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Sobre los carteles de Hellín

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Sobre los carteles de Hellín

Por Marta Ferreras

Sin ánimo de molestar a nadie, quiero exponer algunas ideas que a menudo me vienen a la mente en relación con esos carteles que, en Hellín, se consideran acontecimientos importantes, como pueden ser el cartel de la Feria, el de la Tamborada o el del Corpus.

Imagínense ustedes la siguiente situación: un hombre llama a un electricista y le dice: “oye, he observado tu trabajo y te admiro, eres un profesional magnífico. Por esa razón he decidido contratarte para hacer una obra en mi casa. Pagarte… no te voy a pagar, porque no tengo dinero. Pero debes valorar el gran honor que supone que, entre todos los electricistas de Hellín, te haya elegido precisamente a ti”.

¿Qué contestaría el señor electricista?

Pues bien, esta es la oferta de trabajo que, año tras año, reciben los artistas en Hellín por parte de instituciones tanto públicas como privadas. Si no estoy mal informada, los pintores, no digo que todos pero sí una gran mayoría, llevan décadas realizando de forma gratuita unas obras que suponen un esfuerzo enorme, un gran riesgo y una tremenda cantidad de horas de trabajo. Más aún, en muchos casos además pagan de su bolsillo los materiales utilizados. Y lo más curioso del caso es que a nadie se le ocurre pedirle al impresor que trabaje gratis, ni tampoco al profesional que enmarca después la obra.

Alguien me dirá que hay quienes se ofrecen a realizar gratis este trabajo porque les hace ilusión, y es cierto. Pero a otros se les llama y se les intenta convencer del gran honor que significa haber sido elegidos. Una avalancha de aficionados desea a toda costa regalar su obra. Algunos buenos artistas la regalan en la esperanza de que así algún día alcanzarán el reconocimiento. Otros aceptan porque se les insiste. Y otros, sencillamente, no aceptan. Y, estando cada cual en su derecho a hacer lo que le plazca, lo cierto es que esta situación ha establecido la extraña creencia de que toda persona merece cobrar por su trabajo menos el pintor.

Pero la cosa no termina ahí, porque “el gran honor” de haber sido elegido puede convertirse de pronto en “el gran escarnio”. Tras la presentación, si el cartel gusta, estupendo. Pero ¿y si no gusta? Entonces la gente se cree con derecho a publicar toda clase de burlas contra alguien que, mejor o peor artista, se ha tomado la molestia de trabajar gratis para su ciudad.

¿Quiere esto decir que la gente no puede opinar? Por supuesto que puede opinar. Pero una opinión, para que sea mínimamente aceptable, debe ser respetuosa. Y una opinión que tenga pretensiones de ser una crítica de arte debe, además, estar bien argumentada. La crítica realizada desde la ignorancia vale muy poco. No digamos la crítica consistente en burlas o comentarios ofensivos. Yo no voy a decir que me gusta todo. Creo que se han hecho en Hellín carteles buenos, muy buenos, regulares y malos, pero me reservo mis opiniones. Y, en caso de que quisiera opinar con sinceridad sobre una obra que no me gustara, lo haría procurando no ofender.

El respeto hay que guardarlo siempre. Imagínense que un día, de pronto, los artistas se plantan. Y llega la Feria y no hay cartel. Llega la Tamborada y no hay cartel. Llega el Corpus y no hay cartel. Si esto ocurriera, la gente comprendería el valor social que tiene el Arte, y dejaría de considerar al artista un “pobre paria” que debe agradecer el inmenso honor de que se le permita trabajar gratis. Y que encima debe aguantar después, a pie firme, una especie de linchamiento de ingratitud, burlas, desprecio y descalificaciones.

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