InicioEspectadorUna Feria que necesita algo más que cambiar de cartel

Una Feria que necesita algo más que cambiar de cartel

El Espectador

Termina la Feria de Hellín y mi sensación vuelve a ser la misma: haber vivido una edición demasiado parecida a las anteriores. Desde hace al menos diez años, por lo que recuerdo, cambian los artistas, pero cuesta encontrar cambios en el modelo.

Este año, Malú y Siloé, además de la propuesta musical para los mayores. Otros años, otros nombres. El esquema resulta familiar: pop, pop o indie y una actuación para un público de más edad. No cuestiono la calidad de quienes vienen. Me pregunto si podemos ofrecer algo más.

Y ojo: no digo que esta fórmula no triunfe. Puede llenar conciertos y satisfacer a numerosos vecinos. Pero también puede funcionar y resultar repetitiva. Los incansables tributos de Alma Enamorada refuerzan esa sensación de conocer la programación de memoria. Tienen su público y su sitio, aunque cabe preguntarse cuánto espacio dejamos para descubrir algo diferente.

En el recinto ocurre algo parecido. Las atracciones de siempre, prácticamente en los mismos lugares. Las tómbolas, los puestos de comida, los juguetes… Uno entra y sabe lo que va a encontrarse antes de dar la primera vuelta. Para quien disfruta repitiendo ese recorrido, tiene su encanto. Para quienes buscamos novedades, empieza a parecer una rutina.

La Feria de los Vinos dejó una imagen distinta, aunque la lluvia acabó desluciendo la jornada. Las mesas, la comida y el ambiente parecían recuperar por unas horas algo de nuestro perdido y añorado Día de la Cruz. Una propuesta que merece continuidad.

La zona de marcha cambió este año, aunque, por lo que vi al pasarme, la nueva propuesta no terminó de cuajar.

Claro que hay cosas que deben mantenerse. Una feria también son recuerdos, costumbres y encuentros con gente que apenas vemos durante el año. Pero conservar lo que funciona no debería impedir que aparezcan otras ideas.

A veces pienso que en Hellín nos conformamos con poco al pedir novedades para nuestra Feria. Si hay ambiente y la gente sale, parece que el balance ya está hecho. Disfrutar de lo que tenemos no debería quitarnos las ganas de exigir algo más: variedad musical, propuestas culturales, actividades participativas y algún motivo para que cada edición tenga personalidad propia. No hace falta que todo sea más caro ni más grande. Hace falta imaginación.

Y también debe entrar en ese balance el descanso. Para quienes soportan el ruido junto a sus casas, nueve días de fiesta pueden convertirse en nueve noches sin dormir bien. La diversión y el descanso deben tener sitio en la misma planificación.

Una posibilidad sería abrir de una vez el debate sobre un nuevo recinto ferial, alejado de las viviendas y preparado para las atracciones, la zona de marcha y los conciertos. Tanto que nos gusta mirar a Sevilla o Málaga, podríamos estudiar también cómo combinar la celebración en las calles con un espacio adecuado para los usos más ruidosos.

Habría que resolver los accesos, el transporte público y el coste. Cambiar de ubicación tampoco garantiza una Feria mejor si trasladamos exactamente lo mismo. Pero podría ser una oportunidad para renovar el modelo y reducir las molestias.

La Feria puede tener éxito y aun así necesitar una renovación. Creo que Hellín puede aspirar a más. Después de tantos años, estaría bien llegar al recinto con la curiosidad de descubrir algo, en lugar de saber de memoria lo que nos espera.

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