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La Cumbre del Clima y el pedo

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La Cumbre del Clima y el pedo

Antonio García

Para todas las mentes escrupulosas y refinadas, quiero hacer una importante aclaración antes de entrar en faena: aunque el título les pueda parecer un tanto ordinario, este artículo se basa en rigurosas comprobaciones científicas y, por tanto, completamente serias. Además de que `puede conllevar, qué duda cabe, un cierto sentido escatológico.

La Cumbre del Clima celebrada en Madrid ha resultado un fracaso, como no podía ser de otra manera. Y no respecto a la organización, que en España estas cosas las hacemos muy bien, sino por su absoluta carencia de resultados positivos. Desde que entró en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC), con la de Madrid ya van veinticinco. Ninguna ha servido para nada, y lo que te rondaré, morena. Aunque el pobre clima, convertido en un monigote de políticos, ideólogos, aprovechados y chupatintas no tiene la culpa. Ningún país industrializado va a renunciar a sus emisiones e intereses particulares. Y ninguna sociedad va a estar dispuestas a ver rebajar sus expectativas de confort. Lo que no “pué” ser, no “pué“ ser, y además, es imposible.

Pero yo quería tirar por otros derroteros, completando el profundo análisis que ya les hice en un anterior artículo respecto a la forma en que los humanos “contaminamos”. Y que desde luego es un escollo insalvable si, como ya adelanté, no se reduce drásticamente la población mundial. Cosa en la que muchos están empeñados.

Ustedes, queridos lectores, habrán oído hablar de la famosa “Huella del Carbono”, que no es ni más ni menos que un indicador ambiental que busca contabilizar la totalidad de “gases de efecto invernadero” emitidos por la actividad humana. Primero les diré que no se dejen impresionar por el término “efecto invernadero”, que siempre ha existido y además es necesario. Los rayos del sol calientan el suelo de la Tierra que, a su vez, emite una energía -tras haber sido calentado- que se perdería en el espacio si no hubiese en la atmósfera ciertos gases que retienen parte de dicha energía, la irradian hacia el interior y nos mantienen calenticos. Y segundo, que existen en la atmósfera unos seis gases responsables de este efecto –entre un montón más-, pero mira por donde se la está cargando el CO2, cuya concentración atmosférica es de un 0,04%. E incluso el metano, que representa un 0,000179 %.

Y aquí es donde entra de nuevo la acción del hombre y su contribución al “desastre climático”. Ya hablamos de la respiración humana, pero hoy hablaremos de otra manifestación, prosaica pero natural e irremediable: el pedo y su impacto ambiental.

Técnicamente se llama “flatulencia”, pero es más conocido como pedo, peo o simplemente gas. A veces, también se le denomina “cuesco”. En definitiva, consiste en una mezcla de gases intestinales que es expulsada por el ano, con una variada gama de sonidos y olores característicos. Pues bien, la flatulencia humana está compuesta –de más a menos- por nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono o CO2, metano y oxígeno. Dicho esto, hemos de hacer algunos cálculos para darnos idea del alcance de nuestra propia “huella climática”. Para ello emplearemos estudios rigurosamente científicos. Se sabe que las personas se ventosean más de diez veces al día, y que a través de sus pedos puede expulsar hasta dos litros de gases. También se sabe a ciencia cierta que las personas que viven a nivel del mar, se peen menos que las que viven en altura. Un valenciano que resida cerca de la playa, produce una media de 15 pedos al día. A una altura de 7000 metros, la producción puede llegar hasta ciento treinta emisiones gaseosas a jornada completa. De ahí que las compañías aéreas incorporen filtros de carbón en el aire acondicionado de sus aparatos, para absorber el tufo de los cuescos y hacer posible viajar en avión.

Si tomamos como media la cifra de 25 flatulencias al día y la multiplicamos por los siete mil millones de habitantes de la Tierra, obtendremos como resultado que en el planeta se expelen al día 175.000 millones de pedos. A pesar de lo cual no se desvía de su órbita. Pero sigamos. ¿Cuánto gas lanzamos a la sufrida atmósfera? Sencillo: dos litros por persona, por el total de habitantes terráqueos, resultan 14.000 millones de litros de gas hediondo. Y como resulta que en la composición del pedo un 20% es CO2, vertemos a la atmósfera 2.800 millones de litros de dióxido de carbono al día, que por 365 días, nos da más de ¡un billón! de litros de gas invernadero al año. Lo que supone en peso ¡más dos millones de toneladas! ¿Se van ustedes dando cuenta del desastre ecológico que producimos las personas?

Pero ojo, que ahora viene la más gorda. El ganado produce cerca del 20% de media de las emisiones mundiales de metano, otro gas de efecto invernadero. El mayor componente del famoso gas grisú de las minas. Concretamente en España es responsable del 36% emitido, según datos del Ministerio de Agricultura, lo que se traduce en cien millones de toneladas. ¿Cuánto contamina el cuesco de una vaca? Aunque aquí en realidad hay un mito, porque del noventa al noventa y cinco por ciento de las emisiones de estos beneficiosos animales lo exhalan o eructan. Pero el resultado es el mismo. Además, el efecto invernadero de este gas es treinta y cuatro veces mayor que el del CO2.

Y esto solo de parte de las vacas. Si contamos con el resto de animales domésticos, y si a ello le añadimos la fauna salvaje y hacemos los cálculos pertinentes, puede que nos de un telele. ¿Se lo imaginan? Vacas, caballos, burros…, elefantes, camellos, jirafas…, hasta especies marinas que también se peen, como calamares, pulpos, sepias… O sea, el escenario se haría insoportable. Apocalíptico.

Para terminar convendría, ya puestos, deshacer algunos mitos. Cuando encuentren a alguien que les diga que nunca se pedorrean, díganle falso y mentiroso. Todo ser vivo lo hace. Incluso los hay que emiten flatulencias hasta unas horas después de muertos. Y si alguien cree que las mujeres se peen menos que los hombres, que se quite esa idea de la cabeza. La única diferencia es que muchos hombres presumen de ello.

De manera que, si la civilización no está dispuesta a taponar las chimeneas de sus fábricas, y los seres vivos no podemos evitar lo inevitable –hasta sería desaconsejable y dañino-, ¿de qué va tanto escándalo climático y tanto intentar acojonarnos?

Lo que sí les pido a todos, sea cual sea su actividad pedorril, es que seamos respetuosos con la madre Naturaleza. Y a los gobiernos, menos cuento y más medidas reales y eficaces contra la contaminación de los mares, tierra y aire.

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