Bajo el volcán
Iniciamos este largo recorrido por la Europa de la Ilustración afirmando que, justo ahí, se produce el desgajamiento de España; y no precisamente porque optara por tomar el rumbo hacia el Nuevo Mundo. Asistimos a una especie de cansancio, de final de ciclo, algo comparable a lo acaecido en Egipto, en Grecia y en Roma. Un cansancio, junto con un temor y un hastío. Es como si, después de haber dado lo mejor de sí misma, con personalidades excepcionales, como la Reina Católica, su nieto Carlos y su biznieto Felipe II, militares como Gonzalo de Córdoba o Álvaro de Bazán; nobles emprendedores, clérigos ejemplares como Cisneros, de conquistadores como Hernán Cortés, Pizarro, Valdivia; poetas, como Boscán, Garcilaso, Fray Luis de León, Juan de la Cruz, Góngora y Quevedo; dramaturgos, Juan de la Encina, Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, además de Cervantes que da carta de naturaleza a la gran novela europea. Y eso por no hablar de pintores excepcionales como Ribera, Zurbarán, y, sobre todo, Velázquez.
Pero pensemos que incluso esa Pléyade de figuras inmortales soportaron una vida muy dura, sufrieron en vida cárcel, como Fray Luis, Quevedo y Cervantes, por parte de una aristocracia envidiosa y sin escrúpulos que, por no saber, ni siquiera sabía hacer la guerra, y por reyes ineptos, mujeriegos y alelados. Individuos ociosos y vagos (“Don Guidos”; “el trabajo es sagrado, no lo toques”). Un mundo que se va desangrando desde 1712, hasta ir perdiendo su prestigio y, excepción hecha de los veinte años de Carlos III, acabar convirtiéndose en esa escena esperpéntica protagonizado por Carlos IV, Fernando VII y Godoy.
Por eso dijimos que en España no hubo siglo XVIII; mientras Europa entera se emancipa de las ataduras de una iglesia absorbente, despótica y tiránica, que confundió el culo con las témporas (expresión de Cela), “dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”, España, más papista que el Papa, se puso sus disciplinas y sometió a flagelo a todo aquel que osaba separarse mínimamente de sus medievales preceptos.
La ilustración en España no caló ni trascendió porque el pueblo, en su gran mayoría analfabeto, no estaba preparado; los obispos y demás dignidades eclesiásticas dominaban la escena, y la nobleza, ociosa y sin luces, vivía instalada en la molicie.
Desde la muerte de Calderón hasta 1860, España deambula en las sombras como un espectro que arrastra pesadas cadenas, como los galeotes de El Quijote, mientras los nobles y poderosos únicamente le piden a la vida no naufragar en el tedio y, como los duques con los que dan Don Quijote y Sancho, no son ni buenos ni malos (“sino de nunca, de la cepa hispana; no son el fruto maduro ni podrido, sino una fruta vana, de aquella España que pasó y no ha sido, esa que hoy tiene la cabeza cana”, como escribe Antonio Machado). Un pueblo que aguanta y aguanta, y sólo se subleva cuando le obligan a cambiar de atuendo o cuando ven maltratado a un principito. Un país de “perdedores” (como nos acaba de tildar Trump), más apto para la lucha que para el trabajo manual: tres guerras carlistas, a lo largo del siglo XIX, después del levantamiento contra Napoleón, y una sangrienta guerra civil, en el XX.
El edificio político, moral y religioso de la unión del trono y el altar que mal que bien había perdurado desde el Renacimiento, se había visto sacudido por la “crisis de la conciencia europea” (Paul Hazard). Los filósofos ilustrados, no obstante, irán aún más lejos, rechazando las soluciones teológica o metafísicas y la autoridad de las tradiciones, y llevando a cabo una revisión crítica de las nociones fundamentales relativas al destino del hombre y a la organización de la sociedad. Caracterizado por una absoluta confianza en la razón humana encargada de resolver todos los problemas y por una fe optimista en el progreso, el espíritu filosófico es un nuevo humanismo que trata por todos los medios posibles de combatir la intolerancia y el despotismo, y contribuyendo de ese modo a la dicha de la Humanidad. Es en ese sentido como hay que entender la frase con que concluye Cándido: “Il faut cultiver notre jardin”
El espectacular crecimiento de la ciencia, a la que tanto temía la Iglesia como gato escaldado, destronó a la metafísica, ejerciendo una influencia considerable en todas las artes, especialmente en la literatura. Y parece incuestionable que, a medida que se debilita el poder de la monarquía y de la Iglesia (el trono y el altar), la razón se impone y, con ella, la fe optimista en el progreso.
Y así concluyo este hito fundamental de la historia de Europa, esa misma que hoy día se ve seriamente amenazada, como tantas veces lo estuviera Polonia, entre las garras de tres potencias bárbaras y sin escrúpulos. Ave Cesar…




