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La Cabaña

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La Cabaña

Por Sol Sánchez

Era una niña de cuatro o cinco años cuando cogida de la mano de mis padres y junto a mis hermanos íbamos a La Cabaña en la calle López del Oro. Manolo, el dueño era por aquellos años un joven lleno de vida e ilusiones. Un joven que desde el mismo momento en el que los niños entrábamos por la puerta, él nos regalaba una sonrisa tierna junto a un gesto de complicidad. Y es que en nuestro pueblo nada carecía de identidad. Los lugares estaban llenos de familiaridad y nosotros, esa gran hornada de pequeñajos que íbamos llegando a Hellín formábamos parte de la gran familia hellinera.

Una vez dentro de La Cabaña, sentada en una silla con una Pepsi en mis manos y sin que mis pies aún pudieran tocar el suelo, yo miraba a Manolo en ese brío que lo movía de un sitio para otro atendiendo a sus clientes, pendiente de los detalles, hablando con la gente, sirviendo cervezas y platos con tapas por los que poco a poco se nos iba pasando la vida.

Me convertí en una adolescente que subía y bajaba por esa calle en busca de sueños y a Manolo se le iba cubriendo su pelo de canas en el mismo lugar, a veces asomado al ventanal de La Cabaña para mirar el devenir de su querido pueblo, siempre amable y atento, siempre trabajando. Los días que muy temprano me tocaba ir a trabajar a las instalaciones de la Cadena Rato en el edificio del cine Gran Vía, Manolo ya estaba abriendo La Cabaña con su peculiar amabilidad. Algunas noches en las que volvíamos más tarde a casa los fines de semana, Manolo cerraba su bar tras una larga jornada. En Semana Santa, Manolo con su paño sobre el hombro atendía a sus parroquianos y se le veía tan feliz. Mi padre le tenía una gran estima y siempre hablaba muy bien de él. Manolo me recordaba a la figura paternal que hoy tanto extraño. A los hellineros que dignamente se ganaban el pan con el sudor de su frente para darle lo mejor a sus hijos. Por todas esas cosas sencillas fui tomándole un cariño a la imagen de ese hombre y eso que solamente he intercambiado a lo largo de mi vida dos palabras con Manolo: hola y adiós. En cambio podría decir que a través de un lenguaje sin palabras yo he ido aprendiendo cosas del Manolo enigmático que en silencio sabía escuchar a los demás. Cuando en mi vida he tenido que demostrar perseverancia me ha venido a la mente su imagen. Cuándo he mencionado las cualidades que caracterizan a un auténtico hellinero, me he acordado de Manolo. Cuando miro atrás y busco el brillo de ese Hellín de la infancia, Manolo forma parte de ella, de su calle, de sus gentes, de sus fiestas, de una Cabaña que era

un mundo, una patria, que nos ofrecía calor en los fríos inviernos, la calidez de la familia, los amigos y los instantes de un hombre al que yo como niña miraba con admiración.

Manolo es un hellinero que afortunadamente consiguió su jubilación y comencé a encontrarlo en los caminos que rodean a nuestro Hellín. En sus largas caminatas en solitario bajo los días del invierno, bajo el sol del verano de nuevo volvió a llamar mi atención. Estoy convencida que ha aprendido mucho sobre la vida mirando las hojas que caen en los otoños y en los brotes que despuntan cada primavera. Cada vez que me cruzo con él lo miro todo lo que puedo a través del espejo retrovisor y pienso más aún que Manolo es un hombre con importantes valores y un gran mundo interior. Estoy segura que en La Cabaña aprendió a conocer a las personas y hoy aprende de la naturaleza, maestra de los hombres sabios.

Hace un rato me he encontrado con una foto suya y al mirar su cara he comprendido que Manolo es un hombre que siempre será entrañable para mí. ¡Qué curioso! Personas que sin pretender hacer nada… te enseñan tanto. Una persona que a lo largo de la vida me ha entregado sonrisas que sin darme cuenta guardé, dejando hoy un poso de ternura en mi corazón. Será por estas cosas importantes para mí que tanto añoro a mi Hellín del ayer y que afortunadamente muchos de esos hellineros que fueron para nosotros un referente aún están ahí con ese sello único y especial.

Espero que Manolo tenga muchas sendas por recorrer y que aquellos que creemos en las verdaderas personas sigamos aprendiendo de él, encontrándonoslo en los caminos que nos llevan a todas partes y a ninguna a la vez. Y si no soy capaz de parar el coche y decirte lo que pienso, te lo digo desde este rincón:

¡Manolo gracias por ser un auténtico Hellinero y formar parte de una Cabaña de emociones! Por recordarme a mi padre, que siempre decía de ti:

“¿Manolo el de La Cabaña? Es un tío mu majo, hombre”.

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