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Hablemos del gobierno

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Hablemos del gobierno

Antonio García

En realidad el título no corresponde a lo que quiero decir, porque, ¿de qué gobierno vamos a hablar? No será del de España, desde luego, ya que en estos momentos lo único que parece un simulacro del mismo es la pandilla de vagos y maleantes que ocupan –provisionalmente- la presidencia y las carteras ministeriales. O sea, que desde junio del año pasado nuestra nación está sin quien realmente la gobierne, debido a que, lo que ha hecho uno que está viviendo en la Moncloa no es gobernar. O sí, si es que ello consiste en crear problemas, enfrentar a la población y mantenerla en vilo. Además de gastar más de lo que ya se venía gastando en enriquecer al atajo de chupasangres que manejan nuestros dineros a su antojo. La situación que en estos momentos estamos viviendo en España es grotesca y estrafalaria, además de vergonzosa. Vámonos de vacaciones que a la vuelta lo resolveremos, pero aquí nadie deja de cobrar. Cosa que, por cierto, inventó Franco: las vacaciones pagadas. Pero no se queden con esto último que lo he dicho sin intención.

Ya decía Platón que <<allí donde el mando es codiciado y disputado no puede haber un buen gobierno ni reinará la concordia>>. Y le doy la razón al filósofo aunque haga veinticuatro siglos que no se encuentra entre nosotros. Acceder a la gobernanza requiere cierto nivel de disputa, entendida como sana y lógica competición ó combate por convencer de la bondad de un proyecto de gobierno. Pero codiciar es otra cosa. Y eso es lo que más resalta en esta farsa teatral de aspirantes: la codicia del poder. El deseo ansioso del mando, la riqueza y resto de prebendas que conlleva el cargo. La codicia está reñida con el espíritu de servicio. Vocación de servir a los demás, es decir, al pueblo, no es lo que se refleja en esa ansiedad, esa fatiga casi angustiosa de ciertos personajes, en especial de uno que, habiendo paladeado la erótica del mando –con resultado infausto- está dispuesto a pactar con el diablo, si preciso fuere, para convertirse en el látigo perenne de nuestros destinos. El dominador absoluto de lo público y lo privado.

Nuestra Constitución dice que cualquier español mayor de edad puede convertirse en presidente de la nación. Y efectivamente está siendo demostrado: puede ser presidente “cualquiera”. De hecho, a las pruebas me remito. Al igual que “cualquiera” puede ser aspirante, cabeza de un partido político o gallito de la oposición.

Después de dos intentonas fracasadas, es llegado el período del mercadeo, del regateo, de los pactos entre bastidores. De las mejores estrategias para estafar a los españoles sin que se den cuenta. Sabido es que en una negociación hay que hacer ciertas concesiones. Lo que no se puede es comerciar, comprar o vender valores éticos, principios determinantes que sean básicos y definitorios de un programa político, ni aún a cambio de lo que algunos opinantes llaman “la gobernanza”, la “estabilidad política”. Además, por supuesto, de regalías y prebendas. Porque eso tiene un nombre: engaño a los votantes, hayan sido pocos o muchos.

Podríamos y deberíamos hacernos todos esta pregunta: ¿Qué cualidades debe reunir un buen gobernante? Claro, que esto conllevaría dejar a un lado la parcialidad que nos domina y olvidarnos por un momento del partido al que “pertenecemos”. Pero veamos si por un momento podemos estar de acuerdo.

Aludiendo de nuevo a Platón: <<Formar un buen gobernante exige además recurrir a los principios generales: elegir a los individuos que tengan un carácter noble y recto, educarlos en los principios de la virtud y la justicia enseñándoles a discernir el bien del mal>>. El problema es que no tenemos escuela para futuros gobernantes, ni la “partitocracia” estaría por la labor, pues aquélla solo exige imbuirse de una ideología concreta y ser hábil para escalar puestos dentro del partido. Mas no obstante, podemos elucubrar y referirnos a determinadas cualidades, fáciles de consensuar.

Honestidad, competencia, integridad, capacidad de liderazgo, transparencia, nobleza, rectitud, ecuanimidad, visión de futuro. Respeto a la nación, su cultura, sus creencias. Conocimiento exhaustivo de las necesidades reales del pueblo, disposición de servicio para todos los gobernados. Humildad, saber reconocer sus errores y tener la

capacidad de rectificar. Y por supuesto amor, mucho amor a la Patria. Añadan. El problema es: ¿dónde están? Sabemos, por puro realismo, que el tarro de las esencias no lo puede llenar nadie, pero también está claro que con el actual sistema no siempre, o al menos no siempre nos gobiernan los mejores. Incluso se da el caso de que nos gobiernen los más nefastos. Votamos a partidos políticos, o sea, a sociedades anónimas en que, la mayoría de las veces, no tenemos ni idea del currículo de sus accionistas mayoritarios ni de sus administradores. Ni qué cualidades y valores adornan personalmente a aquél que el partido propone para la presidencia de la Nación.

Pero además se da otro curioso fenómeno: los votantes nunca nos sentimos responsables de los fracasos, maldades y desatinos del gobierno que hemos votado. Así que, pase lo que pase en Septiembre y después, la culpa de todo siempre la tendrán ellos, por no saberse poner de acuerdo. Evidentemente en el “ellos” no está comprendido el partido de mis entretelas, al que yo he entregado mi confianza para que nos haga felices y, a ser posible, ricos. El único que puede lograrlo. Solo en algo existe consenso absoluto: subirse los sueldos cada legislatura. Y no poco. ¿Pueden haber ladrones de guante más blanco?

Un paréntesis para decir que de todo lo dicho, líbrese el que pueda. Y si hay excepciones al putiferio montado, aún no les ha llegado la hora.

Todo esto, el pueblo soberano podría remediarlo si quisiera y supiera. Pero la suerte está echada y, para ser sincero, no creo en los cuentos de hadas.

Feliz veraneo y, para otoño, “que Dios nos pille confesados”. Hablaremos del gobierno.

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