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La bellísima historia de la Creación (I)

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La bellísima historia de la Creación (I)

Antonio García

El hombre es el único animal capaz de hacerse preguntas. El único que es consciente de sí mismo y del mundo que le rodea y por tanto, el único que busca explicaciones. Por qué, para qué, de dónde, hacia dónde… Es consciente del devenir del tiempo y de que existe un pasado y un futuro. Y de que todo tiene un origen y un fin, aunque en muchas ocasiones no sepa darle un sentido a su existencia.

Cuando un explorador descubría un río, no tardaba en preguntarse: ¿de dónde viene?, ¿dónde nace?, ¿en dónde desemboca? Y solía embarcarse en una tarea exploradora -buscar respuestas a sus preguntas-, que podía llevarle toda una vida.

En estos artículos quisiera tratar con ustedes, amigos lectores, de un hecho fundamental que tiene mucho que ver con esa inquietud humana. Pero no desde las teorías científicas, sino desde la Biblia, que comienza relatándonos, en su primer libro, el Génesis, cómo se desarrolló la creación del Universo, hasta llegar a la obra cumbre del Creador: el hombre. Porque el hombre fue, desde un principio, la razón última de todo. El Universo entero no se justifica si no es por la existencia del ser humano. Porque a Dios no le entretiene estar viendo cometas, estrellas y planetas moviéndose de aquí para allá.

Pero si somos creyentes y católicos se nos presenta un problema de principio, una dificultad para la mente del hombre de hoy que hemos de solventar. El Génesis nos dice que Dios creó el Universo y cuanto contiene en seis días. ¿Cómo conciliar esto con los conocimientos que hoy nos ofrece la ciencia? Según esta última, la edad del Universo, originado tras la gran explosión, el Big-Bang, podemos cifrarla en unos 13.700 millones de años aproximadamente. La tierra apareció hace 4.600 millones de años. La vida en la tierra surgió hace unos 3.500 millones de años y la especie Homo, con rasgos ya muy similares a como lo conocemos ahora, no va más allá de unos doscientos mil años. Han existido y hasta convivido varias especies de Homo, pero todas terminaron extinguiéndose hasta que hace unos 25.000 años, quedó el definitivo Homo Sapiens. El que hoy conocemos como “el hombre”.

Pero este problema se soluciona si desde un principio tenemos en cuenta, con total claridad, que el Génesis no es un libro científico, ni pretende explicar científicamente el origen del Universo. La Biblia no nos enseña ciencia, que es un trabajo que han de llevar a cabo los científicos. Decía San Agustín que la Biblia no nos dice <<cómo van los cielos>>, sino <<cómo se va al Cielo>>, que es lo más importante para los creyentes.

Y de la misma manera que no le podemos pedir a la Biblia que nos enseñe ciencia, tampoco podemos pedir a la ciencia que nos enseñe teología. Ambas son dos formas válidas de conocer, pero ninguna de ellas abarca todo el conocimiento humano.

La Biblia se escribió para instruir sobre ideas de valor teológico a gentes que no tenían ninguna base científica. ¿Se imaginan ustedes hablarles de átomos, microbios, fuerzas de la materia, composición de las estrellas…, a unas gentes nómadas de hace cinco mil años? Algo así como hablarme a mí en chino mandarín. Así pues, no debemos de buscar en la Biblia lo que no hay y que además no sería comprensible por aquellos a quienes iba dirigida.

¿Qué se nos dice en el Génesis? Se nos dice, de una manera muy hermosa lo que era importante para la gente de aquel entorno y de aquel tiempo y nivel cultural. Nos dice que Dios es el Creador de todas las cosas, que todo cuanto hay de orden y de bueno viene de Dios, y que todo está dirigido al bien del hombre, porque el universo está hecho para nosotros. Para que nosotros podamos conocer a Dios y finalmente participar de su vida y de su felicidad. Y lo dice con una parábola muy bonita: Cómo un Padre prepara una casa para sus hijos. Y la Biblia nos cuenta cómo Dios prepara la casa para el ser humano, que va a ser imagen viviente de Dios. Y por ser imagen viviente, merece el nombre de hijo.

Y así, en esos seis días de la creación, hay tres días primeros en que se prepara el terreno, el entorno para la casa y otros tres días en que se amuebla.

<<En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La Tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo…>>. Para un israelita, el caos por excelencia era un mar alborotado. Un mar tenebroso, siniestro, misterioso. Oscuro. Así pues, el primer paso del Creador inteligente fue: <<Que haya luz. Y hubo luz. Y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz “día”, y a la oscuridad la llamó “noche”. Y atardeció y amaneció>>.

Pero, ¿de dónde viene la luz, puesto que no hay estrellas, ni hay sol? Da igual, a aquella gente no le importaba. Dios hace que haya luz y punto, ¿por qué ha de ser del sol o de las estrellas? Y Dios separa un período de luz de un período de tinieblas. Y tenemos el “primer día”. ¿Y qué es un día? Pues un período de luz seguido de un período de tinieblas. ¿Tiene que tener veinticuatro horas? En absoluto, eso no era importante.

Y llega el “segundo día”. Hay que crear un espacio, hacer un hueco en ese amasijo confuso que parece ser todo un mar revuelto y proceloso.

Los antiguos tenían una idea muy ingenua y bucólica del motivo de la lluvia: llueve, porque hay agua allá arriba, y se cae. Y si se hace un pozo y aparece agua es porque hay agua allá abajo. Parece pues que el mundo es como una especie de cueva dentro de un entorno de agua. Pero para que exista ese espacio libre hay que hacer una bóveda, que no se ve porque es transparente pero que contiene a las aguas de arriba para que no caigan. Y debe haber otro lugar abajo para que contenga el agua restante.

<<Dijo Dios: Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras. E hizo Dios el firmamento; y apartó las agua de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento “cielos”. Y atardeció y amaneció. Día segundo>>.

(Continuará)

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