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El Día de la Cruz en Hellín, de gran fiesta popular a tradición que resiste

La lluvia marca una jornada con escasa participación, reflejo de una celebración que ha ido perdiendo fuerza con los años

Hay días en el calendario que antes se vivían con intensidad y que, con el paso del tiempo, van cambiando casi sin que nadie se dé cuenta. El Día de la Cruz en Hellín es uno de ellos.

Este 3 de mayo ha vuelto a celebrarse marcado por la inestabilidad meteorológica, con actividades suspendidas y un ambiente mucho más reducido de lo habitual. El tradicional concurso de cruces ha salido adelante, aunque con una participación muy inferior a la de otras ediciones, dejando una imagen poco habitual en una jornada que durante años fue uno de los momentos más esperados de la primavera hellinera.

A la escasa participación registrada durante la jornada se ha sumado además la suspensión de dos de los actos más representativos del Día de la Cruz. Debido a las condiciones meteorológicas adversas, finalmente no se ha podido celebrar la tradicional romería hasta la Cruz de la Langosta ni la posterior Eucaristía prevista en este enclave, lo que ha terminado de deslucir una jornada ya marcada por la inestabilidad y la falta de ambiente.

Pero más allá de la lluvia, la sensación va más allá de lo puntual. Muchos vecinos coinciden en que el Día de la Cruz ya no es lo que era.

Hubo un tiempo en el que el Jardín de Martínez Parras se llenaba de color, de cruces decoradas con esmero, de familias enteras participando y de un ambiente que mezclaba tradición, convivencia y celebración. Era una cita marcada en el calendario, especialmente para los más pequeños, que vivían el concurso como una auténtica fiesta.

Hoy, sin embargo, la realidad es diferente. La participación ha ido descendiendo progresivamente en los últimos años, y aunque la tradición sigue viva, lo hace de forma más discreta, casi simbólica.

El origen de esta celebración se remonta a un episodio profundamente arraigado en la historia local, vinculado a la devoción por la Cruz de la Langosta y al recuerdo de un supuesto milagro que protegió a la ciudad de una plaga en el siglo XVIII. Una historia que durante generaciones ha dado sentido a esta jornada.

A pesar de todo, el Día de la Cruz sigue teniendo un valor que va más allá de la participación. Es parte de la identidad de Hellín, un reflejo de su historia y de sus tradiciones.

Quizá hoy ya no tenga el esplendor de otros tiempos, pero sigue estando ahí. Resistente, como tantas otras costumbres que, aunque cambian, se niegan a desaparecer.

 

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