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Primavera en cuarentena

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Primavera en cuarentena

Fructuoso Díaz

Confinada en cuarentena, la primavera nos sorprende envuelta en un cielo que destella entre un color azul y plomizo, mientras en la tierra las flores quieren despertar de su invernal letargo. Es la primavera donde todo se para, el Ejército vigila fronteras, ciudades y aeropuertos, solo se puede salir de compras, las calles quedan desiertas, el ruido de la gran ciudad se sume en el más profundo de los silencios. Es la primavera de la reclusión, del miedo a la enfermedad, de la distancia de más de un metro, donde todos los días son iguales y las ventanas suenan, a las ocho de la tarde, con los aplausos agradecidos a personas que cuidan a enfermos en casa y en centros hospitalarios, a esos héroes del silencio vigilantes de nuestra salud personal y colectiva y de quienes solo nos acordamos en una primavera de cuarentena. Es la primavera que prohíbe tocarnos, darnos la mano, besos y abrazos aunque se disparen afectos y emociones, la que nos confina en casa, cierra fronteras y desploma la economía…

La noche del miércoles el rey hizo una declaración pública para llamar a la unidad, mantener espíritu solidario para vencer a la pandemia. Bienvenido, Majestad, para unirse al mensaje común de la sociedad y de la clase política, aunque algunos hubiésemos preferido escucharle antes. Del contenido de su mensaje solo entendí evidencias, lo ya sabido y repetido; un mensaje sin nuevas sensaciones, donde no pude captar transmisión de emociones a la ciudadanía. Aunque celebro su presencia, Majestad, no me emocionó su mensaje.

La crónica habla de Cataluña con mil contagiados y cien muertos. La Escuela de Enfermería Sant Pau habilita aulas para tratar enfermos porque en los hospitales no caben. Los colegios de médicos piden que se practique la prueba del coronavirus a todo aquel que presente síntomas de estar infectado. Los profesionales sanitarios reclaman mascarillas, gafas, batas, respiradores… Madrid convierte en hospitales hoteles medicalizados. El virus se ceba en las residencias de ancianos, donde viven casi medio millón de ancianos. El presidente Sánchez dice que lo peor está por llegar…

Cuando en los balcones suenan aplausos agradecidos a sanitarios, Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, el inhabilitado como diputado por los tribunales, el ciudadano Torra, que sigue ejerciendo como presidente de la Generalitat, proclama que en Cataluña no entra el Ejército español. Lo de Torra, como no tiene nombre, es incalilficable. Es cuando menos llamativo que sean Bilbao y Barcelona dos ciudades en las que no patrullan soldados de nuestra Fuerzas Armadas. ¿Por qué? Dice la ministra de Defensa, en respuesta a preguntas de los periodistas, que el Ejército estará allí donde sea necesario y cuando sea necesario. ¿Será, entonces, porque el Gobierno no considera necesaria su presencia allí, aunque en otras ciudades españolas de menos población sí lo es o porque los votos de los independentistas serán imprescindibles para aprobar los presupuestos del Estado?

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