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Pepín…El Barbero

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Pepín…El Barbero

Por Sol Sánchez

En Hellín, había varias barberías. Para mí, la más familiar era la de Pepín.

Al principio estaba ubicada en el Rabal, frente al Ayuntamiento.

Después se cambió a la calle Macanaz, cerca de la Imprenta.

Pepín era un gentleman presumido y coqueto que siempre estaba alegre.

No recuerdo una sola vez, que pasara por su lado y no me dijera alguna broma.

Cada día, sobre la una de la tarde, le gustaba ir a la imprenta, a leer el “Marca” y hablar con mi padre y mi abuelo. Eran muy amigos.

Y a mí, cada vez que pasaba, me gustaba pararme en la puerta de su peluquería a mirar los artilugios que allí había.

Lo primero que me fascinaba, era el olor a los distintos productos que usaba para impregnar y aliviar la piel de los caballeros tras el afeitado.

Después el sillón forrado de cuero, que daba vueltas. Y qué decir de la maña y el arte que tenía del oficio.

Aún parece que escucho el sonido que producía, su peculiar forma de mover las tijeras para recortar la barba y el bigote de los clientes.

Incluso a los más exigentes, les cortaba los pelos de las cejas, nariz y orejas, mientras que leían la prensa.

Pepín tenía maestría a la hora de doblar su cuerpo y adaptarlo a la altura de la cabeza de sus parroquianos. Jamás se le pillaba en un mal gesto.

Y en ese estudiado pliegue de espalda, era cuando al verme, me cucaba el ojo, como signo de complicidad.

Estoy segura que conocía mi admiración por el ritual: Sacaba la navaja de uno de los bolsillos de su bata blanca, la afilaba con una lija y tras rociar de espuma comenzaba a rasurar.

Era toda una habilidad que practicaba a la vez que hablaba de futbol o cualquier tema.

Me gustaba acompañar a mis hermanos y sentarme a esperar su turno, para no perderme ninguno de los detalles que allí sucedían.

Aquel local tenía el espíritu de una barbería de primera categoría, entre conversaciones, tijeras, navajas, piedras de afilar y cepillos, se esconden muchas de mis horas.

Lugares que atrapan memoria.

Wilbur Wright, un admirado e importante empresario estadounidense, dijo una vez:

“Es posible volar sin motores, pero no sin conocimientos y habilidad”

Pepín voló a otro lugar, como lo hicieron parte de su generación.

Pero permanecerán por siempre dentro de nuestra historia. Años en los que formaron parte activa de nuestro caminar.

Días en los que construyeron su legado que ahora nos llegan como recuerdos de aromas.

Gracias, querido amigo, Pepín.

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