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¡Que viene el lobo!

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¡Que viene el lobo!

Antonio García

No quería, lo juro por el arroz con conejo, pero al final me he visto impelido a meterme en un barrizal político y soltar aquí lo que desde hace algún tiempo me trae alucinado. Y es que no lo entiendo. Miren que le he dado vueltas, pues ni aún así. Ni después de una suculenta comida, una buena siesta y un gin tonic a media tarde, tomado calmosamente en la habitación de pensar, he podido encontrarle la púa al zompo.

Recuerdo cuando apareció Podemos en la escena política española. Aquello promovió tal fenómeno mediático, que ni Elvis Presley redivivo anunciando un recital en la Monumental de Madrid hubiera sido capaz de tal aluvión informativo. Periódicos, cadenas de radio, televisiones… y hasta los pregoneros de los pueblecicos rurales se dedicaron a una, fuente ovejuna, a proclamar, difundir, ampliar y glosar la llegada del gran iluminado que acababa de aparecer en escena, portador de la más grande y justa revolución político-económica-social-chiripitifláutica de todos los tiempos, de las manos de un nene con coleta. ¡Y toma, casi tres millones doscientos mil votos a las primeras de cambio!… Cachorros de un comunismo que ha producido en el mundo más de cien millones de muertos. Una sanguinaria dictadura que duró más de setenta años, desde Lenin hasta la desaparición de la URSS en 1991. Pues en España nadie dijo que había llegado la extrema izquierda.

Pero el insulto triunfante en esta España desnortada no es llamarle a alguien de “extrema izquierda”. Eso hasta casi le hace a uno sentirse importante –¡si seremos gilipollas!-. El que es realmente demoledor, el que intimida, acoquina, amedrenta, abate…, el que acobarda es el de “extrema derecha”. Tanto, que la aparición en la gran plaza del pueblo español de un partido al que todos le han puesto la etiqueta de “extrema derecha”, incita a buscar un refugio subterráneo antiaéreo llevándose comida para una buena temporada. Sin olvidar varias cajas de cerveza.

O sea, ¡que viene Vox! Y solo falta que todas las campanas toquen a rebato. La alarma, la conmoción causada por su aparición y sus dignos logros electorales, pone tan, tan, tan en peligro la buena marcha del progreso español, que todos a una, pero todicos, han sufrido tal conmoción que hasta el sillón de un dentista les parece un masaje tailandés. Y todo el mundo pidiendo su deportación a una isla desierta… excepto últimamente que, parecer ser –qué remedio queda- puede servir, valer, ser útil a algún partido, en algunos sitios, para acceder al mando.

Jamás he oído en mi país, sobre ese partido de Unidos y Unidas -que representa la ideología más criminal de todos los tiempos-, las acusaciones de “inconstitucional”, totalitario y otras lindezas como las vertidas sobre Vox. Jamás tantos se pusieron de acuerdo para pedir la ilegalización de un grupo político. Ni siquiera la izquierda abertzale terrorista en las Instituciones del Estado ha sufrido semejante ataque de los “demócratas” de siempre, que tan campantes ven pasearse por las calles, entre aplausos y parabienes a asesinos etarras metidos en política, manchados de sangre hasta el último pelo de sus cabezas. Más demencial no cabe.

Verán ustedes, yo no pretendo en absoluto hacer un panegírico de Vox. No nos confundamos, que ya los veo venir. Pero de anticonstitucional y fascista, nada de nada, monadas. Hasta viejos socialistas han dicho lo mismo que yo acabo de decir.

A ver, reto a cualquiera a que, una vez se haya leído los principios programáticos de Vox, me discuta en qué puntos atenta contra la Constitución: si en las libertades, la vida y la familia, la economía, la fiscalidad, la igualdad, la defensa de la integridad de España, la educación, la sanidad, la exclusión de los terroristas… etc., etc. Eso sí, con la opinión de la esclarecida, ínclita e insigne Julia Otero ya cuento. Ella dice que <<la ultraderecha parece tener un objetivo: las mujeres>>, en clara alusión al rechazo de Santiago Abascal a la ideología de género, la cual constituye la más burda estafa a las sociedades de todos los tiempos y uno de los negociazos mejor montados del siglo. Rechazo, al que muchos bien informados nos unimos.

Pero bueno, voy a eso. Se puede votar o no a Vox. Simpatizar con este partido o no. Incluso estar en contra de todas o algunas de sus propuestas (una vez conocidas). Al fin y al cabo, un partido más. Vale. Pero lo que no tiene cabida alguna en mente y corazón sanos y decentes es la inquina, el menosprecio, el ataque, la difamación, la mentira y la manipulación que se están empleando con una opción política que se presenta legal y democráticamente. Cuando ni siquiera se hizo con los partidos hijos de la ETA ni con los independentistas. ¿Por qué será? ¿Qué llevará el agua cuando suena?

Este episodio solo me remite a la bajeza intelectual y moral de tantísimo político mediocre, cobarde, temeroso, narcisista, embaucador y ambicioso como pulula por esta pobre España de mis amores. Creo sinceramente que ese partido político, de gobernar, jamás haría tanto daño al país como han hecho y están haciendo otros. Quizá no acertaran en todas sus gestiones, ¿pero peor?, imposible. Seguro.

Me da la impresión –solo la impresión-, que los ladrones de este patio de Monipodio le tienen miedo a las propuestas de Vox. Lo harían mejor o peor, no lo se y cabe la duda razonable, pero los cojones y las claridad que ha puesto en la elaboración de su programa, como mínimo son dignos de respeto.

Y les dejo con este párrafo de Jean d´Ormesson, filósofo y escritor francés: <<La ineptocracia es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son los elegidos por los menos preparados para producir. Y los menos preparados para procurarse su sustento, son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendiente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas>>. Lo dijo él, no yo. Pero es para reflexionar.

De manera que, menos lobos, Caperucita.

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