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En busca de la dignidad perdida

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En busca de la dignidad perdida

Estamos dilapidando nuestra herencia, el patrimonio acumulado durante siglos, que hizo de España y Europa faros del mundo. Llevamos décadas en que, víctimas de nuestra propia negligencia y de nuestra ignorancia, hemos disipado todo aquello que nos constituía como civilización primera, punta de lanza de la cultura occidental. Y nos estamos quedando sin valores, anegados en un camino pantanoso que nos lleva a ninguna parte.

El ámbito es continental, pero me gusta centrarme en nuestra propia casa. Parece que hoy nadie lo recuerda, o peor aún, pocos lo saben: hubo un tiempo en que decir España era mucho decir. Pero hoy, decir España provoca en muchos rubor y vergüenza, y exhibir sus símbolos causa hasta recelo, desasosiego y cobardía. Jamás entenderé que al portador de una enseña nacional propia se le acose con violencia, hasta con saña. Hecho éste que constituye un exclusivo y genuino fenómeno español.

Hace poco decía Jaime Mayor Oreja que la gran crisis no es la económica, sino la crisis de valores. Y lleva toda la razón. Al menos así lo llevo pensando desde hace bastante tiempo. Nos azota una profunda crisis moral que amenaza nuestra supervivencia como civilización.

España y Europa se construyeron sobre la herencia recibida de la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Y en ella nacieron la ciencia moderna y el reconocimiento de la dignidad del hombre y las libertades fundamentales. Y la moral que nos ha guiado durante siglos. Aportaciones sin las cuales no se podría comprender la cultura europea ni sus grandes creaciones humanísticas y artísticas. Que por cierto, España se encargó de irradiar por más de medio mundo. La lealtad a esa herencia es lo que ha mantenido viva a Europa y en particular, a España.

Pero esta construcción, tan válida y bien cimentada que nos ha nutrido durante tanto tiempo, se está derrumbando. Y o bien es que ya no apreciamos sus virtudes, su valía, o es que nos estamos aburriendo de ella. Las modas de pensamiento, el progresismo, la aparición y difusión de “nuevos derechos”… artificiales y pregonados por los adoctrinados y plebeyos medios de comunicación de masas.

Los nuevos conductores de esta moderna civilización son el “relativismo”, que predica la inexistencia de verdades absolutas, consistentes y fiables, y un “multiculturalismo” globalista y despersonalizador que pretende difuminar las identidades y arrastrarnos a una masa amorfa y uniformante de individuos y países.

El derecho romano pierde su espíritu, que agoniza ante un rumbo jurídico en que cualquier cosa puede ser “Derecho” si adopta la forma de ley estatal, al servicio de intereses políticos e ideológicos, con tal de que lo apruebe una mayoría.

La filosofía es negada como ciencia de la razón que busca la verdad.

El Estado de Derecho está siendo víctima pasiva de regímenes totalitarios y demagógicos, en que una parte de la población pretende imponer sus nefastas ideologías materialistas a través de algaradas y violencia.

Y la religión, portadora de valores universales y fuerza unificadora antaño, hoy es despreciada y hasta perseguida.

La natalidad, hoy en las cifras más bajas de la historia, a punto de hacer irrecuperable la reposición generacional. Con la densa estela de asesinatos, legal y socialmente aceptados, de niños y niñas por nacer. En su conjunto, la aceptación tácita e indiferente del mayor crimen de la humanidad en todos los tiempos.

Los ataques indisimulados a la libertad de conciencia y la libertad de expresión, en riesgo inminente de ser reprimidos por la policía política, y amenazados continuamente por grupos libertarios y violentos, que al parecer gozan de total impunidad. Obligándonos a saltar al abismo sofocante de lo “políticamente correcto”, las genuinas libertades de pensamiento, expresión y educación se encuentran más amenazadas cada día que pasa. Añadiendo a esto ese espurio invento legal de los “delitos de odio” y “discriminación”, que solo son mordazas para perseguir aquello que no esté en consonancia con lo dictado por las tiranías del pensamiento político dominador.

La penosa y más que evidente crisis de la familia, diluida cada vez más en un marasmo de falta de autoridad y desinterés por su irrenunciable incumbencia educativa. Víctima además del totalitarismo estatal, que pretende vaciarla de todo su contenido natural. Y junto a ello, la flagrante crisis matrimonial, de hombres y mujeres espantados ante los conceptos de compromiso y permanencia, generosidad, entrega y amor incondicional. Hombres y mujeres que huyen de ataduras y responsabilidades ante sí mismos y ante la sociedad.

El laicismo radical y militante, que en muchas –demasiadas- ocasiones salta la barrera de la indiferencia, y propaga activamente una “cristofobia” agresora y destructiva. Promotora incluso de espectáculos y manifestaciones –“libertad de expresión” le llaman-, zafios, irreverentes y burlones. Asquerosamente ofensivos e irrespetuosos, pero totalmente impunes. Y no solo es que nieguen y pretendan reprimir la fe cristiana, sino que empapados de ignorancia, pretenden negar y de hecho niegan la evidente contribución del cristianismo a la cultura europea.

El aborto, la eutanasia, el mal llamado “matrimonio homosexual”, las leyes de género, la perversión de menores mediante la deseducación sexual en los colegios…La gestación subrogada, o alquiler de vientres que implica la cosificación y mercantilización de la mujer portadora, reduciéndola a un mero “recipiente”.

En fin, pacientes lectores. La destrucción está servida. Estoy seguro de que me dejo cosas en el tintero, pero no les canso más.

O nos atrincheramos en la defensa de la dignidad humana, o no es necesario decirles en qué acabará todo esto.

Aunque todavía hay esperanza.

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