nuestra idiosincrasia, custodio aplicado de nuestra cultura, tradiciones y creencias. Solidario y hospitalario en la justa medida de nuestras posibilidades, pero afanoso cancerbero de nuestras fronteras. Y defensor incansable del orden.

Ansío un gobierno que defienda, a cualquier precio, la separación de los tres poderes del Estado y su absoluta independencia: legislativo, ejecutivo y judicial.

Sueño con un gobierno que respete al máximo la libertad de cátedra, la iniciativa investigadora y divulgativa de los historiadores, sin imposiciones intelectuales ni limitaciones a su libre expresión. Un gobierno que no intente fabricar el pasado a su medida, manipulando la verdad de la historia por intereses totalitarios y de dominio absoluto de las conciencias, obligando a los ciudadanos a pensar y creer sus interesados presupuestos bajo pena de castigo.

Y como no queda más espacio, aunque mis deseos abundan, defiendo un gobierno que reconozca sin ambages que, de toda la vida, solo existen hombres y mujeres. Que los hombres solo pueden tener pene y las mujeres solo vagina. Y que ambos deben ser exactamente iguales ante la Ley. De manera que haga desaparecer tanto chiringuito adoctrinador y aplique mejor destino a los cuantiosos fondos que detraen del tesoro público y que, a la vista está, no sirven para nada positivo.

Como acaban ustedes de ver, más aséptico no puedo ser, pues ni cito, nombro ni menciono a partido político alguno. Me he limitado a confesarles algunos de mis más íntimos, sinceros y leales deseos.

Voy a seguir reflexionando con cervecica y panchitos, que la vida está mu achuchá.

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