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La musa de la pastelería

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La musa de la pastelería

Por Sol Sánchez

En los hombres y mujeres que hoy somos… siempre quedará un rastro de dulzor en el paladar, algo de azúcar en la comisura de los labios y la nostalgia de unos días, en los que en el pueblo, disfrutábamos de la presencia de una menuda mujer, conocida como, La Bañona. Debería ser tratada como una de las mejores reposteras del mundo. Las magdalenas, empanadas, rollos de yema y de naranja, suspiros y mantecados de almendra y vino blanco, tenían un sabor particular.

Elaboraba sus productos en solitario, en el interior de su propia casa, a la que nos adentrábamos a través de unos portones color beige, seguidos de otra puerta de cristal que siempre estaba abierta con sólo mover la manivela. Nos encontrábamos un pasillo, a cuyos lados, en las paredes, descansaban sacos llenos de harina, a la espera de ser mezclada con huevos, azúcar y otros ingredientes, convirtiéndose en exquisitos manjares, amasado todo con sus propias manos.

En unos pasos llegabas a la sala. Allí, nos esperaba imbuida en sus tareas, una mujer vestida de negro de estatura baja, cuya espalda se había ido doblando por el paso de los años. Siempre junto al horno y una chimenea. Creo que vivía sola. Algunas veces, tenía la compañía de su hermano, que debía vivir fuera de Hellín, pasando temporadas con ella.

En el centro de la sala, se encontraba una mesa amplia. Sobre ella, latas de magdalenas, pasteles rellenos de cabello de ángel y empanadillas. Al mirar aquella escena y conocer la grandeza de sus creaciones, apetecía rebuscar por los rincones, para hallar algún duende cómplice.

¡Todo estaba riquísimo! Por eso la mayoría de golosos la visitábamos con bastante frecuencia. Era un reguero de Hellineros, los que se desplazaban hasta la Cuesta de Los Caños, para comprar sus pequeñas obras, hechas al método tradicional. Consiguió que aquellos que probaran sus elaboraciones, ya no se conformaran con cualquier cosa.

La Bañona, nos acompañó durante muchos años. Al marcharse, nos dejó un poco huérfanos.

Pero, por suerte, la musa de los pasteleros, parecía haberse instalado en Hellín.

Callejas, se encontraba en la antigua calle de Correos. Un pequeño negocio familiar, atendido por, José Callejas Esparcia y Salvadora Mondéjar Muñoz, junto a sus tres hijos, desde el año mil novecientos sesenta y cuatro. José, fue un hombre amante de su profesión, enamorado de los detalles que le hicieron pasar muchos años entre coberturas de chocolate, hojaldres, cremas pasteleras, horneados y armoniosas composiciones. Arte que trasladó a su discípulo y yerno, Juan Moreno. Gracias al amor y la devoción por la tradición, el negocio se extendió, abriendo una nueva pastelería que ya ha cumplido treinta y dos años, en calle, López del Oro, siguiendo Paqui Callejas y Juan Moreno, con las sabrosas especialidades en los demandados rollos de milhojas, cuernos de crema, merengues y riñones de chocolate, recibiendo un premio muy reconocido a la empresa tradicional.

Como tradicional era y es Monterrey, también con el cariño de padres e hijos tras el mostrador, en el esmero de hacer y colocar ordenadamente los pasteles, sobre una bandeja de cartón, envolviéndolos con un papel blanco, que casi siempre llevaba impreso el nombre del lugar, sujetándolo con una fina cinta.

Pequeñas pastelería familiares, convertidas en negocios muy cercanos, casi de estar por casa, entre vainillas, guindas, nata y mermeladas. Afortunadamente, todavía siguen con nosotros, de manos de sus herederos, para recordarnos los sabores de toda la vida. Y es que, al degustar un pastel Hellinero, nos inundamos de cierta alegría, risas y besos… Por eso no hay nada como una imagen, que nos recuerde que el dulce, es la fruta de la pasión.

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