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La bellísima historia de la Creación (y II)

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La bellísima historia de la Creación (y II)

Como decíamos en el artículo anterior, la pregunta por el origen de todo, por lo que hubo en un principio es consustancial al hombre, cimentada en su propia naturaleza que quiere saber: ¿Qué es esto? ¿De dónde viene? ¿Qué había antes?… Israel tenía fe en un solo Dios Creador, y encontró su más bella expresión literaria en el poema de la Creación, que figura al principio de la Biblia. Contiene clara una verdad que se revela a lo largo de todo el relato: el universo, con todas sus maravillas y misterios, ha sido creado por el único Dios y es la manifestación de su sabiduría, de su poder y de su amor.

Nos habíamos quedado en el relato del “segundo día” de la Creación. Avancemos pues. De momento solo hay agua abajo y una bóveda encima que evita que caigan las aguas que están allá arriba.

Para los antiguos, el mar está donde está porque Dios le dio una orden: tu sitio es ese, y de ahí no puedes salir. Y entonces quedó tierra seca por un lado, y los océanos por otro. <<Dijo Dios: Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco; y así fue. Y llamó Dios a lo seco “tierra”, y al conjunto de las aguas los llamó “mares”; y vio Dios que estaba bien>>. Entonces, en esa tierra seca, comienza Dios a poner vegetación: hierbas, árboles frutales…, que van a ser necesarios para que luego puedan vivir los animales. <<Y atardeció y amaneció: día tercero>>.

Llega el cuarto día y el Padre amoroso empieza a decorar la mansión que está preparando. <<Dijo Dios: Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; y valgan luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra. Hizo Dios dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas. Y atardeció y amaneció: día cuarto>>.

Y todo está en la bóveda transparente. Las estrellas, el sol y la luna eran importantes para los israelitas, para darse cuenta de que no era verdad que los astros fueran dioses. Que no era verdad que dirigían los destinos humanos. Que toda la astrología es puro cuento. Y que los astros son servidores de Dios y servidores del hombre. Y sirven para marcar estaciones y que pueda haber un calendario con fiestas religiosas, y que pueda haber orden en la vida. Al Señor le llaman el Dios de los ejércitos, no porque sean ejércitos armados con espadas, sino porque es el ejército del cielo.

El quinto día dijo Dios: <<Bullan las aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste. Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies… Y atardeció y amaneció: día quinto>>. Y las aguas se vieron pobladas de una gran variedad de seres vivientes y las aves surcaban los cielos y se posaban sobre lo árboles.

Y llega el sexto día. Creó Dios a todos los seres que habitan la superficie de la tierra. Primero fueron los animales y por fin, con la casa completamente preparada, creó al hombre a su imagen y semejanza, finalidad suprema de toda su obra.

He aquí pues una bella parábola de un Dios que hace todo con orden para el bien del hombre. Lo que se contrapone radicalmente a la creencia pagana, que decía que la tierra era lo primigenio, y que de la tierra nacían los dioses. Dioses que no poseían omnipotencia y que además no se aguantaban los unos a los otros, con sus insidiosas maquinaciones, intrigas y compitiendo y luchando entre sí y con los humanos. Creencia que queda borrada en el relato bíblico. Un relato que nos enseña cómo Dios lo hace todo para el ser humano. Somos los únicos capaces de conocer a Dios y obrar libremente. Por eso somos su imagen y semejanza.

Así pues, volvemos a la pregunta: ¿Ciencia o Biblia? Pues las dos. Tengamos en cuenta algunas cosas. Se calcula que el Génesis fue escrito alrededor del año 1400 antes de Cristo. Y por otra parte, no olvidemos que para describir este drama, los autores inspirados no recurrieron a formulaciones abstractas o científicas impensables para ellos. Lo hicieron por medio de una serie de relatos convenientemente ordenados, de hondo contenido simbólico, que llevan la impronta del tiempo y de la cultura en que fueron escritos. Por eso, al leer estos textos, es imprescindible distinguir entre la verdad revelada por Dios, que mantiene su valor y actualidad permanentes, y su expresión literaria concreta, que refleja el fondo cultural común a todos los pueblos del Antiguo Oriente. Con las expresiones literarias y los símbolos propios de la época en que fueron escritos, esos textos bíblicos nos invitan a reconocer a Dios como el único Creador y Señor de todas las cosas. Reconocimiento que nos hace ver el mundo, no como el resultado del azar o de una ciega fatalidad, sino como el ámbito creado por Dios para realizar en él su Alianza de amor con los hombres. La consumación de esa Alianza serán el “cielo nuevo” y la “tierra nueva” inaugurados por la Resurrección de Cristo, que es el principio de una nueva creación.

De manera que, cálmense los “ultraevolucionistas” y los “ultraliteralistas”. El cuerpo humano está hecho de materia preexistente en la tierra, a la que Dios le infunde el alma. Lo que constituye la única y verdadera base de la dignidad del hombre. Y la Iglesia no se opone ni a la ciencia ni a la evolución.

Pío XII abrió la puerta a la idea de la evolución y dio la bienvenida a la teoría del Big Bang. Juan Pablo II, en 1996 sugirió que la evolución era “más que una hipótesis” y “un hecho probado con eficacia”. Y el Papa Francisco nos dice que: La evolución en la naturaleza no es incompatible con la noción de creación, ya que la evolución requiere de la creación de seres capaces de evolucionar. Ha explicado que las teorías científicas no son incompatibles con la existencia de un creador sino que, al contrario, “la requiere”.

Otra cosa muy distinta es el “evolucionismo materialista y ateo”, que prescinde absolutamente de Dios. Por cierto, en franco retroceso.

Y colorín, colorado, espero que les haya gustado.

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