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¿Hablamos de “valores”?

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¿Hablamos de “valores”?

 

Antonio García

Por hablar de algo, porque este veranito que llevamos me tiene la sesera más reblandecida de lo habitual. Y además, nos evitamos hoy meternos con tanto facineroso, delincuente, prevaricador y demás malhechores de guante blanco de los que España es tan fértil. Pero primero deberíamos precisar los términos, porque ya sabemos que en esta tan rica lengua nuestra, una palabra puede significar varias cosas, o varias palabras pueden referirse a lo mismo, resaltando diversos matices.

La Academia define “valor” como el grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite. Aunque si nos ponemos académicos, podemos encontrar por lo menos una docena de acepciones y como mínimo, otras cuantas expresiones que, con una palabra complementaria, le dan a este sustantivo un uso más que apreciable.

Todas las cosas tienen un valor en sí mismas pero, justo es reconocer, que el verdadero valor se lo da el individuo o la sociedad que reconocen en la cosa cualidades que le satisfacen. Por múltiples razones que dependen de la psicología de cada quién, así como de su formación, experiencias, etc.

Por poner un ejemplo de lo más vulgar: el coche. Para unos primará la amplitud, para otro el reprís, otros se fijarán más en el bajo consumo, etc., etc. El decir, que el objeto coche posee unas cualidades, unos valores que le hacen apetecible, deseable, según el acomodo o la exigencia de cada conductor.

Pero aquí no vamos a hablar de “cosas”, dado que esto no es una gaceta de economía. Afortunadamente, porque en ese caso yo no tendría cabida en sus páginas. De manera que les propongo tratar de “valores humanos”.

Imagínense que estamos sentados formando un corro y charlando distendidamente, con una pizarra a mano para ir anotando cada intervención. Se nos propone que cada uno, así, bote pronto, digamos un valor humano que consideremos importante. Sin ser exhaustivos, creo que la lista podría ser más o menos ésta: honradez, gratitud, prudencia, sensibilidad, amistad, respeto, responsabilidad, fidelidad, solidaridad, valentía, sinceridad, generosidad, amor…, y así hasta darle unas cuantas vueltas al corro. Estoy por asegurar, sin temor a equivocarme, que todos estaríamos de acuerdo con cada una de las aportaciones individuales. Porque esos, y otros muchos, son las dotes, cualidades, los valores que apreciamos. Sobre todo en los demás. Bueno, esto último no es cierto del todo ni siempre, pero sí a menudo. Quiero decir que, para que el “otro” nos sea aceptable, nos convenga, le pedimos que sea sincero, honrado, respetuoso, generoso… conmigo. Una exigencia al otro que suele ir por delante de lo que nos exigimos personalmente. ¿No se han fijado en lo fácil que es analizar y catalogar al prójimo y lo difícil que es “desnudarse” uno ante sí mismo?

Pero bien, damos por sentado que esas cualidades o valores son aceptados por todos y que además forman el ideal teórico contra el que nadie osa discutir. Constituyen “el modelo”. El ideal de persona. Y por supuesto, constituyen todas o la mayoría de las cualidades que nos adornan a cada uno de nosotros. Faltaría más.

Y luego viene la realidad. Así por ejemplo, cuando educamos al nene le decimos que lo importante en la vida es el triunfo material, que antes de que te pisen pisa tú, que tú a lo tuyo y los demás que se apañen. Porque decirle que ascienda sólo por su trabajo y sus méritos parece una mariconada. Porque la vida es competencia y si no sacudes te sacuden. Y que tú a lo tuyo y no te metas en líos, aunque veas que el mundo se hace añicos a tu alrededor. Que tú no vas a arreglar nada, y que para eso están los políticos. O algo tan sencillo y prosaico como que si ensucias la calle, ya la limpiará el Ayuntamiento, que es su obligación. O poner verde al profesor porque el nene ha suspendido. O darle todo cuando pide por su boca sin enseñarle que las cosas cuestan y hay que ganárselas. O enchufarle en un partido político y ver si llega a alcalde o presidente, aunque sea más tonto que un zurullo.

Hablando de esto me viene a la cabeza lo que muchas veces me planteo: si uno desea la justicia porque tiene un corazón justo, o porque desea que la justicia proteja sus intereses. Si uno desea la igualdad porque respeta a la raza humana, o porque quiere ser igual a aquellos que tienen más y a los que envidia. En fin…

Creo que ante el afán de construir grandes cosas, de lo espectacular, famoso, deslumbrante y efímero, uno olvida de construirse a sí mismo, que en realidad es lo fundamental y que además constituye un derecho y una obligación. Porque valores y contravalores, mezclados en diversa proporción son los que conforman nuestro esqueleto moral, nuestra personalidad, nuestro ser. Elegimos muchísimas cosas a lo largo de nuestra vida, pero pocas veces nos paramos a pensar y decidir cómo “elegimos ser”.

¿Se nos educa y prepara para pensar, meditar, reflexionar sobre uno mismo? Y, si estamos de acuerdo en que hay valores humanos universalmente aceptados, cómo incorporarlos a nuestro ser, aunque nos cueste toda una vida.

Siempre confiando en que vendrán “salvadores” que lo arreglarán todo y harán un mundo perfecto a nuestra medida. Siempre la pelota en el tejado ajeno. Pero ya vino uno, el Único, y muchos no le hicieron ni le hacen caso. El hombre perfecto. La encarnación perfecta de todos los valores humanos. Y le mataron. Y seguimos crucificándole día a día, a pesar de que es la única respuesta válida.

La única.

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