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La revolución de los imberbes

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La revolución de los imberbes

Antonio García

Esta semana he tenido una vivencia que, siendo hecho bastante frecuente en nuestros tiempos, yo nunca había experimentado tan de cerca, en vivo y en directo, a mis tantos años. No es que la cosa revista mayor importancia, es sencillamente que me ha pillado al paso, aunque ya me barruntaba que algo así podía ocurrir, dado el asunto que me llevó al lugar de los hechos. Me explicó.

El miércoles día 14 estaba programada la presentación de un libro y subsiguiente conferencia en un hotel de la ciudad de Murcia. Me había enterado la semana anterior, me interesó y reservé entrada (aunque era gratuita) a través de Internet. El libro hace más de un año que lo tenia en mi poder y había leído, pero me apeteció escuchar directamente a los autores conferenciantes. Este título no está en las librerías españolas, pero yo lo conseguí a traves de Amazon. Se titula “El libro negro de la nueva izquierda”, y sus autores, Agustín Laje y Nicolás Márquez (argentinos) han venido a España a presentarlo en nuestro país de la mano de HazteOir.org, en diversas capitales de provincia. Pues bien, es un libro que pone al descubierto de forma magistral la Ideología de Género, desde sus orígenes hasta las nefastas consecuencias actuales.

Por circunstancias, llegué con bastante antelación a la hora prevista para el evento, lo que me permitió tomar un cafelito y echarme un cigarro en el salón de fumadores del hotel, o sea, en la punta calle a las puertas del mismo. Al principio de mi arribo por allí no había casi nadie, pero transcurrido un ratico apareció una nutrida masa, compuesta de borreguitos humanos casi recién destetados. La edad promedio de estos revolucionarios desertores del biberón estaría entre los diecisiete y los veinte años. Todos aparentaban ser de la misma época de crianza. Y como no es de extrañar, enarbolaban banderas rojas con la hoz y el martillo, y las banderas arcoiris del colectivo LGTBI. O sea, lo habitual en estos casos.

Curioso, y con algo de morbo en las entrañas me acerqué a la periferia de la joven turba y a un chico que pillé desprevenido le pregunté: ¿esto a que se debe? Y la respuesta fue lacónica y sincera: porque vienen los de HacteOir y los de Vox, todos fascistas. De extrema derecha, añadió. ¡Ah!, dije yo, refrenando mi deseo de hurgar más, pues comprendí que no era lo procedente en aquel momento de exaltación democrática. No tardaron en aparecer los típicos pareados musicales, llenos de ardor por las libertades consagradas en la Constitución, que no recuerdo literalmente, pero sí que todos encerraban consignas poéticas y patrióticas, como: “vamos a limpiar Murcia de fascistas”, o la no menos romántica de “os mataremos como en Paracuellos”. Lo que provocó que una inoportuna lágrima mía cayese sobre el asfalto. Ea, reconozco que soy un hombre emotivo, demasiado sensible a estas sublimes consignas. La cosa no pasó a mayores porque un nutrido contingente policial-represivo hizo un cordón frente a la fachada del hotel. Aunque un joven, que quiso saltarse el opresor y antidemocrático orden establecido, tuvo el placer de degustar el vergajo de un guardia. Una de esas experiencias que te hacen un hombre o te dejan en la infancia mental de por vida.

Llegada la hora del acto que me llevó a la capital huertana, me reclui en el salón correspondiente y me olvidé de la lucha contra el fascismo. Pero al salir, cerca de las ocho de la tarde, el acto de Vox estaba dando comienzo. Naturalmente me largué, pues mis huesos no están para mítines de nadie. ¿Y qué ví al salir? Más turba recién destetada, más banderas rojas y arcoiris y más policía. Dentro del hotel, un gentío que rebosaba el enorme salón del mitin y ocupaba pasillos y vestíbulo. Fuera, más cánticos y consignas de tolerancia, respeto y consideración al oponente, si bien extrañamente teñidas de armas, fuego, paredón de cementerio y fosas comunes. Y siempre son los mismos. Nada nuevo en este país que poco a poco y con paso inquebrantable se está yendo a tomar por saco.

Pero sentí mucha pena por tanto mocoso teledirigido. Tanto pobre chaval desprevenido e ignorante, utilizado por lobos carroñeros. Por tanta carne de cañón manipulada por los más avispados, bandidos, sinvergüenzas y violentos. Sentí mucha pena por los hombres y mujeres en ciernes, que el día de mañana deberían hacer grande nuestra nación, como otrora lo fue. Con hombres y mujeres que sepan “ser” y sepan estar.

Pero ya no me detuve. Me marché y me quedé con mi pena, mientras otra lágrima más sincera y de más hondo calado pugnaba por asomar.

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