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De sandeces, belenes y villancicos

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De sandeces, belenes y villancicos

De sobra sé que en estas fechas se leerá mucho. Y en los más variopintos soportes y lugares. Oh, no, no se piensen que los españoles vamos a practicar más la lectura por encontrarnos cerca de las Navidades, faltaría más. A lo que me refiero es a que nos vamos a atragantar de ver por aquí y por allá lo de “Merry Christmas”, ese absurdo anglicismo que no sé que leches pinta en nuestras tierras ibéricas, como si en nuestro hermoso idioma no hubiese otra manera de felicitar el singular evento que se acerca y tuviésemos que acudir a la producción lingüística extranjera.
Escaparates de tiendas, tarjetas, reclamos publicitarios… Hace unos días voy al ambulatorio, también llamado centro de salud, me acerco al mostrador de recepción, que en principio veo decorado con flores de pascua, evidentemente artificiales, ¡y de sopetón me encuentro con un Merry Christmas! Y en letras bien grandes. Naturalmente me dije: ¡pero pijo!, ¿en mi pueblo se felicitan así las Navidades?>>. Sin embargo, lo que son las cosas, jamás me ha echado nadie la mano por estas fechas y me ha dicho “merry christmas”. Reconozco que todos los anglicismos prescindibles me producen salpullidos, tal vez sea porque me resisto a ser lingüísticamente colonizado, aunque soy consciente, pobre de mí, de que esto no tiene marcha atrás. Pero con lo del dichoso merry ese es que me pongo al borde de la depre.

¿Será más elegante y distinguido usar el anglicismo? ¿Nos dará más frescura y aires de modernidad? ¿Nos distinguirá como más cultos, como más puestos al día? No se muy bien por qué se usa esa expresión en nuestra iberia, pero a un servidor, y ustedes me perdonen, me resulta de lo más tonto y hortera que se puede llevar en temporada invernal. Igual soy un poco raro, no sé, pero lo digo como lo siento. Y si se me enfada doña Isabel, “su Graciosa Majestad”, dos trabajos tiene. Nosotros no pertenecemos a la Commonwealth. Por cierto, y aunque no venga a cuento, todavía no se dónde le han visto lo de graciosa a esa real señora.

Dicho lo cual, cambiamos de tema. Y vamos con el belén. Tradición arraigadísima en nuestro país, desde que en el siglo XV los franciscanos empezaran a montarlo. Se cuenta que San Francisco de Asís celebró la Eucaristía de Nochebuena del año 1223 en una cueva de Greccio, un pueblo italiano, preparando una escenografía del pesebre con una mula y un buey. Unos años después, el arquitecto Arnolfo di Cambio talló unas esculturas en mármol que se consideran las precursoras de las actuales figuras del portal. Todavía se puede ver un famoso belén del siglo XVI en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, compuesto por figuras talladas en coral, plata y bronce. Nuestro rey Carlos III, que anteriormente ocupó el trono de Nápoles y ya había hecho del Nacimiento una institución nacional en Italia, introdujo el “belenismo” en España. Encargó más de doscientas figuras a diversos artistas, entre los que se contaban el genial murciano Salcillo, uno de los imagineros que más hizo por que el belén ganase popularidad. En el museo que le han dedicado sus paisanos en Murcia, se puede contemplar un belén, encargado por el Marqués de Riquelme en el siglo XVIII, con más de novecientas figuras.

Pasado el tiempo la tradición se implantó en todos los hogares de España, para no irse jamás de entre nosotros. Había nacido además el “belenismo” o afición artesanal por los belenes caseros. La Sociedad de Pesebristas de Barcelona se erige, en el último tercio del siglo XVIII como la primera asociación belenista de España.

Evidentemente el pesebre o “nacimiento” es de tradición católica. Y eso tan antiguo y rancio de montar belenes, para muchos parece que no pega con el avance social, la modernidad y el progreso laicista. En el país vecino del otro lado de los Pirineos, bastantes alcaldes han protestado ante la Justicia por la decisión de suprimir esos símbolos religiosos -a tenor de la Ley Laicista de 1905-, considerando incluso que los belenes son más tradición que otra cosa. Y contra la tradición no caben componendas.

En España se empezó cambiando en algunas comunidades el nombre de vacaciones de Navidad por el de vacaciones de invierno, o solsticio de invierno. Y son bastantes los alcaldes que, metiéndose donde no les llaman ni es de su competencia, están eliminando el belén en los espacios públicos. Véase a doña Carmena que, como a los no cristianos les molesta –según ella-, pues hay que prescindir del belén. Pero promociona y subvenciona el día del orgullo gay, como si todos los madrileños fuesen maricones o lesbianas. O la “espantajada” de La Coruña, gobernada por los Marea podemitas: El belén se monta, pero el alcalde ha querido añadir don nuevas figuras para dar “visibilidad” al colectivo LGTB, introduciendo dos personajes que representan a Marcela y Elisa, consideradas la primera pareja homosexual que se casó en España, en 1901, en Galicia. Dos coruñesas que engañaron a todo el mundo, disfrazándose de hombre una de ellas. Cuando se destapó la burla, se largaron a Portugal y finalmente a Argentina. El alcalde lo justifica así: <<Es la única boda católica de la que se tiene constancia entre dos mujeres, y que son personajes relevantes del imaginario popular coruñés que aún no estaban en el belén>>. Y claro, se hace necesario incluirlas. Valiente gilipollas.

Y como no me queda espacio, solo contaré una de villancicos: <<Colegios vascos eliminan a “Jesús” de los villancicos, para no molestar a los alumnos musulmanes>>. Y donde decía Jesús, dicen “Peru”, que es Pedro en vasco. Sustituyendo además el “Jesús ha nacido” por el “invierno ha llegado”. Ridículo, grotesco.

¿Qué tendrá el cristianismo para provocar tantos intentos de eliminar sus símbolos de los espacios públicos? Y, ¿qué se perseguirá con ello?

Les dejo con estas reflexiones. Y Feliz Navidad, queridos lectores.

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