Conchi Catalán
Cada vez es más evidente el influjo negativo que las redes sociales está produciendo en la salud mental y física de los menores. Diferentes estudios muy serios y solventes, nos están alertando desde hace ya tiempo, del enorme peligro que supone la sobrexposición de los chicos a las pantallas, a las que cada vez se conectan antes.
Un reciente informe de UNICEF, sobre el impacto de la tecnología en la infancia, confirma un descenso constante en la edad a la que los niños se conectan a internet, disponen de un móvil, se registran en una red social o consumen pornografía, subrayando de manera alarmante un “uso adictivo del smartphone y las redes” y el crecimiento de la conflictividad, el acoso escolar y la adquisición de conductas y hábitos enormemente dañinos o la exposición a los discursos de odio.
Frente a esta evidencia demoledora muchos países han decidido tomar medidas, entre ellos España, donde hace unos días el presidente del gobierno, anunciaba “la prohibición del acceso a plataformas digitales a menores de dieciséis años”.
Está claro que, frente a este problema que, a priori, parece imparable, se precisan soluciones urgentes, lo que no está tan claro es lo de “prohibir a los menores de 16 años” una herramienta a la que están absolutamente pegados.
¿Cómo lo van a hacer? ¿Quiénes van a vigilar que se cumpla el reglamento? ¿Qué impacto puede tener la medida en la sociedad?
Lo primero, es importante recordar cómo hemos llegado hasta donde nos encontramos.
En las familias, les hemos dado el móvil antes de que supieran andar y en las escuelas e institutos, en aras de un proceso de “renovación pedagógica” se fueron llenando las clases de pizarras digitales, de tabletas, paneles interactivos, mesas digitales, chromebooks, smartphones, bibliotecas virtuales, impresoras 3D… “Tanto es así, que no hay colegio o instituto, que se considere innovador, que no cuente con tecnología de última generación en sus aulas, convirtiéndose esta en la gran protagonista del proceso de enseñanza y aprendizaje, con la pretensión institucional de ser la gran solución a los problemas educativos y, por tanto, cualquier actividad propuesta en los centros (infantil, primaria o ESO )debe contar casi obligatoriamente con el uso de algún medio tecnológico para ser calificada de innovadora y motivadora”.
En definitiva, lo que hace 20 años parecía ser la solución a los problemas en la enseñanza y todo giró a su alrededor, hoy lo que se pretende en muchos centros es “reducir la dependencia de la tecnología en las aulas para mejorar la calidad del aprendizaje”. De adorar las nuevas tecnologías, parece que hemos llegado a demonizarlas. Ni lo uno, ni lo otro…
Creo, sinceramente que nos hemos pasado de frenada…
Prohibir el acceso a las redes, ¿supondría quitar a los chicos el móvil? ¿Supondría eliminar de las aulas tanta pizarra digital, los Chromebooks y las tablets?… En mi opinión no estaría nada mal que, en la escuela, volviéramos a coger el boli y los chavales escribieran mucho más a mano. No sé si esta idea, es también una utopía…
No nos engañemos. Eliminar de un plumazo las herramientas digitales de los centros educativos no tiene razón de ser. La tecnología llegó para quedarse y es parte de nuestro día a día. Vivimos en un entorno tecnológico, por tanto, la solución no es eliminarla, sino usarla de forma adecuada. Educar en tecnología es la solución, tanto en la casa como en la escuela y en la sociedad. Así, son muchos los centros que, a día de hoy, no permiten a los alumnos usar el móvil en el recinto escolar, pues por sí solo “ya genera riesgos de salud mental, sedentarismo y falta de atención, independientemente de si se usan redes sociales o no” e igualmente, muchos profesores están usando la tecnología en las aulas como una herramienta auxiliar tratando de buscar el equilibrio entre” la integración tecnológica y el uso responsable de los recursos digitales”.
Por otra parte, quitar a los adolescentes el acceso a las redes sociales no es tarea fácil, ni mucho menos.
Es para ellos un punto central de socialización.” De hecho, en 2026 dejar a un adolescente sin móvil no solo le impide acceder a todo ese mundo viral: supone dejarle en situación de aislamiento social. WhatsApp es el canal de comunicación principal y primario de los adolescentes. Allí organizan los trabajos de clase, quedan para salir y gestionan sus propias dinámicas de grupo. Quitarles, por tanto, el acceso a redes sociales tendrá, sin duda, un fuerte impacto en su capacidad de conectarse con sus amigos y conocidos.
Estamos ante un arma de doble filo. Por una parte, no hay duda de que algo hay que hacer, por la salud mental, social y pedagógica de nuestros chicos, especialmente cuando somos conscientes de que muchísimos niños están entrando en el mundo de las redes sociales y de Internet antes de los 10 años. Un mundo, donde “se ignoran las leyes, se toleran los delitos y la desinformación vale más que la verdad”.
Más que prohibir, hay que enseñar, informar, acompañar y gestionar desde muchos estamentos.
La medida, parece que va a presionar a la industria desde todos los flancos posibles, a los grandes operadores de redes cuyo objetivo es conseguir adictos por encima de todo.
En palabras de Pedro Sánchez,” las plataformas digitales tendrán que “implementar sistemas de verificación” de edad que “vayan más allá de simples declaraciones formales”, es decir, “barreras reales y eficaces” contra la entrada de adolescentes y menores en espacios online. Aspira a acabar con la impunidad de los directivos para que sean “legalmente responsables” de las infracciones que se cometan en sus plataformas. ¡Ahí es nada!…
En cualquier caso, bienvenida sea la idea. Lo que pasa es que, en mi opinión, es utópica, pues llevarla a cabo supone un giro de 360 grados, supone recoger unas amarras que antes soltamos de forma impulsiva, supone implicar a toda la sociedad y luchar contra muros muy poderosos…
La idea es valiente y luchar por ella implica algo tan imprescindible como “hacer de las plataformas digitales un espacio saludable”. Tiempo al tiempo, ya veremos…
“La democracia nos hizo libres, nos convirtió de súbditos en ciudadanos: no permitamos que nos conviertan en siervos digitales empezando por nuestros niños, niñas y adolescentes”. (Plataforma Editorial “The Conversation”)




