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La “nueva normalidad”

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La “nueva normalidad”

Antonio García

La “nouvelle normalité”, que diría un galo o “the new normal”, que apuntaría un hijo de la pérfida Albión. Y perdonen la cursi licencia que me acabo de tomar.

Evidente contradicción. Esta figura retórica se llama “oxímoron”, y consiste en completar una palabra con otra que tiene un significado opuesto, contradictorio. O sea, vamos a ver. Lo normal es lo habitual, lo ordinario, lo que está consolidado por el uso continuo. Lo nuevo, por tanto, no puede ser normal. Es distinto. Es nuevo y punto. Será mejor o peor, pero en cuanto nuevo, deja de ser normal.

¿Qué nos quieren decir con eso de la “nueva normalidad”? Pues que todo va a ser diferente, pero que tranquilos, que no pasa nada, que tenemos que aceptar lo que nos vayan imponiendo sin rechistar -como siempre-, que eso sí es lo normal. Que confiemos a pies juntillas en el Estado salvador omnipotente, omnipresente y dictador.

“Este virus lo pararemos entre todos”. “Saldremos más fuertes”. ¡Serán imbéciles! ¡Pero que tomadura de pelo, qué forma de reírse del pueblo en nuestras narices!

Por el internete abundan los post, los twist y demás mensajes de esos en los que la gente buena, piadosa y bienintencionada se pregunta qué vamos a aprender de la situación coronavírica. Yo tengo la respuesta: nada. Se preguntan si vamos a ser todos más solidarios, generosos, tolerantes, etc., y yo tengo la respuesta: no. En cuanto nos dejen libres de confinamientos y distancias de seguridad, en cuanto nos desembocen o nos desamordacen, vamos a seguir igualicos que antes. Me apuesto uno y la mitad del otro.

La Humanidad ha sufrido –y seguirá sufriendo- tantos desastres a lo largo de su existencia, que es para que ya tuviésemos todas las lecciones aprendidas. Y sin embargo… ¿Por qué será que nadie escarmienta en cabeza ajena? ¿Por qué será que las experiencias del pasado solo sirven para rellenar libros de historia?

Y si los cambios deben ser para mejorar, díganme, ¿en qué vamos a cambiar? Ya caigo: seremos todos más desinteresados, fraternales, condescendientes y respetuosos. Aprenderemos a debatir desde distintas posiciones sin sacarnos las uñas ni apuntar a la yugular del contertulio. El empresario avaro dejará de ser explotador de sus empleados. Nos despojaremos de la malsana envidia del que tiene más que nosotros, sean bienes materiales o espirituales. Respetaremos la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. Dejaremos de ser embusteros. Adquiriremos mayor capacidad de reflexión y crítica. La unidad y fortaleza de la familia será nuestra máxima prioridad. Nos volveremos todos más trabajadores que los japoneses. Llevaremos la honradez como bandera en toda situación… Y seremos gobernados con amor. En fin, podríamos llenar la página con propósitos de altura pero, ¿pa qué? Ganas de desperdiciar papel. Seguiremos siendo “normales”. Nada nuevo.

Y ni siquiera la pregonada nueva normalidad será nueva. Se tratará solo de continuar implantando en el ADN de la humanidad lo que ya viene desarrollándose desde hace mucho tiempo. O de llegar a la culminación del plan. Para lo cual muchos sospechan –o sospechamos- que este Covid19 ha venido de maravilla. A pedir de boca.

¿Y cuál es el plan? Sumamente sencillo: seguir esclavizándonos. Seguir haciéndonos avanzar por un camino que nadie ha pedido y por el que la mayoría vamos como corderos sin saber siquiera quienes son los pastores. Los conductores del ganado. Y sin tan siquiera intuir hacia dónde nos están llevando y para qué.

Todo el mundo tiene deseos de un mundo mejor. Pero eso, dicho así resulta tan vago, impreciso, vaporoso, inconcreto… ¿Cómo concibe cada uno de nosotros un “mundo mejor”? ¿Cómo se lo imagina? ¿Basado en qué pilares de sustentación? Podríamos entre todos hacer un diseño. ¿Se atreven? Vamos a probar:

Desterraremos el asfixiante materialismo, o sea, esa concepción del mundo según la cual no hay otra realidad que la material, o de haberla, es secundaria. Inoperante.

Nos desharemos del hedonismo, teoría filosófica que establece el placer como fin y fundamento de la vida. No como un generoso y estimulante complemento, sino como el objetivo más importante. De ahí por ejemplo, el hipersexualismo que se quiere implantar –y se está implantando- en la educación desde primaria.

Enseñaremos a los niños -desde su más tierna edad- que el respeto a la dignidad de toda persona es norma básica vital. A todas. Sin privilegios de raza, ideología, sexo, edad… Que la violencia es violencia independientemente de quien la ejerza y contra quien la ejerza.

En las familias –sobre todo- y en las instituciones de enseñanza, el centro de todo programa educativo será enseñar a pensar, a ser libres, a no fanatizarse con ideología alguna, a saber criticar, es decir, analizar pormenorizadamente algo y valorarlo con serena ecuanimidad.

Las familias asumirán contra viento y marea y contra las intenciones de cualquier gobierno, que la responsabilidad educativa de los hijos es de los padres, y que el Estado es solo complementario, subsidiario de los padres o tutores en aquellas materias que se escapan a los conocimientos de éstos.

Exigiremos a los gobiernos y organismos internacionales que dejen de abusar, explotar, endeudar y deprimir a los países pobres. Exigiremos a los medios de comunicación que sean decentes e informen debidamente. Por ejemplo, del genocidio cristiano que se está perpetrando en muchos países del mundo, del que nadie hace ni puto caso. Añadan ustedes, que hay mucho que añadir.

Si no fuera porque puede sonar a insulto a los que sufren por alguna muerte reciente, diría que esto del coronavirus es una broma insignificante ante tanta maldad y despropósito como corren por el mundo. Ante tanta manipulación, desvergüenza, corrupción, injusticias y tiranías. No, por esta epidemia no vamos a cambiar, pues el cambio verdaderamente eficaz se encuentra en el corazón y la mente de cada uno de nosotros.

Y aunque muchos no lo crean, el único camino posible para el cambio verdadero es el marcado por Jesucristo, crucificado por la humanidad a la que amó y seguirá amando por toda la eternidad. Ahí se encuentra, en Su Evangelio, el verdadero camino para conseguir una brillante “normalidad”. Lo demás, todo es falso.

Jamás un mundo sin Dios podrá alcanzar la justicia, tan ansiada por todos.

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