Bajo el volcán
El ruido despertado por Voltaire y Rousseau, opuestos en tantos aspectos pero complementarios entre sí, hizo que otras grandes personalidades de su época, como Condorcet, D´Alembert, Grimm, Buffon, La Metrie, pero en especial Diderot, quedaran un tanto postergadas y oscurecidas durante la Revolución. Diderot como vimos, fue un baluarte firme desde que el célebre Le Breton pusiera los ojos en él y le encomendara, en 1746, la dirección de la Enciclopedia. A tan vasto proyecto dedicó veinte años de su vida (desde los 33 a los 53), absorbiendo sus trabajos gran parte de su actividad, lo que le obligó a multiplicarse, a redactar, corregir y revisar una enorme cantidad de artículos, estimulando a los colaboradores, maldiciendo a menudo tan aplastante servidumbre, pero consolándose con la idea de que “servía a la Humanidad”. Sin embargo, no sabemos por qué clase de milagro logró sacar tiempo para consagrarlo a sus amigos y a sus obras personales.
El milagro, muy probablemente, estuvo en la conjunción de su probara inteligencia y la calidad de la educación recibida. Hijo de un cuchillero acomodado de Langres, el mayor de siete hijos, nacido en 1713. Su padre, un tipo severo, lo destinaba al estado eclesiástico y, a tal fin, desde los ocho años fue alumno, como Voltaire, de los jesuitas, en el colegio de su ciudad natal. Allí recibió una sólida formación, que fue la base de su vasta cultura. Alumno brillante pero indisciplinado, su padre, con el fin de meterlo en cintura, lo llevó a París, al célebre colegio d´Harcourt, donde concluyó sus estudios. Siguieron diez años de vida bohemia, poco conocida en detalle. Empezó trabajando en el despacho de un procurador, hasta que, atraído por la independencia y la libertad, inicia su verdadero aprendizaje de la vida en aquel París canalla, donde, para salir adelante no le hace ascos a nada. Al igual que su alter ego, el sobrino de Rameau, se emplea en las tareas más inverosímiles: traduce toda clase de textos, redacta sermones para misioneros, enseña matemáticas sin saber, ejerce como preceptor, piensa, incluso, en hacerse actor cómico, y paulatinamente, entra en contacto con gentes de letras, D´Alembert, Condillac, Grimm, Rousseau (1742). Si su padre reprobaba semejante vida licenciosa -sabemos que en un momento determinado perdió la fe -, la ruptura definitiva llegó el día que se enteró de que se había casado con una joven lavandera, Antoinette Champion, con quien tuvo una hija, Angélique, nacida en 1753, que fue el báculo de su vejez.
El ojo clínico de Breton no le falló. De 1746 a 1773, Diderot, no contento con entregarse en cuerpo y alma a tan gigantesca empresa, produjo un número incalculable de obras de todo tipo, muchas de ellas desconocidas de sus contemporáneos, y algunas de las cuales siguen inéditas. Su lucha filosófica comenzó en 1746, fecha en la que publica sus Pensamientos filosóficos, en los que ataca al cristianismo y milita en favor de la religión natural. La osadía de su pensamiento no dejó de confirmarse; deísta, posteriormente escéptico, se orienta más y más hacia el materialismo en su ya citada Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, obra por la que fue condenado a prisión en el castillo de Vincennes, donde el azar quiso que se encontrara con su amigo Rousseau, justo en el momento de su iluminación. Cuando recobra la libertad, su inspiración se abre hacia el teatro, con la intención de renovarlo; el resultado es el drama burgués, género intermedio entre la tragedia y la comedia. En él destacan dos obras, El hijo natural y El Padre de familia. Un teatro melodramático que aspira a que en las salas donde se representan haya exactamente el mismo número de pañuelos enjugando los ojos que de espectadores. Ahora bien, si este teatro peca de demodé, no se puede decir lo mismo de sus ensayos dramáticos, como es el caso de su Paradoja sobre el cómico. Esa nueva modalidad de crítica, lo lleva a la crítica de arte, con sus Salones (1759-1781), género que llevará Baudelaire a su perfección.
En diciembre de 1759 rompe con Rousseau y se une al grupo de sus detractores. Resulta penoso ver a un hombre de la sensibilidad exquisita de Diderot prodigando sarcasmos a su viejo amigo. Por entonces, anda perdidamente enamorado de Sophie Volland (las epístolas que durante 15 años le escribe constituyen, para una parte de la crítica, lo más interesante de su obra). Sin embargo, eso supone ignorar su obra narrativa; durante años, y a modo de divertimento, escribió, influido por Richardson y, en especial, por Sterne, cuentos filosóficos, relatos sumamente originales -“Esto no es un cuento”, “Lamentos por mi viejo albornoz”- y, en especial, novelas: La Religiosa (de sesgo libertino y anticlerical, inspirada en la dolorosa historia de una de sus hermanas). Y sus dos grandes obras maestras: El sobrino de Rameau (iniciada en 1762), novela dialogada, de verbo asombroso, que sólo vio la luz en 1821. Y Jacques el fatalista y su amo, novela genial y de imprescindible lectura, deudora de Tristram Shandy y, a su vez, de El Quijote, escrita en 1773, once años antes de su muerte, y el mismo año que, invitado por la zarina Catalina II de Rusia, prendada de él, viaja a San Petersburgo.
Con Diderot nacía el escritor moderno, que vive, o intenta vivir, de su pluma (no olvidemos el viejo lamento de Larra: “Escribir en España es llorar”).




