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Disciplina y Esfuerzo en la escuela de hoy

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Disciplina y Esfuerzo en la escuela de hoy

Conchi Catalán

Hace años, tuve que presentar un proyecto en la Delegación de Educación, sobre Normas de Organización y Funcionamiento, un Inspector me dijo que quitara la palabra “disciplina” y pusiera mejor “convivencia” y es que para algunas de las “nuevas corrientes pedagógicas” parece que pronunciar “disciplina”, “autoridad”, “constancia” o “esfuerzo” cuando hablamos de la escuela, resulta chirriante y nos hace volver a tiempos pasados de represión, autoritarismo y rigidez…

Es verdad que venimos de una cultura transmitida de generación en generación a través de la familia, la escuela o la sociedad, en la que la idea de disciplina o esfuerzo iba inseparablemente unida al sacrificio, la renuncia, la privación, el malestar, el desagrado e incluso a veces el castigo físico… (Recordemos aquel lema de “La letra con sangre entra” bajo el cual tantas generaciones nos hemos educado y padecido).

Afortunadamente, todo eso quedó atrás. No tiene cabida en el actual sistema educativo. Sin embargo, eso no significa que en la educación de nuestros niños tengamos que “quitar” también los valores que dan sentido a esas palabras “disciplina, autoridad, constancia o esfuerzo”. Por ello, es importante NO CONFUNDIR estos conceptos y tener claro cómo debemos entenderlos y transmitirlos en la escuela de hoy sin perder de vista la delicadeza, la ternura, el afecto y el respeto hacia los niños.

Yo creo que en el colegio y en el aula debe haber disciplina, que no es en ningún caso – insisto- autoritarismo, ni rigidez, ni por supuesto, castigo. La disciplina es necesaria para que la clase funcione con normalidad. Es preciso que los chicos- y también los padres- conozcan desde un primer momento que existen unas normas que deben seguirse y que cuando no se cumplan habrá una serie de consecuencias, como ocurre en cualquier ámbito de la sociedad. Lo contrario sería el caos.

Pero, ¿de verdad están, “a la baja” la disciplina y el esfuerzo en la escuela de hoy?

De aquellas pedagogías autoritarias y “casi militares” de la escuela de los años 50 y siguientes llegamos a otras absolutamente permisivas, donde los padres y profesores se han convertido en “colegas” de los niños. En mi opinión, esto no es positivo. Los padres deben ser guía y apoyo para los hijos, escucharles, hablar mucho con ellos, darles seguridad y cariño, pero también ponerles límites, reglas, hacerles ver cuáles son sus responsabilidades… Creo, por tanto, que esa “amistad” mal entendida genera niños caprichosos, irresponsables y desorientados y padres incapaces de recuperar las riendas cuando quieren retomar la autoridad de su rol paterno.

Lo mismo ocurre en la escuela, donde por no querer caer en el error del autoritarismo, a veces los alumnos confunden la cercanía del maestro con el “colegueo”. Gran error que en numerosas ocasiones jugará malas pasadas.. El profesor es el profesor y el alumno es el alumno. Esto no implica distancia o desapego. El maestro afirma su autoridad cada día creando un vínculo con sus alumnos, escuchándolos, planteando estrategias y contenidos que sean significativos para ellos, haciendo interesante la tarea, guiándolos y exigiendo, SI, pero siempre desde el RESPETO y el cariño, transmitiéndoles la sensación de que pueden contar con él para resolver sus problemas académicos y de que pueden transmitirle sus quejas sin temor a ser reprendidos, pero todo esto nunca debe hacerse en calidad de amigo, como si se tratara de uno más del grupo. La firmeza y la exigencia, no están reñidas con la cercanía y la empatía. Creo, sinceramente, que esta es la nueva forma de recuperar la autoridad y no con la sanción y la fuerza y desde luego, siempre contando con el apoyo de los padres.

Igualmente, existe una opinión bastante generalizada en nuestra sociedad y de manera especial en el mundo educativo que insiste en que “hay que recuperar la pedagogía del esfuerzo”.

Efectivamente, cuando miramos las innumerables leyes educativas, cuando vemos las cifras de fracaso escolar, cuando los chicos pueden “dejarse” asignaturas porque pasan de curso igualmente, pero sobre todo, cuando vemos en ellos la indiferencia por querer saber, la falta de interés ante los aprendizajes, o la falta de esfuerzo y motivación por hacer un buen trabajo, no tenemos más remedio que preguntarnos: ¿Qué está pasando?…Indudablemente, algo no funciona.

Lo mismo que para que haya aprendizaje es necesaria la disciplina, también lo es el esfuerzo, pero hemos de tener en cuenta que la sociedad ha cambiado y también los niños. No podemos educar a alumnos del siglo XXI con métodos del XX. Por todo esto, deberíamos plantearnos la cultura del esfuerzo desde otra perspectiva totalmente distinta también.

Creo que muchas veces al querer educar en el esfuerzo en la escuela caemos en una gran contradicción:

Por una parte se sigue pensando que los conocimientos académicos tradicionales son lo más importante y asociamos el esfuerzo de los chicos con la superación de montañas de exámenes, pruebas o controles sobre contenidos memorizados, que muchas veces no comprenden ; normalmente les cargamos con una cantidad de deberes tan excesiva e inútil que a veces les sobrepasa y crea un efecto contrario empeorando su rendimiento escolar o le damos total importancia a “las notas” olvidándonos de cómo ha sido el proceso para aprender.

Por otra parte, contamos con un sistema educativo que busca “el igualitarismo”. Gran error, desde mi punto de vista. Si cada niño es diferente, madura de forma diferente, posee habilidades diferentes, pertenece a realidades familiares, sociales y culturales diferentes…Entonces ¿por qué insistimos en que aprendan todos de la misma forma?… muchas veces ese “todos los alumnos son iguales” nos está llevando a “igualar por abajo” poniendo como tope unos “mínimos” tan mínimos para poder aprobar que lo único que se consigue alcanzar así es la mediocridad.

Necesitamos un Sistema Educativo “personalizado” basado en la adquisición de Competencias que respete las peculiaridades de cada alumno y su ritmo de aprendizaje donde se apoye a los niños en lugar de ahorrarles esfuerzo bajando los niveles. Una educación que dote de recursos humanos a los centros, con más profesores para poder trabajar de manera más individualizada y cambiar el modelo tradicional basado en el examen, por una Evaluación Continua, donde se valore el trabajo diario de los niños, se refuercen actitudes, se compartan tareas, se trabaje en Proyectos donde los alumnos se entusiasmen por el conocimiento porque aprenden cosas que les interesan ( no olvidemos que para que los chicos se esfuercen es primordial que estén motivados). Por tanto, presentar los proyectos de trabajo de forma atractiva, conseguir despertar el interés y la participación activa de los alumnos será otro de los grandes retos de la escuela de hoy.

Transmitir a los niños el valor del esfuerzo, no es, ni mucho menos, renunciar a la exigencia, ni a la disciplina, ni por supuesto, a conseguir la excelencia… Solo hay que hacerlo de forma diferente y mucho más gratificante que llenarles la cabeza de contenidos que solo sirven para superar exámenes y olvidarlos a los dos días.

Educar en el esfuerzo es una tarea muy difícil, un gran desafío para la escuela y la familia que navegan en una sociedad regida por la inmediatez, la poca perseverancia, el consumo, el culto a lo frívolo, el individualismo… y que hace creer que las cosas se consiguen de forma fácil, donde el esfuerzo no se valora y la calidad de vida consiste en “tener” y conseguir resultados sin apenas molestarse. En este contexto los niños van creciendo con poco espacio para desarrollar la capacidad de esfuerzo que a lo largo de la vida futura les va a ser imprescindible.” Las consecuencias pueden verse en la ausencia de entusiasmo, de valoración de las cosas, lo poco que disfrutan de lo que tienen, la insatisfacción constante y en muchos casos la frustración.”

Por consiguiente, “disciplina” y “esfuerzo” no debemos excluirlas del diccionario educativo. Hoy más que nunca son valores imprescindibles y básicos para ayudar a nuestros niños y jóvenes a conseguir sus metas, aplicados, por supuesto, en el contexto de la sociedad que nos ha tocado vivir.

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