Manuel Castells es el sociólogo español más citado en el mundo. Así lo presenta la periodista Delia Rodríguez en una entrevista publicada el pasado domingo, día 21, en el suplemento Ideas de El País.
Castells nació en Hellín (Albacete) en 1942 y, según la periodista, encarna como pocos las paradojas de la historia contemporánea. Es intelectual, pero estuvo en las barricadas del Mayo Francés. Es anarquista de corazón, pero fue ministro de Universidades en el Gobierno socialista de Pedro Sánchez. Dedicó su gran obra, La era de la información, a internet —una trilogía visionaria que pronto cumplirá treinta años—, pero no usa redes sociales. Desconfía de las estructuras de poder, pero es católico.
Ha recibido todos los honores, ha asesorado a grandes líderes y, sin embargo, sigue dirigiendo tesis doctorales. Es catedrático en la Universidad del Sur de California, emérito de Berkeley y visita cada año la Universidad de Tsinghua, en China. Pero si hay un lugar donde se siente en casa es Barcelona, ciudad a la que vuelve siempre que puede. No es casual: su primera especialización fue el estudio de las ciudades. Barcelona fue la primera y sigue considerándola la mejor.
Allí se desarrolla la entrevista, que comienza en su despacho y continúa con un arroz frente al mar. El objetivo, según la entrevistadora, es aprovechar su mirada privilegiada para intentar entender qué demonios está pasando en el mundo.
Una entrevista difícil de resumir
No ha sido sencillo trasladar esta entrevista —larga, densa y muy documentada— a las páginas de nuestro humilde semanario. Tampoco encontrar la manera de que llegue a los lectores conservando la mayor cantidad posible de ideas que tanto el entrevistado como la entrevistadora han querido dejar sobre la mesa. Lo ideal, sin duda, sería leerla directamente en El País. Pero como eso no siempre es fácil, confiamos en que este esfuerzo sirva para algo.
China: una transformación sin precedentes
La primera cuestión que plantea Delia Rodríguez es la situación actual de China. Tras una visita reciente, Castells la define como la economía número uno del mundo y, en el ámbito tecnológico, la única alternativa real a Estados Unidos. Lo que allí se vive, afirma, es “un proceso de transformación tecnológico y económico como nunca se ha visto en la historia”.
La fiebre de la inteligencia artificial
Cuando la conversación gira hacia la inteligencia artificial, Castells es tajante. La innovación es real y ha despertado el interés de los mercados financieros. Lo que es ficción, advierte, es pensar que las máquinas son inteligentes o humanas. No toman decisiones por sí mismas, salvo que las programemos para hacerlo.
La IA, explica, no es un sector separado: es como internet. Atraviesa todas las actividades humanas. Por encargo de Pedro Sánchez, creó un Consejo Asesor Internacional de Inteligencia Artificial. Es todavía incipiente, pero la preocupación es clara: integrada en todas las actividades sin control, la IA puede generar desajustes profundos.
La era de la información: la red y el yo
Sobre su obra más influyente, La era de la información, escrita en los años noventa, Castells recuerda su idea central: la sociedad se organiza a partir de dos fuerzas contradictorias, la red y el yo.
En uno de los pasajes más incisivos de la entrevista afirma que muchos intelectuales de izquierda no entienden ni el nacionalismo catalán o vasco ni la construcción de comunas religiosas islámicas. El feminismo, señala, es una identidad, pero al atacar la base más antigua de dominación provoca una reacción violenta. Esa reacción está en la raíz del trumpismo, de Vox y del ascenso de la extrema derecha en Europa.
“Internet somos nosotros”
¿Proceden estos movimientos de internet y, al mismo tiempo, reaccionan contra él? Castells no duda: sí. Internet no es un mundo aparte; somos nosotros mismos. En la red están todos: el feminismo, pero también el antifeminismo; el activismo, pero también el racismo y el nazismo.
La utopía inicial —la comunidad universal que se relaciona libremente— se ha quedado a medias. Nos relacionamos, sí, pero con quienes queremos. Y quien es racista utiliza internet para encontrar más racistas.
La evolución de internet
Internet ha sido la base de grandes movimientos sociales transformadores. El 15-M en España no habría existido sin él. Pero también es hoy una herramienta de control algorítmico para los grupos de poder y una plataforma de organización para los movimientos más destructivos.
No hubo un antes ingenuo y un después perverso. Simplemente, internet salió de pequeñas comunidades bienintencionadas y se convirtió en mundo. Y el mundo, recuerda Castells, no está lleno solo de gente mala, sino de la parte mala de todos nosotros. Cuando eso se articula en redes, se amplifica.
Estados Unidos, Trump y el papa de Roma
Sobre Estados Unidos, Castells advierte que el trumpismo no es efímero. Trump actúa como un agente antisistema, pero no anticapitalista: todo lo contrario. Es la paradoja de un multimillonario convertido en motor de transformación política con el apoyo de la clase obrera.
Preguntado por la posibilidad de un papa estadounidense, responde sin rodeos: sería fundamental. La democracia, dice, solo existe en la mente de las personas. Si la gente deja de creer en las instituciones, se acaba. En ese contexto, cuanto más antisistema se es, mejor funciona el discurso. Así ocurrió con Podemos y así sucede ahora con Vox. La antipolítica se ha puesto de moda.
El mundo vuelve a moverse por el nacionalismo. Estados Unidos, China, Japón. En Europa, la extrema derecha es nacionalista y antieuropea. El Brexit fue el primer aviso. Mientras se proclamaba que el nacionalismo era retrógrado, este resurgía en todo el planeta.
La cacofonía final
Castells cierra con una reflexión afilada. Cada gran cambio en la comunicación genera una reacción contraria. Ocurrió con la televisión y ocurre con internet. Los intelectuales que antes marcaban el rumbo se sienten hoy desintermediados. Publican como cualquiera, pero ya no monopolizan la influencia. Los influencers influyen más.
Por eso atacan al mensajero. Siguen pensando en Kant mientras el mundo arde. Perdidos en la cacofonía general, añoran un tiempo en el que eran la voz autorizada. Ese tiempo ya no existe.




