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Cartas: Hellín, Julio año 1980 – Plaza Nueva

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Cartas: Hellín, Julio año 1980 – Plaza Nueva

Por Sol Sánchez

Caminaba un largo trecho, desde su casa hasta la librería que se encontraba en el centro del pequeño pueblo.

Era un trayecto que hacía dos veces al año. Sus piernas ya no respondían a sus mandatos.

Buscaba sobres, sellos, papel para cartas y alguna bonita postal.

Le gustaba tomarse el tiempo necesario para rellenar las cuartillas en blanco. ¡Eran sus pequeñas creaciones! Las de los últimos diez años.

Para ella, las cartas, debían seguir un ritual: Pensar y sentir sobre el papel, mientras que el aroma personal se adhería al material.

Adoraba despertar los sentimientos, que se escondían en los capítulos pasados de su vida, bajo la luz de la tenue llama de una vela.

Aquellas cartas, significaban parte de su existencia. Una forma de ordenar y desordenar lo vivido. De creer en lo que jamás se alcanzó, de borrar los imprevistos.

Las letras, se convertían en una danza de recuerdos que llegaban hasta los mancebos amaneceres.

Como por arte de magia, se despertaban los besos, las caricias. A pesar de, que el destinatario de los versos, hacía tiempo que había partido, a ese lugar al que todavía no llegan los carteros del tiempo.

El calendario marcaba veinte de Agosto. Cumpleaños especial. Días en los que tiempo atrás, bailaron bajo la luna. Se amaron sobre los ribazos, con la sola compañía del canto de los grillos y las estelas de las estrellas.

Ahora escribía una felicitación más. Para recodarle lo mucho que dolía su ausencia.

Para recuperar el sabor a dulce de la tarta, que tras apagar de un soplo las velas, le pasaban sus labios, en los agradecidos años que el cielo, les permitió vivir juntos y amarse.

Escribía para decirle: ¡Feliz Cumpleaños! Te quiero.

Un ritual que volvía a repetirse en Navidad. Concretamente el día de Nochebuena.

Las letras eran la única compañía que tenía.

Aunque a veces, dejaba entrar a la música, sonido de violines que llenaban el aire de vida y nostalgias. En una lucha entre la realidad y lo onírico.

Desde el quince de Julio no había vuelto a escribirle. Era el momento de hacerlo.

Su corazón le decía, que los sobres no quedarían perdidos.

Por eso tenía la obligación de expresar con detalles el amor que la inundaba.

El pulso le temblaba. Apenas podía ver ya sin sus gafas de cerca.

Una cana desprendida, surcó el espacio que separaba su rostro del papel.

Sonrió, mientras el trazo de una ele, pareció inclinarse.

Nadie ni nada, podría separarla de su gran amor.

¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la ausencia? Preguntó en su misiva.

No es más que una parada en el recorrido de los años. Una coyuntura. Una descompensación entre dos vidas que prometieron mantenerse juntos, desde lo más profundo de sus almas.

Es el abrazo que envuelve la posibilidad de volver a encontrarse.

Antes de cerrar el sobre, volvió a sacar la carta. Bajo su firma, escribió, presintiendo, que era la última vez que lo haría:

-¿Qué es el amor?-

A la mañana siguiente, con pasos indecisos y perdidos, llegó hasta el buzón de correos, cómplice de su ardua ilusión. De su insistencia, de su profunda manera de creer.

Horas más tarde, en el atardecer, mientras que su carta era introducida junto a otras en un saco. Ella se apagó sobre el sillón de las horas y el cojín de terciopelo, de color azul cielo..

Mientras que aquél sobre volaba hacia su destino. Ella, se elevó sobre el horizonte en busca del calor de lo perdido.

Hellín, Diciembre año 1980 –Barrio de La Estación-

El cartero de turno, depositó la carta en el buzón de siempre.

Una mano envejecida y temblorosa de un hombre, volvió a abrir la puertecilla del casillero para coger el escrito.

Apoyado en su bastón, regresó a los recodos de su casa.

Durante los últimos años, había robado el correo al anterior propietario de la vivienda, ya fallecido.

Los vecinos le contaron que años atrás, la casa fue habitada por un matrimonio enamorado.

Tras la triste pérdida, ella decidió ubicarse en otro barrio.

Pero a aquella casa, seguían llegando dos cartas.

El nuevo inquilino, se apropió de lo que no le pertenecía, porque jamás la vida le había dado la

oportunidad de ser amado y amar.

Al final de su existencia, a través de las letras que prenden del corazón, supo lo que era el amor.

Conoció la emoción y el llanto de lo sublime.

Aquella literatura lo mantenía vivo, ante la desolación y la soledad de su vejez.

Se sentó junto al fuego de la chimenea.

Le gustaba disfrutar de la lectura de su amada platónica.

-¿Qué es el amor?- Leyó.

Dejo perdida su mirada a través de la ventana. Mirando al cielo, vio pasar un pájaro bajo una nube que anunciaba tormenta.

El ave, pareció mirarlo.

Una respuesta le llegó, con el mensajero de los anhelos:

-El amor, al fin y al cabo, es lo que sentimos cuando creemos en alguien de verdad.

El amor, es la fragancia que se entrega y se recoge con la misma intensidad.

El amor, son las cartas que envié y las palabras que recogiste, haciéndolas tuyas.

Te espero en el lugar, desde donde nace el auténtico y verdadero Amor-

El hombre, acercó la carta sobre su pecho, acompañado de un llanto desconsolado.

Por primera vez en su vida, supo de abandono y ausencia.

Una carta había sido su esperanza. Letras que entraban en su corazón cada seis meses. Que ante su cercana llegada, lo convertían en un jovenzuelo enamorado y le insuflaban ánimos para continuar viviendo…

Los carteros siguen yendo y viniendo. Las cartas, aunque cada vez menos, se siguen escribiendo. Jamás se apagará la mensajería de los sueños.

Tampoco los anhelos que acunamos en nuestro corazón.

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