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La mayor mentira jamás contada y la mejor tragada (II)

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La mayor mentira jamás contada y la mejor tragada (II)

 

(Presuntamente)

Antonio García

Como el orden de los factores no altera el producto, se las voy a ir soltando conforme me vengan a la cabeza. Y voy a empezar con una anécdota: En una ciudad de EE.UU, tres chicas van a un centro hospitalario a hacerse los test coronavíricos. Llegan, les toman los datos, y a la cola. Pero la fila es tan larga y tardan tanto, que las chavalas se cansan deciden marcharse. A los pocos días reciben una carta cada una: las tres daban “positivo”.

Y vamos a por otra. Se supone que las mascarillas protegen del bicho mala folla. Pues veamos. He recopilado datos en persona personalmente en tres comercios locales que están al alcance de cualquiera de ustedes. En una tienda familiar y en dos “grandes superficies”, donde tienen a la venta los bozales. Me he molestado en leer las etiquetas de los paquetes que contienen varias mordazas cada uno. Textualmente uno que lleva esas azules plisadas dice: <<Mascarilla antipolvo. Material: Tela no tejida. La máscara no es un dispositivo médico… (Fabricado en China)>>. En otro modelo, blanca y más puntiaguda: <<Este producto no es un producto médico ni un equipo de protección individual (EPI). Esta mascarilla no es un producto médico y no protege de contagios>>. Y en la tercera, igual que la primera, azulita y plisada, cuya etiqueta viene escrita en rayajos y palotes cruzados a lo chino mandarín, sólo pone en español: <<Este producto es para uso no médico>>. Pero doy fe de que se las he visto puestas al personal sanitario. Y no digamos de las caseras. Conclusión: no somos más imbéciles porque no entrenamos. Aunque, bien mirado, el Estado se beneficia de la imposición “mascarera”: el 21% de IVA, por los millones de ellas que se venden… Es para entender su obligatoriedad. Así que, hagan ustedes de su capa un sayo.

Y vamos a por otra. Los famosísimos test PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa). Nos la han metido de tal manera, que hasta la población clama pidiendo que se hagan más y más, y culpabiliza de la extensión pandémica, entre otras cosas a su escasez. El pueblo soberano, alelado por la psicosis colectiva exige que se le hagan los test hasta al gato.

Pues bien, los dichos test son inservibles. No valen para estos fines. ¿Porque lo digo yo? No, porque lo dijo su propio inventor: Kary Mullis, doctor en bioquímica de la Universidad de Berkeley (California), que recibió el Premio Nobel de Química en 1993. Aseguró hasta la saciedad que la prueba de diagnóstico mediante PCR no sirve para medir cargas virales, porque lo que detecta es un fragmento del material genético de un patógeno o microorganismo cualquiera, es decir, lo que los virólogos denominan  exosoma (que nuestras células producen continuamente). Y dijo bien clarito en un congreso que <<habría renunciado al Nobel si hubiera sabido el uso que se le iba a dar a su invento>>. O sea, que fallan más que una escopeta de feria y dan falsos positivos de Covid19 a troche y moche –se calcula que entre el 50% y el 80%-, porque no es esa la finalidad del invento. Es decir, son inespecíficos, o no específicos para diagnosticar ninguna infección por virus. Detectan pequeños trocitos de ADN, pequeñas muestras que contienen unos 200 nucleótidos de los 30.000 de que consta, por ejemplo, un coronavirus. Y puede ser común a cualquier virus, hasta de un simple catarro. Lástima que el científico inventor muriese en agosto del 2019, no se sabe muy bien de qué.

Pero es que también lo dice la OMS en su informe del 9 de julio, que es una versión actualizada de la reseña científica que se publicó el 29 de marzo de 2020, corroborado por las autoridades sanitarias de diferentes países. Y si las pruebas no son válidas, los rebrotes no son tales. 

De donde se colige que “menos muertos” y menos “rebrotes”, Caperucita. Oficialmente se dice que 27.000. La contra habla de más de 50.000 (que no sé de dónde se lo sacan), pero yo me barrunto que ni lo otro ni lo uno. Aquí no hay colega que tenga ni la más puta idea de la gente que realmente ha podido morir a causa del dichoso Covid. Sobre todo teniendo en cuenta de desde hace  más de cuatro meses, nadie se muere en España de otra cosa, como venía siendo normal hasta ahora. ¿No se habían percatado ustedes? ¿No sabían mis queridos lectores que las instrucciones son adjudicarle el coronavirus a todo el que se va listo de papeles? Y creo que incluso en algunos lugares se “gratifica” la obediencia al “protocolo” (presuntamente). ¡Por favor! Llevamos meses sin gripes, neumonías, cardiopatías, cánceres… Meses sin que a nadie le dé un soponcio, un jamacuco, un patatús, un aziconque, un pequerreque… ¡Tó el mundo coronavirus! Pero entérense de esto: nadie puede asegurar, científicamente, que una persona haya muerto por Covid como causa fundamental.

Les voy a contar una anécdota (me cachis en la mar, se me acaba el espacio) que es ilustrativa de lo que está pasando con esta guerra de cifras: el doctor estadounidense Bernard Nathanson regentaba un negocio abortista. Confesó ser responsable directo de 75.000 abortos. Y nos cuenta la táctica empleada para convencer a la población cuando ayudó a fundar la Asociación Nacional para la Derogación de las Leyes del Aborto en Estados Unidos. Primero se hicieron con los medios de comunicación. Y después lanzaron mentiras una tras otra. Cuando las cifras reales no llegaban a cien mil abortos anuales, ellos publicaban que eran un millón. Si se producían al año de 200 a 250 muertes de mujeres por abortos ilegales en toda USA, la prensa repetía que eran 10.000… etc. <<A los 5 años conseguimos que la Corte Suprema legalizara el aborto, en 1973>>. Son las propias confesiones de un hombre arrepentido que terminó siendo uno de los mayores activistas pro-vida de la historia, convertido al cristianismo.

Aplicando el ejemplo, esta historia nos muestra a la perfección lo que el poder es capaz de hacer -en connivencia con los medios de desinformación- cuando quiere llevarse el pueblo al sembrao. Es decir, que se inflan las cifras a conciencia, dada la eficacia comprobada que ello tiene para engañar al personal y, en este caso, crear el acojono nacional. Hasta puede que un día se elija una fecha para conmemorarlo: <<31 de juliembre, Día del Acojono Nacional>>.

Bueno, esto se acabó por hoy, pero no crean que les voy a dejar en paz tan fácilmente.

(Continuará)

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