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Violencia juvenil

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Violencia juvenil

Conchi Catalán

“Un grupo de jóvenes menores de edad apuñalan a un chico de 24 años en Hellín” (Semana Santa)

“Profesora agredida por un menor en Burlada”

“Un grupo de alumnos de un instituto de Bétera agreden de forma homófoba a un profesor”

“Niña de 14 años amenazada y perseguida con machetes y cuchillos por una banda juvenil”. (Madrid)

“Un joven de 15 años mata a sus padres y a su hermano en Elche”

“Ocho jóvenes apuñalan a otro en un parque de Madrid.”

“Un profesor es apuñalado por su alumno en un colegio de Murcia.”

“Dos jóvenes muertos y uno herido en varias reyertas en Madrid”

“Dos hermanos acusados de violar a una joven en un parque de Valencia”

Estos son solo algunos de los casos que durante las últimas semanas o meses están siendo tristemente noticia en los medios de comunicación.

¿Es posible leer estas cosas y no horrorizarse?

¿Qué está fallando?

¿Qué puede llevar a un adolescente a actuar de esta manera?

¿Qué escala de valores se les está transmitiendo a estos chicos?…

La violencia juvenil es un reflejo de la violencia social:

Violencia doméstica, ajustes de cuentas, violencia en los estadios, en los centros educativos, en la política, en la televisión…en el mundo.

Una violencia que no solo es física, sino ética y moral que está presente cada día en multitud de comportamientos carentes de principios, donde la corrupción o la violación de los derechos se convierten en elementos cotidianos, que nos interpelan y de manera especial cuando se trata de menores o jóvenes.

El fiscal de menores, Eduardo Esteban, a la pregunta de “¿Cómo prevenir la violencia en los jóvenes? Respondía: “EDUCACIÓN, EDUCACIÓN Y EDUCACIÓN”.

La familia es la primera “escuela de valores” y el referente primordial en el desarrollo del ser humano, pues los vínculos afectivos, las creencias, las costumbres, la forma de pensar y los hábitos que llevamos interiorizados son (para bien o para mal) gracias a lo vivido en el seno familiar.

El ambiente afectivo en el que crecen los niños es un elemento fundamental para su desarrollo. Si un niño crece en un ambiente familiar rodeado de afecto, de respeto, con pautas, con responsabilidades, donde se siente escuchado y querido, se estará fortaleciendo positivamente su desarrollo integral y se estará incidiendo en su forma de pensar, de ver el mundo, de valorar la vida y en cómo se relacionará con los demás.

Por el contrario, cuando un niño crece en el seno de una familia en la que continuamente se producen conflictos, malas conductas, faltas de respeto, ausencia de normas, escasa estabilidad emocional y afectiva…etc se le está impidiendo desarrollarse de manera adecuada. Este ambiente hostil termina muchas veces por “normalizarse” y servir como patrón en muchas de las conductas de los chicos.

En la escuela, los niños tienen la oportunidad de afianzar y vivir los valores transmitidos por la familia y aplicarlos en sus relaciones con los demás compañeros, ayudándoles a desarrollar habilidades sociales y emocionales básicas para convivir en sociedad. La escuela es, como la familia, un espacio de socialización fundamental en la vida del niño, donde aprende a conocer y a aceptar la diversidad social, por eso la escuela debe ser inclusiva e integradora y estar en constante comunicación y coordinación con la familia.

Cuando los niños van creciendo y entran en la adolescencia y en la edad juvenil, esa “mochila “de experiencias, positivas o negativas, que han ido llenando desde su más tierna infancia, sin duda va a servir de base para afrontar de maneras diferentes los retos que la vida les va a ir planteando.

En estas edades, el grupo de iguales cobra una importancia extraordinaria. A este entorno social que rodea a los chicos fuera de la familia, hay que prestarle mucha atención, porque va a ejercer una influencia, a veces determinante, en conductas y actuaciones juveniles cargadas de agresividad y violencia.

La sensación de pertenencia al grupo de amigos, es para los adolescentes un referente importante. En el grupo se sienten apoyados y comprendidos y el grado de aceptación que en él encuentren incidirá en su autoestima. A veces, el querer conseguir la plena integración les lleva a experiencias negativas, hacia las que el joven puede sentirse presionado por los amigos, como su iniciación en el consumo de drogas o alcohol, que muchas veces son la puerta hacia comportamientos violentos. En esta etapa de la vida, donde parece que los chicos “no quieren cuentas con los padres”, es cuando emocionalmente más les necesitan. Necesitan cercanía, escucha, cariño, aceptación, respeto, pero también NORMAS…

Etapa, en definitiva, complicada para los chicos y para los padres, llena de cambios físicos, psicológicos y emocionales dentro de una sociedad que no lo pone fácil, donde se potencia una cultura de lo superficial, donde el esfuerzo y la honestidad no están entre “los más valorados”. Una cultura consumista y competitiva donde lo importante es el físico, las modas, la inmediatez y el individualismo, donde el tener está por encima del ser…

Una sociedad con escasez de modelos éticos, con una enorme carga de agresividad, con grandes diferencias sociales y económicas donde muchos jóvenes se encuentran perdidos, sin planes de futuro.

Todo esto crea un “caldo de cultivo” para la aparición de conductas violentas, alimentadas por la frustración y el consiguiente rechazo hacia un sistema en el que se sienten ignorados y excluidos…

Esta violencia, no es culpa de los chavales que la ejercen – y en absoluto los estoy justificando – Solo quiero afirmar, que muchas veces, estos mismos chicos a sus 14, 15, 16 años son también víctimas del contexto en el que les ha tocado vivir.

El problema, creo yo, no se soluciona encerrando a los violentos en reformatorios – o como piden muchas voces – en la cárcel. Esta “enfermedad social” hay que prevenirla desde la raíz, empezando por la familia y la escuela, recuperando la autoridad moral de padres y profesores, educando en valores esenciales como el respeto, la empatía o la honestidad, una educación con normas y límites donde se valore y potencie el esfuerzo para lograr una meta.

Una escuela, donde se trabaje incansablemente y con recursos para proteger a los chicos del fracaso y el abandono escolar, no olvidemos que permanecer en la escuela es un escudo ante el desarrollo de conductas delictivas, pero en una escuela con opciones educativas que les generen interés e ilusión ante el futuro, una escuela integradora que dedique más tiempo y atención a los más difíciles.

Desde luego que la sociedad ha de preocuparse por el adolescente violento, pero también por el que está en riesgo social, por eso es vital una sociedad preventiva que ofrezca posibilidades de trabajo a los jóvenes, una sociedad cuyas instituciones apoyen a los jóvenes emprendedores en lugar de aplastarlos con sus impuestos y dificultades burocráticas. Una sociedad que trabaje incansablemente por erradicar las desigualdades sociales que marcan y marginan…

La violencia juvenil supone una pesada losa sobre la sociedad que la padece porque pone en evidencia sus enormes carencias afectivas, morales, culturales, económicas… puestas de manifiesto precisamente en el sector que representa el futuro de dicha sociedad – la juventud –

“Un pueblo que no cuida de sus jóvenes, no tiene futuro”. (Papa Francisco)

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