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A la jardinera del reino…

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A la jardinera del reino…

Sol Sánchez

Cuando pasan los años y vuelvo a reencontrarme con los amigos de la infancia, pienso que la vida escribe nuestros destinos. Unos queríamos unas cosas y conseguimos otras. La vida nos ha abierto caminos, y nos ha cerrado otros. Nos ha puesto ante nosotros regalos inesperados y nos ha arrebatado parte de lo que más queríamos.

Muchas veces os he contado que agradezco este espacio, porque me permite hablar de esas personas que un día estuvieron con nosotros compartiendo el devenir de un pueblo que siempre será parte de todos. Me gusta agradecerles y me siento en la orilla del camino, a la espera de que la magia haga su efecto y las letras vuelen hasta ellos.

Pero también me encanta escribir a los que ahora están y no lo esperan. Como es el caso de Belén, una paisana a la que siempre tuve mucha estima, y con la que después de varias décadas me he vuelto a encontrar, comprobando cómo la vida la ha vestido de valentía, coraje y esa fuerza interior que sólo pertenece a los guerreros.

Belén se ha convertido en la musa de nuestros parques y jardines. En una persona en la que me gusta mirarme. Porque ella no ha perdido ni un ápice de la sensibilidad que siempre ha tenido como tarjeta de presentación. Porque tiene ganas de llorar y en cambio escucha. Porque tiene ganas de levantar las alas y se asienta junto a los que la necesitan.

A veces la vida arrea fuerte a los que menos lo merecen, y en ese dolor que resulta tan difícil de comprender, percibo que se esconde el regalo del amor más profundo. Que los hombre valoramos más lo que dejamos de tener que lo que tuvimos, y sé, que en Belén siempre perdurará el aroma de las mejores rosas, aunque las tiña de color rojo por la sangre que le roban sus espinas.

Espero y deseo tenerte como amiga mucho tiempo y que me enseñes a viajar por los laberintos de los sueños a los que te atas, que te dejan caminar al ras del suelo tocando las profundidades oscuras de los lagos sin manchar tu alma. Espero que me cuentes que sigues apoyando cada noche tu cabeza, sobre el pecho de un príncipe azul…, el que sabe de tus secretos más profundos y lee en las lágrimas que habitan en tus ojos.

Espero que no dejes que nadie te hiera. Porque sólo los miserables se atreverían a poner trampas a la jardinera del reino, y el viento se encargaría de salirles al paso.

Espero que la vida te perfile con esmero la sonrisa y la haga perpetua, la tuya, la que el Universo te otorgó cuando naciste, la que a veces se disipa y todos necesitamos ver.

Espero que nada ni nadie la borre.

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