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La mayor paradoja de la historia

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La mayor paradoja de la historia

Antonio García

Hechos que revientan toda lógica, contradictorios y disparatados siempre se han dado y se darán, pero este que les voy a relatar me llama especialmente la atención por lo que además significa de metamorfosis, de transformación radical. De llamativa transmutación, cambio o mudanza.

Resulta muy curioso –y provocativo- que el nuevo socialismo, particularmente el neocomunismo, hayan reclutado e incorporado como banderín revolucionario para su causa a un grupo social que, paradójicamente, la izquierda más tradicional y ortodoxa odió, demonizó, maltrató y confinó en campos de concentración, más que ningún otro movimiento social o político: la comunidad homosexual.

Pero quisiera dejar bien claro, antes de seguir adelante, que este artículo no va contra las personas homosexuales, a las que respeto con todos sus derechos y libertades individuales. Solo haré referencia a lo que es la “militancia”, así como a la ideología homosexualista que contiene. Es decir, no me referiré al individuo, sino a aquellos que “ideologizan” la homosexualidad, haciendo de esa inclinación un panegírico, un alarde y una apología militante al servicio, consciente o inconscientemente de la izquierda internacional. Y todo lo que diré es rigurosamente histórico y constatable.

Los primeros en abominar de la sodomía fueron los mismísimos ideólogos del comunismo. Friedrich Engels, en carta dirigida a Karl Marx en 1869 sobre el problema homosexual le dice: <<Esto que me cuentas son revelaciones contra la naturaleza… Comienzan a multiplicarse y a darse cuenta de que ellos forman un poder dentro del Estado… Por suerte, nosotros somos demasiado viejos para ver su victoria…>>. Engels, en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, describe la homosexualidad como despreciable y degradante, mientras que Marx le respalda: <<La relación de un hombre con una mujer es la relación más natural de un ser humano con un ser humano>>.

Tras la revolución comunista rusa de 1917 la homosexualidad fue tolerada a regañadientes por Lenin, aunque desconfiaba mucho de la misma. Pero a medida que Stalin se imponía y adueñaba de la revolución, la sodomía no solo se convirtió en algo despreciable por la doctrina, sino combatida en la práctica. El Código Penal Soviético penó la homosexualidad en su artículo 121 con al menos cinco años de confinamiento en los Gulags. Entre 1934 y 1980, fueron condenados cerca de cincuenta mil homosexuales. Stalin lo tenía claro: el Estado socialista se proponía construir a la fuerza el hombre “virtuoso y viril” que la revolución necesitaba. El régimen impuso un nuevo rigorismo moral, como expresión de la ética proletaria del trabajo, y se prohibió la homosexualidad. Un caso llamativo fue el del director de cine Sergio Paradjanov, condenado e internado en campos de concentración en 1974. Un diputado italiano organizó en su defensa una conferencia de prensa el 29 de noviembre de 1977 en Moscú, con el fin de protestar contra el despiadado trato que el totalitarismo soviético infligía a los homosexuales. Pero esta normativa represiva se mantuvo vigente durante décadas, hasta que fue levantada en 1993, en tiempos de Boris Yeltsin, cuando la URSS ya había sido desarticulada el año anterior.

En la República Popular China, el otro gran santuario comunista nacido en 1949 tras la revolución de Mao Tse Tung, la homosexualidad fue igualmente objeto de persecución y castigo. Los homosexuales eran condenados no solo a penas de prisión y castración, sino a penas de muerte en casos de práctica reiterada. Se despenalizó en 1997 cuando China le comenzó a hacer guiños a la economía de mercado y a “occidentalizarse”.

En América, fue Cuba la pionera bajo la sentencia del dictador Fidel Castro, que rezaba: <<La revolución no necesita peluqueros>>. Y ahí fue cuando el totalitario mandamás le dio cancha a su obediente “fusilador” subalterno, el legendario Erenesto Che Guevara, para que diseñara, a partir de 1959 el tristemente célebre campo de concentración para castigo de sodomitas en la Península de Guanacahabibes, siniestra antesala de lo que el castrismo masificó en la isla bajo el programa de las

Unidades Militares de Ayuda a la Producción, mediante una política de represión estatal consistente en secuestrar homosexuales y someterlos a todo tipo de vejámenes, con el fin de “rehabilitarlos”. Bien claro lo dejó con estas palabras: <<Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista… Seré sincero y diré que los homosexuales no deben ser permitidos en cargos donde puedan influenciar a los jóvenes>>.

De manera que resulta altamente paradójico que durante el siglo XX muchos homosexuales se afiliaran al Partido Comunista de sus respectivos países. Y que el rostro del funesto Che Guevara sea exhibido y enaltecido en las manifestaciones homosexuales contemporáneas. Qué curioso, ¿verdad? Y ello con un claro epicentro: el paraíso humanitario del buen progresista occidental.

De manera que, amigos lectores, ríanse ustedes cuando algún progre les llame homófobos por el hecho de estar en contra la doctrina ideológica homosexualista y sus manifestaciones públicas, que no del respeto a la consideración y dignidad de la persona que sienta esa tendencia, como es mi caso y supongo que el de la mayoría de ustedes.

Después de todo lo dicho muchos se preguntarán: ¿Cómo es posible que en la actualidad el progresismo haga bandera de la defensa del homosexual? ¿Cómo es posible la exaltación y promoción del día del Orgullo Gay, por ejemplo, financiado con dinero público?

Todo tiene su por qué y, si Dios me lo permite, ese será el tema de un nuevo artículo. Porque la cosa tiene su intríngulis.

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