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La gran comedia

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La gran comedia

José Manuel Izquierdo Romero

Los grandes cómicos que hemos podido disfrutar en esta época de medios audiovisuales, como, entre otros, Charles Chaplin, los hermanos Marx o Cantinflas, la mayoría provenían del vodevil, el music-hall e innumerables actuaciones itinerantes en sus países de origen; para cuando ya se hicieron famosos se puede decir que estaban más que placeados por pueblos y ciudades de todo tipo y condición. En España tenemos un ejemplo que nos ofreció magistralmente Fernando Fernán Gómez en la novela y adaptación a película titulada El viaje a ninguna parte, en la que somos testigos de las vicisitudes de esa vida sin rumbo ni casa fija, en un continuo aprendizaje sobre el oficio de la interpretación. 

En nuestro teatro contamos con un ejemplo temprano con Lope de Rueda que nació en Sevilla sin saber bien cuándo y falleció en Córdoba, se cree que en 1565-1566. Sí se tiene constancia documental de un itinerario farandulesco por Segovia, Sevilla, Valencia, Toledo, Madrid, Córdoba, etc. Lope de Rueda era actor y autor de la mayoría de lo que representó, principalmente entremeses, que eran obritas que se intercalaban entre los tres actos de las Comedias, de más larga duración, en nuestro Siglo de Oro. Al ser un trotamundos, conocía muy bien los gustos populares y creó breves escenas cómicas con títulos que ya reflejan el tono: Pagar y no pagar, Cornudo y contento, El rufián cobarde… En el aspecto dramático destaca que los personajes van torpemente de error en error con engaños, burlas, y así el espectador debe mantener la atención para no perderse lo que está representándose a un gran ritmo visual y auditivo, con diversos efectos escénicos como caídas, golpes e incluso improvisaciones. Un espectáculo cómico en el que la risa está garantizada. 

La Commedia dell´arte italiana sería un paso más en esta dramaturgia de improvisación, comicidad, rapidez de acción y otros elementos que aseguran un rato de carcajadas. Tienen un origen carnavalesco en el uso de las máscaras ¿Quién no ha oído hablar de Arlequín o de Polichinela?, dos de los criados más conocidos de este género. Los actores antes de salir a escena leían unos pequeños textos (había cientos) que ofrecían unas someras pautas para luego desarrollar su arte escénico personal incluido la improvisación, elemento imprescindible. Pongamos un ejemplo de estos llamados lazzi o breves textos indicativos: “Sale a escena un rico veneciano… escenas de confusiones y palizas… se atropellan entre sí. Al final hay una pacífica reconciliación, y actores y espectadores se unen en un baile”. Algo que parece sencillo da paso a una representación completa gracias al buen hacer, a la experiencia de los intérpretes que preparaban su trabajo con esperado rigor. 

Finalmente queremos hacer mención a Jean Baptiste Poquelin, más conocido por Molière, de cuyo nacimiento se cumplen 400 años este mes de enero. Molière puede ser perfectamente considerado como un monstruo (en el mejor de los sentidos), un coloso del escenario. Gran conocedor del teatro en todas sus facetas como actor, creador, empresario, etc. Se pateó literalmente toda Francia con su troupe de artistas y al igual que Lope de Rueda conocía muy bien los gustos de todo tipo de público, desde el paisano en el pueblo más remoto hasta cuando actuaba en la corte del rey de Francia. Su arte y conocimiento hizo que diese en la tecla en la creación de un humor universal que traspasa fronteras y épocas. Verlo en el escenario habría sido toda una fiesta de los sentidos, saltaba, reía, lloraba, refunfuñaba, utilizaba la mirada, los gestos, de forma magistral para que sus caricaturas resultasen creíbles, para sacar la risa, la carcajada al vernos reflejados en la representación y conseguir un espectáculo teatral completo. Enseñar deleitando. 

Recomiendo la lectura de Molière en estas fechas para desde luego pasar un buen rato. Las ediciones de la Colección Austral, de Planeta o de Letras Universales, de Cátedra donde la traducción está muy cuidada, además tienen un estudio previo inicial en el que nos cuentan sobre la vida y proceso creativo del autor y sobre todo ofrece unas pautas sobre la lectura, y unas claves como esta: “Fiesta para los sentidos, el teatro de Molière lo es también para la inteligencia. Su comicidad va siempre más allá… una permanente invitación a la reflexión” (Molière. El avaro. El enfermo imaginario. Cátedra, Letras Universales, 2006). ¡Qué lo disfruten! 

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