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Cuentos al calor del Otoño en Hellín

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Cuentos al calor del Otoño en Hellín

Por Sol Sánchez

Hola paisanos. Ante nosotros se nos abre el mes de noviembre. Un mes al que intentaremos cubrir de matices hogareños, cercanos y dulces.

Cuando comencé a escribir estos cuentos, no me di cuenta que las protagonistas serían nuestras madres. Para mí su vida, la figura de las mujeres que conducían Hellín en los años sesenta, setenta y ochenta…, siempre me ha atraído, pero no era mi intención que aparecieran y lo hicieron.

Para que veáis que escribir tiene algo de magia y a veces, todo ocurre por pura casualidad. Ahora mismo, os confieso que yo misma me sorprendo al leerme. Y que en ocasiones parece que son otros los que dominan mis dedos.

Sería maravilloso que pudiera ser así y que el resultado sirva para que os trasladéis hasta vuestro hogar de la infancia, que os sintáis próximos a esas mujeres llenas de una fuerza especial a las que todos admiramos.

Sería todo un logro que por unos instantes os apeteciera cerrar los ojos y poder percibirlas cerca muy cerca.

Si te apetece, de su mano te llevo a recorrer las calles y ciertos comercios de antaño que aún permanecen en mi memoria. Estoy convencida que volverás al ayer y verás a tu madre, tu abuela, una vecina…

Estén donde estén, siempre permanecerán:

“ENTRE BASTIDORES,

HILOS Y AGUJAS DE LA MEMORIA”

Eran años de simplezas, en los que casi nada material se poseía. Hacía falta esfuerzo para conseguir las pequeñas cosas.

Los habitantes del Pueblo hellinero compartían los días convirtiéndolos en un tiempo entrañable. Tenían el tesoro de la complicidad, la ternura y el coraje.

Los niños se divertían con cualquier detalle, todo se valoraba en su justa medida. Los hombres trabajaban de sol a sol.

La mayoría de las mujeres se dedicaban a las tareas del hogar, poniendo un gran esmero en el cuidado de sus hijos. Ellas eran las que guardaban el diente de leche debajo de la almohada y colocaban algunas monedas, o caramelos, de parte del Ratoncito Pérez.

Ellas eran las que secaban lágrimas y curaban los resfriados con “azúcar tostá”. Las que tapaban las heridas con tiritas y sellaban con un beso el final de cada día. Sus manos olían a jabón de losa, a flores frescas, a delicadeza…

Eran madres, abuelas, esposas, hijas y amigas…

Las mañanas, mientras los niños estaban en la escuela, el Mercado de Abastos era el punto de encuentro de las mujeres hellineras. Manos que levantaban cestas de mimbre repletas de hortalizas y frutas con olor a huerta recién regada.

A través de las puertas y ventanas dentro de cada barrio se escapaban los olores del puchero y bizcochos recién hechos, mientras los palomos gorjeaban en el palomar.
Mujeres que disponían de largas tardes en las que cobijar sus vidas, arrulladas a los pañitos de punto de cruz que envolvían los cestos de la tradición, amparadas por la brisa que habitaba en el balcón durante los veranos, junto a los periquitos y canarios, viendo crecer los geranios, mientras entre interferencias por la radio, sonaba la voz de Elena Francis leyendo cartas con remiendos de monotonía.

Al calor del brasero en invierno, entre chocolate y dibujos animados, junto a la abuela que hacía ovillos con las madejas de lana. La apreciada abuela que mimaba a sus nietos cuando la lluvia azotaba sobre los cristales, tiñéndoles la mirada con el negro de su ropa, fruto de duelos inacabables.

Mujeres que construían su pequeño mundo con disciplina y esmero. Tardes de tranquilidad, de pensamientos y sueños atados a la vida que les había tocado vivir…, de nostalgias y algunos sollozos peregrinos que deambulaban errantes por sus rostros. Lágrimas que finalizaban sumisas a su destino.

Mujeres serviciales, llenas de humanidad. Carácter heredado de unas generaciones a otras, observando al mundo con gran curiosidad, mientras que los relojes de cuerda se iban parando sobre la cómoda de las intimidades.

Barrios de mujeres en penumbra, asomadas a los atardeceres del tiempo con una media sonrisa y las ilusiones proyectadas en una tela blanca en la que bordar los colores de la ilusión, el único prado de sus lejanos sueños, entre calendarios de quimeras.

Ponían una gasa blanca sobre sus piernas para no manchar la tela. Labores que amaban y en las que descansaban en el intento de ocupar, más que de preocupar, en unos tiempos en los que, hasta el amor se zurcía.

Recogían su pelo y se arremangaban las mangas. A veces en bata, “pegaban” botones, arreglaban ojales. Bajaban y subían dobladillos sobre los dedales. Bordaban en bastidor.

Representación que podía servir como referente a Johannes Vermeer, y otros pintores reconocidos, enamorados de este tipo de escenas sutiles, que plasmaron en bellas obras.

Tiempos de paciencia y entrega en el que muchas virtudes valiosas se desplegaban. Tiempos de actividad, en los que no había cabida para vaguear. En los que la satisfacción no era inmediata. En los que el amor era un requisito fundamental para vivir.

Como expertas administradoras, conseguían ahorrar algún dinero para destinarlo al material que necesitaban para las labores y algún deseado capricho.

Algunas tardes de los viernes, en las que no había prisa por acostar a los niños, salían por el Pueblo a visitar varios comercios que para ellas tenían un algo especial. Eran recorridos que sumaban ilusión a sus días, soltándose por unas horas de la rutina.

Lugares que pertenecían a una memoria que encumbraba el contenido, que las hacía retroceder en el tiempo, al principio del siglo XX, respirando historia en los detalles de la decoración.

Espacios que emanaban elegancia y personalidad, repletos de encanto. Un amplio local llamado Casa Graells, situado en la calle Juan Martínez Parras.

Tras las puertas de cristal se hallaba la gran y espectacular tienda de telas. Altos y anchos mostradores se levantaban a ambos lados del establecimiento. Eran los albores de las casas de moda. Con una arquitectura señorial en su interior. Espacios amplios de elevados techos iluminados por grandes lámparas. Había una escalinata rodeada por una barandilla con balaustres en forja cubierta de oro viejo que conducía a la planta alta.

Algodón, batista, brocados, cachemir, crespón, encaje, fieltro…, telas de todo tipo permanecían perfectamente colocadas en las estanterías. Telas que esperaban ser convertidas en trajes, adaptadas a la figura de un cuerpo, o personalizar cualquier rincón del hogar.

Tiempos en los que la filosofía comercial parecía centrarse en la buena decoración, creando lugares con carácter refinado.

Elegancia que se plasmaba en la atención de los dependientes, siempre caballerosos, cercanos y familiares. Enfundados en americanas y corbatas. Envueltos en modales gentiles y perfectos diálogos de cortesía. Grandes expertos en el particular mundo de las telas. En el arte de vender…

Conocían con sólo tocarlas, si eran de buena o mala calidad. Los cuidados que debían tener para su confección. Con mirarlas detallaban su procedencia.

Depositando el rollo de tela sobre el expositor…, se descolgaban la cinta métrica que generalmente llevaban colgada alrededor del cuello, midiendo a la perfección, cortando con unas tijeras especiales.

Las mujeres hellineras podían permitirse el lujo de soñar, imaginando que al salir de Casa Graells, cruzaban el umbral de la puerta como si se tratase de Tiffany’s, convertidas en Audrey Hepburn. Anudando con gran maestría sus pañuelos al cuello, se trasladaban hasta otro tradicional comercio muy cercano: Ripoll.

Seguiremos nuestro paseo… De momento os dejo soñar. Hasta pronto.

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