Juan Bravo Castillo
Durante mis años de catedrático, el día que me tocaba hablar de Rousseau era para mí festivo. Pese a ser un tipo arisco, huraño, solitario, pocos seres eran susceptibles de ser estudiados con el deleite con que se estudiaba. Con Rousseau, el pueblo entra en la literatura. Un tipo autodidacta, como en buena parte lo había sido yo, ginebrino, hijo de un relojero soñador viudo, parecido al señor Felipe García Ochoa, que frente al Teatro Circo de Albacete, en una covachuela de siglo XVIII, recomponía relojes, uno tras otro igual que Isaac Rousseau, mientras su hijo Jean-Jacques le leía en voz alta, página tras página, libros de Plutarco, hasta el punto de que muchas noches veían las primeras luces del alba en el taller.
Aquel soñador también era un caminante infatigable, como lo serían Víctor Hugo o Rimbaud, de tal modo que una tarde, el adolescente de dieciséis años se encontró las puertas de la vieja Ginebra cerradas, y temiendo la consiguiente regañina, decidió huir; siguió, pues, caminando, pasó la frontera, entró en Saboya y llegó a Annecy (una de las ciudades más fascinantes del mundo). Era la víspera de Domingo de Ramos de 1728. (Todos estos detalles los referirá en sus Confesiones, la primera autobiografía moderna). Aquella mañana esplendorosa, al salir de misa de la catedral, tuvo un encuentro que cambiaría su vida, el encuentro posiblemente más romántico de la historia, hasta el punto de que serviría a Stendhal -rusoniano hasta la médula -para describir el primer encuentro de Julien Sorel con Madame de Rênal, en Rojo y Negro.
La dama en cuestión era Madame de Warens, una señora ciertamente ambigua, que recibía del rey de Cerdeña una pensión por socorrer a los nuevos conversos. La hermosa dama lo acoge y lo envía, para recibir el bautismo, al Hospicio de Catecúmenos de Turín. Allí inicia una vida miserable y despreocupada, yendo de un lado para otro, iniciándose como grabador y trabajando como lacayo, humillado por señores altivos e ignaros a quienes se siente superior. Después de cuatro años de vagabundeo, regresa a Francia. Lo recibe Madame de Warens en Chambéry; Rousseau ha cumplido los veinte, y ella le propone instalarse en Les Charmettes, una finca que parece sacada de Las mil y una Noches, que tuve el privilegio de visitar con mi mujer en 1977 y que nos dejó maravillados. Allí Madame de Warens se dedicaba a convertir al catolicismo a jóvenes calvinistas ginebrinos. En adelante, Roussseau la llamará Mamá; y, como tal, tenía su favorito, lugar que ocupó durante un par de años Jean-Jacques. Junto a ella, va a pasar casi un lustro de felicidad. Allí lee, se inicia en sus estudios musicales, compone cantatas, escribe una comedia, se deleita con la naturaleza, y cultiva su sensibilidad y su inteligencia.
Al final, Madame de Warens, que tenía más de ninfómana que de evangelizadora, se cansa de él, y Rousseau se ve obligado a dejar su “paraíso”. Está a punto de cumplir los 29 años. Y, como tantos y tantos héroes de provincias harán, viaja a París. Durante diez años, Rousseau vive la vida mundana y persigue ardientemente la gloria, no con las letras, sino curiosamente con la música, con un sistema de anotación musical inventado por él y con el que esperaba hacer fortuna. En 1743 acompaña a Venecia al embajador de Francia, pero pronto se enemista con él. Pierde su empleo y regresa a París. Colabora con Voltaire, se vuelve íntimo de Diderot; colabora en La Enciclopedia; lleva una actividad febril, que no es sino un modo de luchar contra la miseria. La suerte está varias veces a punto de darle la cara; alterna con damas, pero sufre frecuentes decepciones de amor propio porque es orgulloso, pero tímido y mediocre conversador.
Su gran problema, que queda silenciado por muchos de sus biógrafos, es que contrajo una sífilis que derivó en una dolencia de la vejiga, circunstancia que agrió aún más su carácter. De ahí que buscara refugio en una sirvienta, Thérèse Levasseur, que lo cuidaba y con quien tuvo cinco hijos que, sucesivamente, metió en la inclusa. Tal es la clave fundamental de su carácter y la razón por la que la sima que se abrió entre él y Voltaire se fue haciendo cada vez más honda
Un día estival de 1749, Rousseau se dirigía a Vincennes a visitar a su amigo Diderot, detenido después de publicar su Carta sobre los Ciegos. Se detuvo a comer en una fonda y leyendo el Mercure de France le llamó poderosamente la atención el tema propuesto por la Academia de Dijon para su concurso de 1750. Se trataba de dilucidar si el restablecimiento de las ciencias y de las artes había contribuido a depurar las costumbres. De repente, como en una iluminación, le asaltó una idea, una de esas ideas que resultan clave en la vida. “El sólo sé que no sé nada” de Sócrates. “El pienso, luego existo” de Descartes. En el caso de Rousseau, la idea de la bondad natural del hombre, formulada como “El hombre nace bueno; la sociedad lo corrompe”. Una idea genial, aunque controvertida (que, como casi todas las de los ilustrados franceses, tuvieron su origen, como decíamos, en Inglaterra; ésta concretamente en Shaftesbury, en 1699). De ser así, convendría preservarlo, educarlo y permitirle vivir lejos de esa sociedad dañina. Y eso se dedicará, como veremos, el resto de sus días, convirtiéndose en campeón de la vida simple y virtuosa, lejos de los falsos oropeles de la civilización.