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Bievenido febrero

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Bievenido febrero

De niña, me imaginaba los meses con la imagen de una persona.

Febrero era un hombrecillo alocado, delgado de baja estatura, que iba de paso. Era un bufón, dispuesto a todas horas a robar carcajadas y cambiar las leyes.

Un artista ambulante enamorado que dejaba un rastro de romances en las calles.

Calles en las que en Febrero, nos podía aparecer cualquier personaje inesperado.

Callejones y plazas que se vestían de fiesta. De luces y colores entre las que se distorsionaba la realidad.

Febrero era ingenioso, mentiroso.

Escondía críticas constantes en las esquinas de falsas apariencias, vestidas de cultura y tradiciones populares que perduran a lo largo de los siglos, entre parodias y galas.

Olía a chocolate y paparajotas.

Marcaba la diferencia trayéndonos solamente veintiocho días y sumando una jornada más cada cuatro años. Una broma para aquellos que nacían ese veintinueve de febrero.

Un mes en el que el frío intenso seguía con nosotros.

Nos daba la oportunidad de seguir por las mañanas, rompiendo el hielo en los charcos con la punta de los zapatos, observando cómo se resquebrajaba para fundirse con el agua.

En el colegio, nos entregaban la nota con todo lo que debíamos comprar para comenzar a elaborar el regalo que llevaríamos a casa el día del padre.

Acercándonos al día catorce, nos dejaban decorar la clase con corazones de colores.

El Día de los Enamorados, me gustaba solamente, por el hecho de ver los escaparates del pueblo adornados de una forma muy especial.

Llamaba mucho mi atención la Casa del Fumador. Trabajaban la decoración con un gran mimo.

Algo inusual se respiraba en el aire, en nuestros padres, en las parejas jóvenes…

¡Hasta la tele se vestía de amor!

Las películas y los programas, estaban dedicados al gran San Valentín.

Y allí estábamos frente al televisor, mientras que la lluvia golpeaba los cristales, viendo “El Día de los Enamorados” en blanco y negro con el carismático actor, Tony Leblanc.

Pero si algo me apasionaba de Febrero, era la llegada del Carnaval.

En clase nos explicaban su significado con palabras difíciles de entender para nosotros: Fiestas paganas en honor a Baco, el Dios del vino. Antiguos calendarios lunares. La antigua Sumeria…Chirigotas.

Lo cierto es que esos días estaban llenos de un misterio escondido tras un antifaz.

Por eso volvíamos a las reuniones del portal, para exponer cada uno las historias que conocíamos. Por aquellos años, tampoco disponíamos de demasiada documentación, por lo que no había más remedio que invitar a dicha reunión, a la imaginación y la invención.

Las noches de carnaval, acostada en mi cama, la oscuridad se llenaba de brujas, hombres sin cabeza y gigantes, hasta que el sueño se apoderaba de mí.

En los quioscos aparecían como setas las caretas de cartón, que sujetábamos con una goma. La misma que algún listillo osaba estirar, soltándonos un setazo en toda la cabeza.

Máscaras que dejábamos sobre las sillas, colgadas en cualquier parte de casa y que al verlas, nos volvían a llenar de esa inquietud interior que te llevaba con la imaginación a otros mundos desconocidos en lo que todo podía ser y en la que surgía la pregunta:

¿Y… Si toman vida propia?

Después llegaron al mercado máscaras más sofisticadas de goma y colores fluorescentes, incluso con pelo. Para mí, las auténticas siempre serán las de cartón. Eran las que de verdad podían trasladarme a la magia y la incertidumbre.

Recuerdo el fin de semana anterior al martes de carnaval.

En el barrio, casi todos los niños, cogíamos prendas y calzado de nuestros padres y nos disfrazábamos de cualquier cosa. Danzábamos por la calle entre carcajadas y pisotones, con las caras pintadas con carmín y tizas, mientras las estrellas brillaban en lo alto y los gatos se escondían asustados por las esquinas.

El Miércoles de Ceniza, también era muy especial en nuestras vidas.

Desde el Colegio, a las cinco de la tarde, en una larga fila, nos dirigían hasta los Capuchinos, para recibir la señal de la Cruz con la ceniza.

Pero lo que más me gustaba era que llegase la noche para beber chocolate y comer fritillas hasta que me doliera la barriga.

Y así comenzaba todo: El Señor Carnaval bailando estrechamente con la Señora Cuaresma.

Los viernes en los que en casa no se podía comer carne y esa prohibición despertaba mi rebeldía.

Era entonces cuando mi padre nos contaba durante la comida, que los ricos que podían pagar a la Iglesia, si tenían permitido comer carne. Momento en el que comencé a cuestionarme la religión y sus matices.

Aunque esa tradición me hizo conocer el potaje con panecicos y otros manjares de la cocina que habitualmente llegaban a la mesa los viernes de Cuaresma. Días en los que me fijaba que a mi padre le crecía el pelo de la barba, y mi madre encendía mariposas de luz. Promesas para las que todavía era muy pequeña.

Pero lo que más me entusiasmaba, y eso nunca supe en qué momento lo aprendí. Es posible que llegara conmigo desde el mismo día en el que nací… Era comenzar a descontar los días que faltaban para la gran Semana Hellinera.

Febrero, nos traía en sus atardeceres, entre aromas a castañas, el sonido de las bandas de cornetas y tambores en sus ensayos entre las callejuelas de la Villa.

Una música casi celestial arraigada a nuestras entrañas que convertía a Hellín en un escenario de sentimientos y emociones contenidas, que en breve, comenzarían a despuntar desde las azoteas con los redobles de los primeros tambores.

Febrero, era corto, muy corto. Los días volaban entre algarabía e ilusiones.

Con mis mofletes sucios de chocolate, observaba al díscolo titiritero, perderse entre las nubes con un pañuelo multicolor enganchado a sus dedos.

¡Era Febrero!

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