InicioOpiniónMontesquieu y la ilustración (II)

Montesquieu y la ilustración (II)

Bajo el volcán

  Juan Bravo Castillo
 
 Pese a las diversas corrientes que atraviesan el siglo XVII, cristiano, monárquico y clásico, deja una impresión general de estabilidad. El XVIII, por el contrario, será un período agitado que llevará a Europa -y también a una parte de América- a una crisis violenta que aniquilará un sistema político y social secular, instaurando un orden nuevo. En Francia, concretamente, con la Enciclopedia, asistiremos a una larga fermentación intelectual y social que preparará la Revolución francesa, mientras que, en el orden literario, el prerromanticismo suplantaba poco a poco al ideal clásico. 
 
    La Corte deja de ser el cráter del país y la fuente de opinión. El movimiento de las ideas se hace contra ella y ya no para ella. En su papel intelectual y social, se ve suplantada por los “salones”, los “cafés” y los “clubs”. Los salones mantienen el gusto de la conversación brillante, hacen y deshacen las reputaciones, proporcionan a los escritores (cada vez más independientes) admiradores entusiastas, relaciones útiles, a veces, incluso, una ayuda material, suscitando entre ellos una emulación de ingenio y de osadía. De modo que, en un principio  literatos y mundanos, devienen en filósofos.
 
    Los salones parisinos de Madame de Lambert, Madame du Deffand, Madame Geoffrin, Mlle de Lespinasse se convierten en núcleos intelectuales de primer orden que hacen de París la nueva Atenas de Occidente. Aparecidos durante la segunda mitad del siglo XVII, los cafés se multiplican rápidamente; en ellos se intercambian noticias, ideas y se abordan temas a la orden del día. Diderot hizo célebre el café de la Regencia y sus jugadores de ajedrez. En otros establecimientos se dan cita escritores y filósofos, como el café Procope -que se puede visitar aún en París-, donde se reunían Voltaire, Diderot, Fontenelle, etc.; el café Gradot y el café Laurent. En cuanto a los Clubs, institución inglesa trasplantada a Francia, desempeñarán un papel primordial bajo la Revolución, aunque ya a principios del  XVIII, el célebre Club de Entresol, en la plaza Vendôme, reunía a lo  más selecto del mundo intelectual parisino.
 
    Nunca había conocido Francia una civilización tan brillante, un arte de vivir tan refinado, un fulgor tan intenso. Y, por más que perdiera bajo Luis XV su supremacía militar, que volverá a encontrar con Bonaparte, servirá de modelo a Europa entera por su literatura, sus artes, sus modas, su elegancia y su ingenio. Y pese erigirse en enemigo público número uno de Francia, el rey de Prusia, Federico II, habla francés y manda edificar castillos inspirados en Versalles. El estilo rococo se imita en Alemania e Italia. Federico admira a Voltaire y lo lleva a su corte; en tanto que la zarina de Rusia, Catalina la Grande, actuará de igual modo con Diderot, adquiriendo su biblioteca y permitiéndole utilizarla hasta su muerte.
 
    En ese ambiente, se concibe que los ilustrados se consideren europeos e incluso ciudadanos del mundo. Nada humano les resulta extraño; convencidos de la universalidad de la razón, combaten particularismos y prejuicios nacionales, al tiempo que predican un ideal de paz y de civilización. Desde ese punto de vista los podemos considerar los nuevos apóstoles, frente al clero anquilosado e intolerante. Caracterizado por una entera confianza en la razón  humana encargada de resolver todos los problemas y por  una fe optimista en el progreso, el espíritu filosófico es, como decíamos, un nuevo humanismo, y halla su expresión más completa en la Enciclopedia, gran obra colectiva destinada a difundir las luces, a combatir la intolerancia y el despotismo, y a contribuir de ese modo a la felicidad del género humano.
 
    La idea de la Enciclopedia, como empresa editorial, fue obra del librero Le Breton cuando, en 1845, proyectó traducir al francés la Cyclopaedia del inglés Chambers. Su gran acierto fue encomendar la dirección de la misma a Diderot, el cual, lleno de entusiasmo, amplió el proyecto, de tal modo que, de ser, en su origen, una mera traducción, La Enciclopedia se convertía en una obra magna, luego de asegurarse la colaboración de D´Alembert y reclutar a un equipo de especialistas de reconocido prestigio. De ese modo, en 1750, aparecía el prospecto en el que se exponía el objetivo de la obra, logrando en poco tiempo dos mil suscriptores. Y, así, en 1751, veía la luz el primer volumen. La empresa no resultó nada fácil, por culpa de la oposición declarada del partido devoto, que logró paralizar en varias ocasione el proyecto y desanimar a muchos, prolongándose durante quince años. Pero, como decíamos, ahí estaba Diderot, un hombre providencial, obstinado, dotado de una inteligencia y un tesón fuera de lo común. Uno de esos hombres convencidos que transforman la Historia. 
 
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