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¿Te vienes a merendar?

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¿Te vienes a merendar?

Por Sol Sánchez

¡Qué recuerdos albergo de esos años! De aquellos inicios en el mes de Mayo.

Unos días antes, en el Colegio, o el barrio, concretábamos quiénes seríamos compañeros de Cruz esa mañana del tres de mayo. Seguidamente había que confeccionar el Trono. En el tiempo libre, visitábamos las serrerías para conseguir palos y tablas.

Aprovechábamos clavos oxidados que terminaban haciéndonos sangrar algún dedo y obligando a nuestros padres a tener que llevarnos al Centro para ponernos la vacuna antitetánica, a lo que nosotros llamábamos: “La inyección del tétano” y eso cuando nos la ponían, porque la mayoría de ocasiones lo arreglábamos por nuestra propia cuenta con una tirita. Muchas veces me pregunto: ¿Cómo estamos vivos? ¡Somos la generación de los supervivientes!

Tras la ardua tarea, accidentes incluidos, dificultad para encontrar el material preciso y los “enganchones” que con toda seguridad surgían entre nosotros, conseguíamos terminar la Cruz.

La tarde del día dos, era otro de los momentos clave: Ir a los Chalets que estaban por el campo de futbol y pedir rosas y además tener la suerte de que nos las dieran.

Rondábamos aquellos jardines toda la chiquillería del Pueblo.

Recuerdo algunos broncazos por parte de los vecinos que estaban cansados de vernos subidos a sus muros, en el intento de coger sus bellas rosas.

Tentativas que en muchos casos terminaban arrastrando el rosal entero y llegando a nuestras casas con el cuerpo lleno de espinas. Pero eso, sí, con las rosas.

Aprovecho para pedir disculpas por los rosales que destrocé.

El Día de la cruz, apenas despuntaba el sol, ya estaba impaciente en la cama, despertando a mis hermanos.

Debíamos salir pronto, antes de que otros niños se adelantaran y los bolsillos de los vecinos quedaran vacíos de monedas.

Mis amigas llevaban el pequeño Trono sobre sus hombros y casi siempre yo, me encargaba de pedir con un cacillo, una limosna por la Santa Cruz,

Cuando veíamos que no teníamos demasiada suerte visitábamos a los familiares, que casi siempre eran considerados con nosotros.

Lo peor era el momento del reparto.

Debo confesar que con poco esfuerzo que haga para recordar, encuentro patadas y enganchones de pelo, sumado a aquella señal de la Cruz que con el dedo dibujábamos en el aire, cuyo significado era: “No te junto”.

Eso explica que cada año, los grupos que salíamos, fueran distintos.

Tras el enfado, llegaba la tarde.

Mi madre nos mandaba a casa de una vecina a comprar Aguamiel.

¡Cómo me gustaba ese dulce! Reconozco que era algo empalagoso, pero al llegar a los tropezones de calabaza, sabía a gloria.

Tras la comida del mediodía, pasábamos a preparar la merienda.

Perfectamente colocada en la cesta de mimbre. No faltaba el mantel y las servilletas de tela que tanto me gustaban.

Mis padres no eran muy aficionados a salir esa tarde, por lo que mis hermanos y yo quedábamos con algunos vecinos y sus padres para caminar por la carretera de Agra, Agramón, Isso, en busca de un sitio cerca del río, el Canal, La laguna de Los patos.

Cualquier lugar era bueno para extender el mantel sobre la hierba, a veces aún mojada por el rocío.

Era un reguero de Hellineros los que bajaban por las orillas de la carretera, todos caminando, en medio de un jolgorio familiar, en una época en la que apenas habían coches.

Unos llevábamos pelotas, otras cuerdas para saltar…

Y así nos caía la tarde en los campos, entre conversaciones de adultos y juegos de niños correteando de aquí para allá, hasta que los grillos comenzaban a cantar marcando su territorio, recibiendo a una luna llena, que a veces recuerdo en el horizonte, acompañada de una brisa encendida de calidez, que conseguía cerrar más aún nuestros ojos, dominados por el cansancio de una jornada intensa.

¡Todo ha cambiado! Pero esos días de La Cruz en nuestra infancia serán únicos en nuestra memoria y mientras que tengamos la posibilidad de comunicarnos a través de este medio, siempre te podré decir: ¿Te vienes a merendar?

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