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La oscura industria del maltrato

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La oscura industria del maltrato

Este relato se basa un hecho real del que tengo firme constancia. Testimonio que me ha llegado de persona totalmente fiable, firmemente decidida en la defensa y protección de la mujer en peligro de exclusión, la lucha contra el maltrato y su oposición radical al aborto. Dispongo además de un artículo-confesión tomado de Internet y con la identificación del editor. Otras personas conocedoras del asunto, desde distintos puntos de España me han asegurado que lo que aquí voy a comentar es más frecuente de lo que a simple vista pueda parecer. Por lo tanto, este no es un artículo de denuncia genérica a un determinado sector de servicios sociales. Pero lo que se, lo cuento.

Pongamos que se llama… Lucía. El nombre es lo de menos y conviene mantenerlo en secreto. Lucía es un producto de la sociedad del descarte, de una sociedad débil, enferma y decadente que, en aras del consumismo y el bienestar egoísta, no sabe, o no quiere proteger a los suyos, a los débiles, a los desheredados, a los frágiles.

Lucía es una joven mariposa sin alas que jamás podrá posarse en las hermosas ramas de un cerezo en primavera. Ni, como decía el poeta, revolotear por los altos andamios de las flores, pajareando su alma colmenera. Apenas nacer se quedó sin alas, en virtud de la extrema pobreza, de la cobardía o del desamor. Pero siempre víctima. Y abandonada. No recuerda haber conocido a sus padres. Jamás escuchó las canciones de cuna que una madre o una abuela saben cantar.

Pasó los primeros años de vida de casa de acogida en casa de acogida. Alimentada, tal vez humilde y dignamente vestida, pero nunca amada. O nunca jamás como un niño debe ser amado, por derecho propio, por el solo hecho de poseer la inalienable dignidad de los hijos e hijas de Dios que nos renueva constantemente en su amor con el maravilloso milagro de la vida. El inmenso don de la vida.

Lucía se enamoró en la cumbre de la adolescencia. A ella le pareció, porque lo fue, el acontecimiento más maravilloso de su existencia. Con la candidez, la ingenuidad y el fervor que se pone a esas edades en el primer amor. El muchacho más guapo, bueno, extraordinario y atento que el destino le podía regalar. Y, por qué no decirlo, su tabla de salvación, su esperanza. Su protector, su compañero y amigo. Ella se sintió persona y pudo saborear, por primera vez, lo que significa ser importante para alguien. Dejar de ser la orilla, para ser el centro. Y vestirse con alas nuevas fabricadas para ella por su amado.

Lucía se entregó sin reservas… y quedó embarazada.

Y ahí es donde empezó su particular calvario. El hombre más maravilloso del mundo se convirtió en su verdugo. Desprecios, humillación, maltratos físicos… Se derrumbó el ídolo y el mundo se le vino encima. La torre que la protegía se hizo añicos y sola, sin nadie en quien confiar, acudió a los Servicios Sociales que, sin dudarlo, la orientaron a una “casa de acogida para mujeres maltratadas”. Y allí fue a parar nuestra desgraciada protagonista, rotas de nuevo sus flamante alas, con el agua al cuello, a punto de ahogarse. Y allí fue donde la enviaron al fondo, al lodo, al fango.

Para empezar, y aunque ella no quería, la obligaron a abortar. El “paquete” fuera. El trato que le dispensaron fue desconsiderado y humillante. Y si alguna autoestima podía quedarle tras la demolición de sus ilusiones y esperanzas, allí se encargaron de arrebatársela. Aun hecha al sufrimiento y curtida en el desamor como estaba, llegó un momento en que no pudo soportar más y decidió marcharse, no sin antes ser seriamente advertida –incluso amenazada- de que nada de lo que allí había visto y oído saliera por su boca. Ni una palabra, o lo pagarás caro.

Lucía vive en la calle, come de las limosnas y duerme en cualquier rincón donde pueda refugiarse. No tiene a dónde ir. Una vida en penumbra dolorosa y triste, “una tragedia escondida en la bolsa de una larva”. Vive en la calle… y está embarazada de tres meses, a saber de qué violencia, de qué limosna de amor, o al pago de qué servicio se ha visto obligada. Fango y escoria. ¡Pobre y patético residuo de un mundo sin escrúpulos, sin alma! Un mundo sin conciencia y sin honor.

Pero Lucía se agarra a la vida. A la suya y a la de su hijo. No quiere ni oír hablar de volver a un centro de acogida ni de Servicios Sociales del Estado. Pero quiere tener a su bebé aunque en ello le vaya la vida. Nadie volverá a humillarla, ni a arrebatarle el fruto de su vientre.

Aunque no todo está perdido para ella. Como ocurrió en aquel pasaje del Evangelio, una samaritana pasaba por allí y la encontró tirada –apaleada y herida por los bandidos de la vida- a la orilla del camino. Una extraordinaria mujer, un alma generosa que le prestó socorro, sin mirarle el expediente ni el carnet de identidad. La tuvo unos días alojada sin disponer de condiciones adecuadas. Pero tuvo la oportunidad de reponerse y, aunque sigue en la calle, ha encontrado un resquicio de luz. Su benefactora le lleva a menudo comida y algo de ropa. Y está poniendo toda la carne en el asador para encontrarle un sitio de acogida digno, lejos de los oscuros y turbulentos negocios de las mafias explotadoras que viven de las subvenciones oficiales y del engaño. De las tragedias de los demás.

Sepan todos que, el servicio de centros para mujeres maltratadas está concertado con empresas privadas, que tienen asignada una cantidad mensual por cada mujer que acogen y otra por cada hijo que éstas llevan consigo. Expediente de alta y cobro de la pasta. Lo demás, al menos en este caso, les importa poco.

Tal vez un día les cuente otro testimonio para que quede constancia, aunque sea parcial, de este vil submundo, de este basurero que, delante de nuestras narices, negocia con la desgracia ajena y con el dinero de nuestros impuestos. Trampas putrefactas de un sistema engangrenado, corrupto, sin escrúpulos, sin vergüenza y sin Dios.

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