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Entrevista a Juan Bravo Castillo

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Entrevista a Juan Bravo Castillo

“La Semana Santa de Hellín es pura magia. ¡Lástima que algunos se empeñen en enturbiarla! Tengo fe en el sentido unamuniano. La fe, en el mundo en que vivimos, es un lujo”

Entrevistas Radio Hellín 107.6 FM

Por Charo López

En esta sección les ofreceremos un extracto de las entrevistas que se realizan todas las mañanas desde las 8,30 horas en el programa “BUENOS DÍAS HELLÍN”, el espacio que se emite todos los días en Radio Hellín 107.6 FM y en www.radiohellin.com

Juan Bravo Castillo es catedrático de Filología Francesa y Literatura Comparada en la Universidad de Castilla-la Mancha además de creador y director de la revista “Barcarola”. Este erudito e ilustrado hellinero presentó el pasado viernes su nueva obra “Frente al espejo”, un libro autobiográfico donde muchos se verán reflejados y recordarán el Hellín de su infancia. “Frente al espejo” lo pueden encontrar en la librería “Libros”.

“Frente al espejo” es un libro autobiográfico ¿qué aspectos destacaría del mismo (a modo de resumen) para aquellos que aún no lo conozcan?
J.B.C:
Es una autobiografía, género que no hay que confundir con las simples “Memorias”. Se trata de un libro en el que he procurado echar la vista atrás, indagar sobre el sentido de mi existencia –experiencia sin duda gratificante para todo aquel que se precie– y descubrir el libro que todos llevamos dentro. Ahondando en nuestra alma encontramos miserias, pero también inconmensurables riquezas y respuestas a muchos interrogantes. Todo es uno, como decía el filósofo, y uno es todo. Ya digo, una experiencia fascinante.

¿Qué cree usted que le puede resultar más interesante o atractivo al lector hellinero que lea su libro?
J.B.C:
Sin duda las ciento cincuenta primeras páginas, en las que abordo mi infancia y adolescencia en aquel escenario, para mí mítico, de los años sesenta.

¿Qué capítulo le ha resultado más difícil de narrar y por qué motivo?
J.B.C:
Dos en especial: “La salida del túnel”, que es el momento en que tuve que tomar la drástica resolución de hacer frente a la vida por mi cuenta; y “Una temporada en el infierno”, donde narro con la máxima objetividad el modo en que tuve que hacer frente a la enfermedad hasta acabar identificándome con Thomas Mann, cuando, en La montaña mágica, llega a afirmar que no hay verdadera vida si previamente no se ha pasado por el calvario del dolor y el horror de una dolencia grave.

¿Cuáles son sus primeros recuerdos de Hellín?
J.B.C:
Mi madre llevándome a rastras a la escuela por la calle del Arco; las andanzas con los amigos por la Portalí y la calle Perier; mis años de monaguillo en Franciscanos; el pavoroso incendio del convento; la coronación de la Inmaculada; la casa mágica de Victoria Gotor; las procesiones por aquellas callejas; mis años en los Capuchinos; la Academia del Rosario donde me encontré con profesores que me lo enseñaron todo; las huertas exuberantes; Cuevallá; el Azaraque, los Chorros… Miles de rostros perdidos…

Habla usted de un Hellín idílico ¿qué ó quién ha cambiado más, Hellín o usted?
J.B.C:
Los dos sin duda. Basta asomarse a la explanada de la ermita del Rosario para comprobar desde lo alto lo distinto que es aquel hermoso valle que sube por las “Columnas” hacia el Calvario del que nos habla Mariano Tomás en su libro Vuelva usted a casa en primavera; o la vida del Rabal y el Hellín antiguo, y la soledad que se respira por esos parajes hoy día. En cuanto a mí, me enorgullece decir que lo esencial sigue vivo en mí; me refiero, claro está, a la capacidad de asombro y a la capacidad de indignación ante la injusticia.

Una figura importante a la que usted dedica capítulo especial es a su padre, ¿cómo era su padre? ¿y su relación con él? ¿se negaba su padre a que usted estudiara?
J.B.C:
Mi padre era un hellinero duro, coriáceo, inflexible y trabajador hasta el extenuamiento. No en balde se pasó un año en el penal de Chinchilla y otros dos haciendo trincheras siempre con la amenaza de la muerte durante los tres años de la guerra civil. Su conocimiento del mundo del esparto era completo, pero al final de la guerra, en vez de hacer caso de su madre que le aconsejaba poner su propia industria, se dejó engatusar por un cacique hellinero, compañero suyo de presidio, y trabajó para él durante veintidós años. Creó la Yutera del Carmen, introdujo ese sustitutivo del esparto, que era el yute, fruto de sus continuos viajes por Cataluña, lo sacrificó todo por el trabajo, incluso a sus hijos, y al final recibió la “recompensa” que este tipo de empresarios suelen dar. Fue una durísima lección, y yo me propuse, y, por fortuna, lo logré, no tener nunca que depender de uno de estos caciques, “señoritos” o como se quieran llamar, que tanto daño hicieron a Hellín por incuria, por egoísmo o por soberbia. Mi relación con él siempre fue de enorme respeto y de bastante temor. Él repetía que para que estudiaran sus hijos estaba dispuesto a vender la camisa, pero cuando llegó el momento de la verdad, no tuve más remedio que ayudarle a salir adelante como aprendiz de comerciante. Fue un camino duro hasta que un día rompí con él y me propuse salir del túnel por mis propios medios. Desgraciadamente, cuando nuestras relaciones empezaron a mejorar, la muerte se lo llevó, con sólo 63 años.

Fue usted Pregonero de la Semana Santa de Hellín en el año 1984, dedica un capítulo al Jueves Santo ¿cómo vive usted la Semana Santa? ¿es un hombre de fe?
J.B.C:
Mi papel de pregonero marca un hito en mi vida, fue un honor que se lo debe al entrañable Antonio Pina, primer alcalde socialista hellinero de la democracia y excelente humanista. Jueves Santo, para mí, es un momento mágico. Desde que salí de Hellín, ese día es una fecha clave, esencial. Tenga en cuenta que durante esa tardes puedes encontrarte con cualquier compañero o amigo de esos que llevas años sin ver; cualquier encuentro es posible. Durante años fue un ritual desplazarme de Albacete solo, o, muy a menudo acompañado con amigos de la capital: Justo Reino, Ramón Bello, Deogracias Carrión, etc., y recorrer las “estaciones”, empezando por Franciscanos, mi amado barrio de la Portalí, subiendo hacia la ermita del Rosario y concluyendo en la Asunción, deleitándonos con el trajín de los encargados de adornar los pasos, orando ante el Cristo de los Excautivos y la Virgen del Dolor, como antiguo miembro de dicha hermandad. Y luego, el abrazo con don Victoriano Navarro, en la sacristía, y así año tras año. Un deleite. La Semana Santa de Hellín es pura magia. ¡Lástima que algunos se empeñen en enturbiarla! Sobra decir que tengo fe en el sentido unamuniano. La fe, en el mundo en que vivimos, es un lujo.

El libro está plagado de anécdotas. Una que al lector le va a llamar la atención y le va a resultar incluso difícil de creer es que a usted le suspendieron la asignatura de lengua….
J.B.C:
Los exámenes orales que nos veíamos obligados a pasar en el Instituto del Parque en Albacete, eran una pura ordalía, y yo di con una arpía que sólo me dio una oportunidad a la hora de preguntarme sobre una oración compuesta. En una mañana nos jugábamos todo el curso. De todos modos, aquel suspenso fue fundamental, ya que, el verme tratado por mi padre como un mal estudiante, un vago, etc., entre otras muchas “lindezas”, me hizo trazarme un desafío, y al final salí ganador, en especial cuando vio cómo sacaba la licenciatura de Filología Moderna, libre, en Valencia, y trabajando de sol a sol en diversos colegios y academias. Aquel hombre duro tuvo que reconocer que “no era tan mal estudiante como pensaba”.

No me puedo quedar con las ganas de preguntarle a alguien como usted, que ha leído miles y miles de libros, por sus predilecciones… ¿su libro favorito y el nombre del escritor que más admira?
J.B.C:
Soy afrancesado en mis lecturas, aunque también me fascinan Cervantes, Quevedo, Cela, Rulfo, sin olvidar a Dostoievski, Tolstói, Rousseau y Shakespeare. Mi autor predilecto es sin duda Stendhal, sobre quien hice mi tesis doctoral: fue un descubrimiento: Grenoble, su patria, los Alpes, Napoleón. Mi libro favorito, qué duda cabe, es La cartuja de Parma, obra que me di el gusto de traducir al castellano, como otras muchas.

Aprovechando su amplia experiencia como docente le voy a preguntar por temas de educación, ¿hacia dónde debe mirar el sistema educativo español para mejorar resultados? ¿Qué debe de cambiar?
J.B.C:
Hay que volver a imponer la filosofía del esfuerzo sin llegar en ningún momento, desde luego, aquello que la “letra con sangre entra”. Hay que formar docentes vocacionales y eso es algo que no se hacía. El maestro debe contagiar el amor a los libros y a la cultura. Decía ya en 1895 Angel Ganivet en su Idearium español: “Yo he conocido de cerca más de dos mil condiscípulos, y a excepción de tres o cuatro, ninguno estudiaba más que lo preciso para desempeñar, o mejor dicho, para obtener un empleo retribuido. Nuestros centros docentes – añadía– son edificios sin alma; dan a lo sumo el saber; pero no infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela”. Hoy, 120 años después, las cosas siguen igual.

Pertenece usted al mundo universitario y sé que es tremendamente crítico con él ¿de qué adolece? ¿qué fallos encuentra en el modelo actual?
J.B.C:
La frase de Ganivet vendría como anillo al dedo para lo que me pregunta. Hay alumnos que llegan a las aulas universitarias con unas lagunas tremendas y con escasas ganas de aprender. Mucho mejor habría sido para ellos optar por la Formación Profesional. En España se ha hecho un enorme esfuerzo por crear universidades, pero, en su inmensa mayoría, son centros “sin alma”. Lo esencial se nos escapa, y mucho más cuando de por medio están los políticos con sus ansias de votos y de contentar a todo el mundo. De cualquier modo, me produce una profunda tristeza entrar en las aulas y preguntarme qué va a ser de esos alumnos en ese mundo materialista que les espera del “sálvese quien pueda”. Se podrían escribir páginas y páginas.

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