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Las Hazas…

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Las Hazas…

Sol Sánchez

Hay sitios a los que nos aterra mirar. Edificios que nos hablan de aquella etapa de la vida a la que no queremos llegar, ni queremos que nuestros seres queridos lleguen. Hay lugares desconocidos, que nos guardan sorpresas positivas. Es lo que ocurre con Las Hazas en Hellín. Yo, era de las que miraba de perfil, cada vez que pasaba cerca. No hacía falta involucrarme en una parte de la existencia que solamente me acercaría a las reflexiones y a cierta tristeza.

Pero crucé el umbral de Las Hazas. Al cerrarse tras de mí aquella tarde las puertas de cristal, descubrí que por todos los ventanales se adentraba con intensidad el color rojizo de las nubes, impregnándolo todo de sosiego, porque Las Hazas, es un Jardín de Rosas en un Otoño Avanzado.

Las Rosas, son los ancianos. Flores que un día brotaron, creciendo esplendorosas, abriendo sus pétalos a la vida. Vivieron veranos, bostezaron ante los amaneceres, abrazaron a sus retoños, desplegaron sus días al amor. Flores que en esta etapa de su existencia se sienten débiles y quebradas, vulnerables ante el hoy y el impredecible mañana. Rosas, cuyos pétalos se mantienen, embelleciendo las esquinas de un Jardín en las que no debe entrar el viento del olvido y dañarlas. Esquinas en las que a esas Rosas, hay que preservarlas y mantenerlas libres del dolor y las ausencias.

Los Jardineros son los trabajadores. Jardineros que realizan a la perfección su trabajo, desde la lavandería, hasta llegar a dirección. Jardineros que por encima de ser unos grandes profesionales son personas sensibilizadas a una realidad. Manos que riegan con riguroso cuidado, que abonan la tierra, que entienden de fragilidad. Jardineros que miman, envueltos en una admirable paciencia, que sonríen y tocan los detalles con el máximo cuidado, valorando el limitado paso de esas Rosas por su vida. Manos que parecen ensuciarse por el barro y que simplemente se llenaran de profundos aromas, que con el paso del tiempo y por agradecimiento de la vida, les perfumará el corazón.

Los Visitantes, son los familiares. Aquellos que inicialmente se niegan a pasear por el Jardín del Otoño Avanzado, pero que una vez dentro, se deleitan con la belleza, el esfuerzo y la dignidad que aflora en los tallos. Los Visitantes, son la luz, la brisa, quizá la pequeña esperanza que junto a los Jardineros, consiguen que el Jardín perdure algún tiempo más. Los Visitantes, son los que día tras día, ven cómo los pétalos van desprendiéndose de su Rosa, dejando salir hondas enseñanzas sobre el sentido de la vida y nuestro paso por el mundo. Son los que en esos instantes, que son únicos, buscan un banco en el que sentarse para envolver a la Flor de besos y abrazos, agradeciéndole su presencia, su manera de querer, su estancia por la vida.

Rosas, Jardineros y Visitantes, en un tic tac del reloj que no para, pero que en ocasiones, concede el privilegio de aprovechar ese tiempo con sabiduría, en unas tardes rojizas de otoño… En ese día que quedará grabado para cada uno. En el que a pesar de que cada Rosa ha sido cubierta por un fino cristal para protegerla, lo mismo que sucedió en el cuento de la Bella y La Bestia, la Rosa irá desprendiéndose de sus pétalos, mostrándonos la intensa luz de su esencia. Resplandor que continuará con nosotros, iluminándonos el camino de nuestra vida. Porque ningún Visitante y ningún Jardinero de buena fe, será olvidado por las Rosas que han ido habitando en los Jardines de los Otoños, en un lugar llamado: Las Hazas.

 

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