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Montesquieu y la ilustración (III)

Iniciamos este largo recorrido por el Siglo de las Luces viendo cómo tuvo unos antecedentes claros y manifiestos a mediados del siglo anterior, el XVII, en la Inglaterra de Cromwell, un fanático que, apoyándose en el Parlamento, no dudó en dar un golpe de Estado, llevando al patíbulo a Carlos I Estuardo y estableciendo, en 1649, una dictadura militar y puritana, que durante once años demostró al mundo que un rey no era nada sagrado ni inviolable. Ese espíritu práctico y esa libertad relativa del pensamiento dio lugar a una auténtica explosión ideológica, con nombres tan relevantes como Newton y Locke.
 
        La Francia de los Luises (frente a la Inglaterra de los Jorges), recogiendo la herencia del Rey Sol, y siempre dirigida, desde Richelieu y Mazarino, por políticos inteligentes y ladinos -incluso en vísperas  de la Revolución, bajo el incapaz Luis XVI, guillotinado en 1793, tuvo a dos ministros de la talla de Turgot y Nécker-, convertida en punto de referencia cultural en Europa, dio intelectuales de tanto relieve como Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Diderot, D´Alembert, La Mettrie;  y en la generación siguiente de políticos y militares como Danton, Robespierre, Marat, La Fayette, Bonaparte…
 
    Un rasgo típico del país galo será su capacidad de apropiarse de las ideas ajenas para proyectarlas, irradiando sobre países emergentes: la Prusia de Federico I, la Austria de María Teresa y la Rusia de Catalina la Grande. Mas no fue ése el caso de España. Rota, empobrecida. y desgarrada, luego de haber dado lo mejor de sí misma en los campos de batalla de toda Europa y en América, como bien cantaría José María de Heredia en sus sonetos, se ve condenada  a arrastrar sus harapos heroicos durante décadas y aun siglos.
 
    Y por si hubiera sido poco el reinado del Rey Hechizado (aquel esperpento con piojos en su peluca), el conflicto surgido tras su muerte (la guerra de Sucesión), dejó fuera al pretendiente austriaco y nos condenaba a más de lo mismo. El advenimiento del primer rey Borbón, un personaje de temperamento sanguíneo y melancólico, tímido e irresoluto, salido de Versalles, y que tenía por los asuntos de gobierno una repulsión invencible. Su carácter abúlico lo hizo víctima propiciatoria de dos esposas, la primera, María Luisa de Saboya, con quien lo desposaron cuando ésta contaba apenas 14 años de edad ( y con la que tuvo dos hijos , Luis y Fernando), y fallecida Maria Luisa prematuramente, con su segunda esposa, Isabel de Farnesio, princesa de Parma (1692-1766), que comenzó  a desarrollar una gran actividad política secundada por el cardenal Alberoni, para restaurar el poder español en Italia; actitud egoísta que, a la postre, fue nuestra salvación.
 
    Por aquel entonces, Felipe V, que paseaba su hipocondría por los palacios de la Granja,  construidos  a semejanza de su querido Versalles, abdicó en su hijo Luis I, que reinó tan sólo unos meses, por lo que de nuevo tuvo que volver al trono. Ya no fue más que un fantasma de rey, pero la energía de su mujer pudo suplirle por el deseo de colocar a sus hijos en los tronos de Nápoles, Sicilia y  Parma. Veintidós larguísimos años duró esta segunda etapa, hasta su fallecimiento en 1746.
 
    Políticamente, esta etapa resultó prometedora, con estadistas de la escuela de Alberoni como Patiño, Carvajal y el marqués de la Ensenada; a ellos se debió el relativo esplendor económico y la breve era de paz de que gozó España bajo los trece años del reinado de Fernando VI, soberano de actuación personal incolora. Pero ahí acabó aquella etapa nefasta de la historia de España….
 
    Cuando asumió el trono de España Carlos III, anteriormente rey de Nápoles, sucediendo a su hermanastro, Fernando VII, en 1759, Carlos III tenía cuarenta y tres años, y las reformas que había emprendido  en Nápoles y Sicilia con su ministro Tanucci le mostraban como uno de los adeptos más decididos del Despotismo Ilustrado.
 
     Hombre probo y admirable, Carlos III fue ese gran rey que España necesitaba, el mejor soberano desde los Reyes Católicos. Fue mejor que un gran rey: un ben rey. El programa que decidió aplicar y del cual nada lo pudo desviar, era atrevido para intentarlo en una nación como España. Se trataba de emancipar al Estado de la influencia de la Iglesia y de erradicar de la organización administrativa, económica y social, los numerosos abusos enraizados durante siglos en el corazón de los españoles. Para ello Carlos III contaba con un a élite de legistas (el partido de la “golilla”), de grandes señores y de publicistas. El primero, el marqués de Esquilache, destituido después del absurdo motín en Madrid (1766), con lo que se hacía realidad el viejo dicho del rey “Mis súbditos son como los niños, que lloran cuando se les contradice.”
 
    Caído Esquilache, ocuparon cargos en el gobierno, los condes de Aranda, Floridablanca y Campomanes. Estos grandes ilustrados emprendieron obras de colonización interna, mejoraron, las obras públicas, la instrucción y la hacienda, protegieron el comercio, reorganizaron la administración y mejoraron la legislación penal. En una palabra, pusieron a España en la senda del futuro, por más que   no pasaran de una minoría ilustrada que en vano tiraría del carro del analfabetismo, la superstición y el fanatismo durante más de doscientos años, o sea, hasta hoy.
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