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Perdonen que hable de mí

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Perdonen que hable de mí

Por Antonio García

O sea, no de mis opiniones, sino de mí mismo, en persona humana. Vamos, que quiero decir, que el protagonista hoy voy a ser yo. Ego. Lo que significa, y lo lamento, que en esta ocasión no me voy a meter con nadie ni con nada, que en realidad es lo más divertido. Pero es que viene a cuento. Y es que resulta que hace… no se cuantos días, me enteré de que a una lectora anónima de mis artículos (gracias guapa) le parece, opina ella, considera que un servidor es algo machista. No sé si el “algo” es de ella propia o lo añadió mi informante en un alarde de espíritu conciliador, o lo que es lo mismo, de quitar hierro. Por supuesto no revelaré el nombre de la fuente, o sea, del confidente. Lo cual me resulta más divertido porque así muchos se quedarán con la duda de si es cierto o me lo estoy inventando, a falta de otra ocurrencia mejor para rellenar esta cara de un folio y un poquico más.

Lo chocante es que, para sorpresa de mi querido chivato, la cosa me pareció divertida, graciosa, simpática y además, me ha invitado a bucear en mi “yo” más recóndito, para tratar de averiguar qué parte de verdad sobre ese machismo puede habitar en mis interiores profundos o “asauras”. Pero claro, en cierto modo fue como arrojarme un guante que yo recojo gustoso. Seguramente mi simpática lectora no pretendía ello, pero yo es que me pico enseguida. Y ahora que lo pienso, ¿será verdad que el que se pica…? No, si al final voy a tener que borrar estas líneas y escribir sobre otra cosa. Pero quiá, ya no doy marcha atrás. De perdíos al río. Así pues, entremos en faena.

Naturalmente, lo primero que he hecho ha sido documentarme, por lo que he llegado a saber que “machismo” significa: <<Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres>>. El diccionario no pone nada más. Así que luego nadie me salga por peteneras.

En primer lugar reconozco humildemente que sí, que soy varón, o sea, un ser humano del sexo masculino. Mas, para que no queden dudas, lo aclaro al completo: del reino animal, clase mamífero, orden primate, familia homínido, género homo, especie homo sapiens y sexo: macho. Todo lo primero no lo tengo claro, pero de lo último no albergo la menor duda. Aunque claro, de ahí es de donde sale la dichosa palabra machista. Y aquí es donde puede venir la confusión. Porque si el sustantivo “macho” significa animal del sexo masculino, “machista” es un adjetivo, un apelativo que se refiere a una actitud, a una forma de ser y pensar, a una educación determinada. Y bien podría ser que yo lo fuera o fuese, dado que esa es la cultura social en que me he criado y dado que, todavía hoy, abunda más de lo deseable. Y a veces con resultados nefastos. Pero resulta que no lo es. Y el asunto ha llegado al extremo que, a cualquier cosa, le llaman machismo.

El machismo es muy antiguo –desde que Adán y Eva la liaron parda-, y desde luego se da más en los hombres que en las mujeres (no se rían, que también las hay).

Pero veamos. Tras haberme concentrado y dado un profundo repaso a mis actitudes personales, el resultado es: quito y pongo la mesa, me arremango y friego los cacharros de la cocina, barro, paso la fregona, hago la cama, tiendo y destiendo la ropa, plancho hasta camisas, he bañado a mis hijos y les he cambiado el pañal (ahora ya no, nos da vergüenza), etc., etc.

Pero hay otras cosas tan o más importantes. A saber: me parece fenomenal que la mujer estudie una carrera. Me parece magnífico que salga cuando y con quien quiera en uso de su libertad y responsabilidad. Me parece estupendo que llegue a política o ejecutiva (todavía lloro la pérdida de mis adoradas y admiradas Leire Pajín, Bibiana Aído…). Defiendo que cobre un salario justo de acuerdo a sus conocimientos y valía, como los jambos. Y que voten, blinquen, salten y den volteretas. Y muchas otras cosas en las que ahora no caigo.

Pero sobre todo hay una cosa que me encanta, me gusta a rabiar. Y seguramente es producto de mi deficiente y antigua educación, quién sabe: me gusta que la mujer sea mujer. ¡Ea!, no lo puedo remediar. Eso va a ser así hasta que me muera. Y por ende, la única pega que reconozco tener, es que no me gusta el moderno y fanático feminismo. Ese que yo llamo ramplón y desnortado. Ese que defiende que tós somos “iguales”. Pero tan “iguales”, tan “idénticos” que ya da basca, aburre y, si no fuera por lo que es, hasta da risa. Porque es que parece que hasta la Naturaleza metió la pata, haciéndonos “distintos”.

Dijo un chulo: <<¡En mi tierra todos somos machos!>>.

Y le contesta otro: <<Pues en la mía somos machos y hembras y lo pasamos dabúten>>.

En fin, que soy un fans de las cualidades naturales que tanto atraen, adornan y embellecen a las mujeres: feminidad, sensibilidad, seducción, dulzura, armonía, ternura…, intuición. Capacidad de sacrificio. Irreductible, necesario y maravilloso amor maternal, inteligencia emocional. Una astucia que a veces nos sobrepasa a los hombres… ¡Una maravilla de la creación! No saben muchas mujeres cuantos encantos y potencialidades están desperdiciando. Y si esto es ser machista…

Resumiendo y terminando: soy un devoto admirador de la mujer “diferente” a mí. De la mujer, mujer.

A sus pies, señora.

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