Juan Bravo Castillo
El gran problema de España, como más de una vez se ha dicho, es que no tuvo siglo XVIII. Con la muerte de Gracián (1658) y de Calderón (1681) -dos personalidades exaltadas fuera de nuestras fronteras-, concluye nuestro siglo de Oro, y empieza una decadencia social y cultural que se prolonga casi dos siglos. El “vivan las cadenas” el “muera el pensamiento” y el que “inventen ellos” se hace perceptible hasta casi nuestra guerra civil. Culpable directa, la Inquisición. Con ciudades y pueblos repletos de iglesias y monasterios con infinidad de monjas, curas, frailes pendientes de la sopa boba, y un pueblo analfabeto, asistimos al final de una aventura y de un sueño.
Se producía para entonces la tan traída y llevada Crisis de la conciencia europea (1685), estudiada por Paul Hazard, tan importante para la formación de la Europa de nuestros días. La pasión por las ideas.
Rechazando las soluciones teológicas o metafísicas y la autoridad de las tradiciones, los nuevos filósofos ingleses, franceses y alemanes se entregan a una revisión crítica de las nociones fundamentales concernientes al destino del hombre y la organización de la sociedad. Caracterizado por una entera confianza en la razón humana encargada de resolver los problemas y por una fe optimista en el progreso, el espíritu filosófico es un nuevo humanismo, que halla su expresión más completa en la Enciclopedia, monumental obra colectiva destinada a difundir las “luces”, a combatir la intolerancia y el despotismo, y a contribuir de ese modo a la felicidad de la Humanidad.
La Ilustración no es un suceso concreto, sino un movimiento histórico, conocido como “las luces”. Con él se hace famosa la expresión latina “sapere aude! “¡atrévete a saber!” La luz que recibe el hombre no procederá de una divinidad, sino de su propio trabajo y esfuerzo. Se trataba, en efecto, de una fe en el hombre mismo, como si éste hubiera tenido que creer en Dios mientras se hacía mayor de edad, y, una vez maduro, hubiera tenido que emprender su vida por sí mismo. La fe en el ser humano tenía puntos de apoyo sólidos. Desde que, desde que hacia 1525 estallaron las guerras civiles religiosas, la Humanidad había visto que la religión era motivo de separación y de guerras, y por eso buscó otros campos donde se pudiera cooperar sin violencia. De ese modo, los espíritus más cultivados se entregaron al cultivo de la ciencia, al principio de una forma más bien condescendiente con la vieja teología, y luego, en la época del empirismo, de un modo sólo dependiente de las propias capacidades humanas.
A finales del siglo XVII ya estaba claro que la ciencia de Newton (1642-1727) era una construcción estable, aceptada por todos, en tanto que Locke (1632-1704) había mostrado que la filosofía era fruto del espíritu humano, que, partiendo de las sensaciones más sencillas derivaban en complejos sistemas de ideas. Estas dos construcciones, una científica y otra filosófica, habían ganado suficiente aceptación en gran parte de Europa como para convencer a los mejores hombres de que aquel era el camino para ordenar el mundo. En estas dos grandes hazañas, el hombre de principios del siglo XVIII encontró el punto de apoyo para creer en sí mismo. Éstas fueron las palancas de la nueva fe. Ambas empresas trazaban el camino a seguir. La ciencia de Newton mostraba que era posible extender el conocimiento del mundo. La filosofía de Locke mostraba que esta expansión era posible desde las únicas fuerzas humanas. El conocimiento del mundo se basaba en el autoconocimiento del hombre. El hombre, por fin, estaba solo y era responsable de sus obras. Conociendo sus capacidades, podría usarlas de modo responsable, sin llevarlas más allá de sus límites. El hombre producía el orden desde sí mismo.
En torno a Newton y Locke surge en Inglaterra un conjunto de sabios, filósofos, moralistas y científicos que sientan las bases teóricas del futuro. Ideas modernas como la libertad de expresión -primera condición de todo progreso intelectual-; la lucha contra las ideas innatas de Descartes; la cadena de los seres, ideada por Toland; el movimiento inherente de la materia; el problema de la generación espontánea; el materialismo; el Deísmo; la primacía de lo psicológico sobre la metafísica; la primacía de las pasiones sobre la razón, y la idea de la bondad natural del hombre. Se puede decir que este espectacular paréntesis anglosajón será esencial para la modernidad; los países que se sumen irán a la vanguardia; los que no, como España, se sumirán en el olvido.