Se asombra uno de oír las cándidas palabras de Su Santidad instando a Europa a no armarse. Yo, que he superado la edad del Pontífice, también soñé -y durante muchos años- con un mundo sin mentiras, grilletes, cárceles ni prisiones -excepción hecha de las convicciones, que, para los existencialistas, son prisiones-, un mundo feliz donde cada cual se sintiese responsable de sus actos, respetara al prójimo e incluso lo amara como a sí mismo. Un mundo en el que David tumbara a Goliat con una pizca de inspiración y destreza. El final de la Segunda Guerra Mundial marcó el principio de esa filosofía del “Never more” tras siglos y siglos de guerras; sin embargo, la postulación de un cirujano de hierro para reprimir los excesos, provocó un enfrentamiento entre las dos superpotencias otrora amigas y aliadas, salidas de la guerra -Rusia y Estados Unidos-, y lanzadas a un enfrentamiento ideológico sin precedentes.
Durante ocho décadas, Europa, fiel a las consignas, logró un bienestar material inusitado, limitándose, en lo referente a la defensa, a mantener la OTAN como salvaguarda de la URSS; una OTAN en la que los Estados Unidos corrieron con el gasto militar derivado del formidable aparato de la industria bélica, montada después de Pearl Harvour, y que, junto con la del automóvil, enriquecieron al país. Los europeos, trampeando, fuimos salvando crisis, y, en tanto que el brusco impulso de la industria bélica de Reagan suponía el cacharrazo de la URSS con Gorbachov hasta quedar reducida a su viejo andamiaje, China, la hierática China crecía en potencial militar, armamentístico y económico, demostrando, para muchos, que el bienestar de los pueblos queda lejos de las querellas políticas.
EL fanfarrón de Trump -al que hace tiempo tildé de Ubu – con su equipo de fanáticos y un electorado de trogloditas, ignorantes, no ha dudado en abrir la caja de Pandora; lo quiere, como el padre Ubu, todo y ya mismo, y el que venga detrás que arree. Un showman, producto de la televisión basura que, como los viejos dioses del Olimpo, se ha permitido transgredir la ley cuando y como le ha dado la gana. No hay mandamiento que haya respetado, y ahí lo tienen ustedes haciendo mangas y capirotes con las viejas leyes de la convivencia entre naciones, hasta el punto de convertir la política en un grandioso negocio.
Lo que vemos estos días nos parece los antojos de un loco: quito aquí, pongo allá y me llevo todo, exactamente como el personaje de Jarry. Y es tal la confusión que está creando que ignoramos a qué juega, con quién y con qué fin. El modelo no tiene parangón y con sus bailecitos chabacanos y su simbólico espadín de plata de partir tartas nupciales, muy bien podría provocar una catástrofe de dimensiones descomunales. Es tal su suficiencia e insolencia que no dudó en afrentar, en la persona de su heroico presidente Zelenski, delante del mundo entero, a toda Ucrania, que ve perdida la guerra con Rusia tras cerca de tres años y medio de combates y muertes.
El penúltimo episodio del esperpento, con Maduro, Delcy Rodríguez -la de las mil maletas de Barajas- y el chavismo no hay por dónde cogerlo. La bravuconada de Maduro… “ya estás viniendo a por mí, cobarde”, podía resultar incluso cómico, si no estuviera entreverada de elementos trágicos. La ley del más fuerte se impone hoy día de una forma absoluta. El mundo dividido en tres sectores de influencia: América para los norteamericanos; Europa y Siberia para Rusia; Asia y África para China, y el que se ponga terco, al trullo.
Y, como premio, el oro negro -ese que parecía que se iba a agotar antes del 2000-, el petróleo, la sed de petróleo, y oculta la voracidad de las así denominadas “tierras raras”, que tendrá Ucrania que ceder al padrecito Ubu a cambio de un armamento servido al gobierno de Kiev (porque los yanquis todo lo cobran).
Y dentro de muy poco, el episodio de Groenlandia perfilándose ya muy próximo. La insaciabilidad de este personaje no tiene límites. De ahí el aura de pesimismo que envuelve al planeta. Y nosotros en paños menores, olvidando el viejo adagio romano de “Si deseas la paz, prepárate para la guerra”. La historia siempre se repite, para mal.