Una concentración musical transforma durante días el entorno del Cenajo en un punto de encuentro para miles de asistentes llegados de distintos lugares
No había carteles ni indicaciones. Solo rumores, mensajes reenviados y un punto aproximado en el mapa. Así comenzó nuestra visita a la rave instalada en el entorno del embalse del Cenajo, un desplazamiento que, más que un trayecto, acabó convirtiéndose en una experiencia en sí misma.

Salimos de Hellín con la sensación de que algo fuera de lo común estaba ocurriendo. A los pocos kilómetros, en dirección a Elche de la Sierra, comenzaron los primeros controles de la Guardia Civil. Coches desviados, preguntas breves y la recomendación —no siempre explícita— de cambiar de ruta. Cada cruce obligaba a improvisar.
El paisaje fue transformándose conforme avanzábamos hacia Socovos y Férez. En los márgenes de la carretera aparecían vehículos detenidos, algunos vacíos, otros convertidos en improvisados puntos de descanso. Personas con mochilas, sacos y carros avanzaban a pie, consultando el móvil, preguntando direcciones o simplemente siguiendo a quien parecía saber por dónde ir.
En el cruce del camping del Cañar el asfalto empezó a perder protagonismo. Desde allí, el camino se llenó de gente caminando durante kilómetros, por cunetas y pistas de tierra. El barro obligaba a reducir la velocidad y a extremar la atención. A lo lejos, casi como una referencia sonora, comenzaba a escucharse un pulso grave y constante: la música marcaba el rumbo.

El último tramo, un camino embarrado de unos tres kilómetros, fue definitivo. Ya no había dudas. El sonido crecía a cada paso y, sobre nuestras cabezas, el helicóptero de la Guardia Civil sobrevolaba la zona de forma permanente, mientras la masa de asistentes que seguía llegando.

La llegada al enclave fue un contraste absoluto. En la explanada próxima a la aldea abandonada de Alcantarilla, decenas de equipos de sonido levantaban auténticos muros de altavoces. Gente llegada de distintos puntos de España y de otros países bailaba al aire libre, ajena al barro del acceso y a los controles del camino. Con el atardecer, las luces de neón y los focos transformaron el lugar en un escenario irreal, aislado del resto del mundo.

Allí supimos que no era una única cita. Según comentaban los propios asistentes, hasta siete raves se desarrollan de forma paralela o escalonada en distintos puntos del entorno, con la intención de permanecer en la zona hasta Reyes. Una convivencia temporal que explica la presencia de campamentos, cocinas improvisadas y un flujo constante de entradas y salidas.
Tras recorrer el recinto y observar el inicio de la noche, emprendimos el regreso por el mismo camino, ya de noche y con la música perdiéndose poco a poco en la distancia. La visita dejó una impresión nítida: más allá del debate legal o del dispositivo policial, la rave del Cenajo es un fenómeno itinerante que ha transformado durante unos días uno de los enclaves más aislados de la comarca, con Hellín como paso inevitable y silencioso de una experiencia que mezcla clandestinidad, logística y cultura alternativa.





